El sufrimiento no revelado de reclusas en África, América y Asia durante la pandemia

Crédito de la foto: Pexels, bajo dominio público. 

Cuando el COVID-19 golpeó a las prisiones alrededor del mundo, se coló en lugares olvidados, insalubres y sobrepoblados donde las mujeres son una minoría y enfrontan riesgos específicos. Las mujeres representan entre el 2 y 10 % de la población carcelaria mundial, pero su número aumenta aún más rápido que en el caso de los hombres.

Sin embargo, las mujeres raramente aparecen en las estadísticas desglosadas por género. Prácticamente no existen noticias sobre ellas. Por ejemplo, ha habido informes de transmisión de COVID-19 en prisiones, y el público no sabe si las mujeres encarceladas son parte de la población carcelaria afectada.

Olivia Rope, directora de Políticas y Promoción Internacional en Reforma Penal Internacional, dice:

The smaller proportion of women in prison populations is one reason criminal justice systems too often remain designed and run with men in mind, and often by male decision-makers. Where governments have taken action to prevent or address COVID-19 in prisons, they too seem to have men in mind, mostly overlooking the different and unique impacts they may have on women.

La pequeña proporción de mujeres en poblaciones carcelarias es una razón por la que los sistemas judiciales penales se diseñan y gestionan para hombres. Allí donde los gobiernos se ocuparon en prevenir o lidiar con el COVID-19 en las prisiones, también parecieron tener en cuenta sólo a hombres e ignoraron el impacto y el resultado que tendría en las mujeres.

La mayoría de las mujeres pasa años en prisión preventiva o en prisión por delitos menores, delitos de drogasdefensa propia contra violencia de género y, dependiendo del país, aborto, aborto espontáneo o activismo político.

En mayo, el Proyecto Marshall informó que 13 mujeres murieron por COVID-19 en prisiones de Estados Unidos y expresó que sus “historias también reflejan las conocidas razones que las conducen allí: adicción a las drogas y violencia que involucra a los hombres en sus vidas”.

En estos contextos aislados, las mujeres también enfrentan un mayor riesgo de abuso sexual o de recibir insultos de índole sexual. Por ejemplo, en abril, las noticias sobre dos supuestos suicidios de reclusas en dos provincias argentinas pusieron de manifiesto la violencia de género institucional en el sistema penitenciario que ya era grave antes de la pandemia.

En mayo, líderes de ONU Mujeres y otras organizaciones escribieron:

Not only are women at risk of contracting COVID-19, they are also exposed to an increased threat of sexual violence during the pandemic due to decreased security in prisons.

Las mujeres no sólo corren el riesgo de contraer COVID-19, también están expuestas a una mayor amenaza de violencia sexual durante la pandemia por la disminución de la seguridad en las prisiones.

Las mujeres, quienes usualmente reciben menos visitas que los hombres, no han recibido visitas por las restricciones de COVID-19. En Jamaica, María Carla Gullota, fundadora de la ONG Stand Up for Jamaica, que se desempeña en el bienestar y rehabilitación de prisioneros, contó a Global Voices:

Now, with the pandemic, contact with their children is non-existent, apart from an occasional Skype session.

Ahora, con la pandemia, el contacto con sus hijos es inexistente, exceptuando alguna que otra sesión por Skype.

Esto agrega un sentimiento de aislamiento y soledad para las mujeres. Al comienzo de la pandemia en Brasil, la organización nacional pastoral carcelaria brasileña manifestó en una carta abierta:

Ouvimos relatos do quão terrível está sendo enfrentar a pandemia dentro da prisão, sem poder receber visita ou ir à escola, que fica dentro do presídio. Não basta estar presa, a mulher tem que ser oprimida, se despir de toda a sua individualidade. Agora que elas não têm atividade nenhuma, até esquecem quem são, perdem a identidade.

Hemos escuchado relatos de lo terrible que es enfrentar la pandemia dentro de la cárcel sin poder recibir visitas o ir a la escuela que funciona dentro del presidio. No basta con estar presa, la mujer tiene que ser oprimida, desprenderse de su individualidad. Ahora que no tienen ninguna actividad, se olvidan de quiénes son, pierden su identidad.

En algunos lugares, como Medio Oriente y norte de África o en Argentina, la falta de derechos de visita también equivale a falta de comida, medicamentos, ropa, productos de higiene y toallas higiénicas. Según los grupos de derechos humanos, estas visitas son fundamentales para las mujeres, les son esenciales para obtener productos básicos. La pastoral carcelaria recientemente indicó que la prohibición de las visitas a los prisioneros hizo poco para frenar el COVID-19 en las cárceles brasileñas, y que dicha prohibición hace difícil detectar si hay torturas en prisión.

En Venezuela, por ejemplo, el 80 % de los presos ya dependían de las visitas familiares para alimento y productos esenciales en 2018 pues sufren de desnutrición. informes de 2019 muestran que muchas mujeres encarceladas son víctimas de violencia sexual o tienen que intercambiar favores sexuales con personal de la prisión para poder comer. Casi no ha habido cobertura sobre la particular situación de mujeres encarceladas durante los meses de confinamiento, con la excepción de algunos informes sobre acontecimientos específicos, como huelgas de hambre o muertes por desnutrición.

En julio, la ONG Observatorio Venezolano de Prisiones resaltó el caso de 107 detenidas en una estación policial “que rogaban” que los juzgados abrieran para poder continuar con sus procesos judiciales, interrumpidos por cuatro meses como resultado del confinamiento por COVID-19.

Como se ve en el video, las prisiones y las estaciones de policía están abarrotadas, lo que aumenta el riesgo de contagio. Según  el Consorcio Internacional sobre Políticas de Drogas, Tailandia detiene alrededor de 125 000 personas más de lo que permite su capacidad normal. La mayor prisión de Camboya alberga cinco veces más personas de lo que permite su capacidad máxima, y el hacinamiento en las cárceles filipinas alcanzó el 534 % en marzo de este año.

Aunque Latinoamérica presenta algunas de las cárceles más pobladas del mundo, los países europeos y Estados Unidos (con los mayores índices de encarcelamiento del mundo), también han sido señalados por hacinamiento. En los centros de detención inmigratorios de Estados Unidos, las denuncias de informantes sobre la desidia médica generalizada con respecto al COVID-19 y las histerectomías obligatorias han acaparado titulares.

En mayo, el Gobierno nigeriano buscó descongestionar las prisiones nigerianas para minimizar el potencial impacto del COVID-19 y dejó en libertad a “prisioneros de bajo riesgo” y otros grupos. Sin embargo, hay informes que muestran que solamente una mujer de cada 2600 prisioneros se benefició con el programa gubernamental.

La liberación en Medio Oriente y África del Norte también ha sido inconsistente. A pesar de que miles de detenidos han sido puestos en libertad condicional en los últimos meses, quienes son considerados presos políticos han permanecido entre rejas.  En julio, dos egipcias fueron sentenciadas a dos años de prisión por “violar valores familiares” en TikTok. En Arabia Saudita, la activista feminista Loujain al-Hathloul, que ha hecho campaña contra la prohibición a mujeres para conducir, sigue detenida casi sin contacto con el mundo exterior.

En Brasil, los juzgados siguen ignorando una medida adoptada por la Suprema Corte en 2018 mientras más de 3000 madres y mujeres embarazadas están en prisión en vez de cumplir su condena bajo arresto domiciliario. Después, Intercept reveló cómo el machismo diario influye en las decisiones de los jueces. La mayoría de mujeres encarceladas en Brasil cometieron crímenes sin violencia, 62 % de las mujeres en cárceles brasileñas son negras y un 74 % son madres, según los datos de Infopen Mujer.

En medio de estas dificultades, algunos medios locales independientes luchan para que las historias de estas mujeres en prisión salgan a la luz. En Indonesia, la revista progresista Magdalene ha entrenado a reclusas para que escriban y publiquen sus historias tras las rejas, para que puedan contar lo que hacen, piensan, y lo que anhelan.

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