Masculinidad en mis genes/jeans

Foto de pantalones jeans de Jason Leung para Unsplash.

Este artículo fue originalmente publicado en Promundo, sobre “/masc: conversaciones sobre masculinidad moderna”. Publicamos una versión editada con autorización.

“¡Pórtate como hombre!”, dijo el policía cuando sintió que mi amigo no estaba respondiendo a sus preguntas lo suficientemente alto. El policía preguntaba por una pelea que se enteró iba a suceder ese viernes por la tarde cerca de mi escuela. Mientras tanto, un poco más lejos en la carretera y sobre la vereda, chicos con sus uniformes escolares observaban expectantes, preparados para pelear con barras de hierro, planchas de madera, cadenas de perro, botellas del almacén del pueblo y cuchillos. Esos eran los chicos que, a los 15 o 16 años de edad, estaban ocupados “portándose como hombres”.

El idioma es algo divertido. La educación formal nos enseñó a manejar el inglés estándar. En las clases de literatura e inglés, se nos alentaba a ser “hombres poscoloniales, educados y de clase media” a través de correcciones y recitaciones en prosa, pero los chicos que eran buenos con el “criollo” (lengua nacional) ignoraban a los que hablaban sólo inglés estándar; y exigían que todos fuésemos hombres “de esta cultura y este suelo”.

El cambio de registro dependía de la situación social y de la persona a la que te dirigías. En una ocasión, dos policías alinearon a un grupo de muchachos sobre la calle para hacerles un registro porque actuaban “de manera sospechosa”. Entonces les dijeron que pusieran las manos sobre sus cabezas y que se arrodillasen, mientras apuntaban el arma sobre sus rostros adolescentes. Uno de los muchachos comunicaba cada acción en inglés para demostrar que seguía diligentemente las órdenes. La respuesta que recibió fue: “¿Por qué hablas así? ¿Te gustan los chicos o qué?”. El inglés, que supuestamente lo distinguía de los pobres, analfabetos y quienes eran víctima de la violencia del Gobierno, no lo salvó.

Nunca me he sentado a escribir lo que ser un hombre significaba exactamente para mí. No sabía que existía una palabra –“masculinidad”–  que resumía los significados y definiciones arbitrarios de la hombría y que variaba de persona a persona, dependiendo del tiempo y el contexto. El grito exhortándonos a “ser hombres” daba por sentado que había un ADN de masculinidad innato dentro nuestro esperando a ser activado.

Ser hombre significaba ser duro, seguro y dominante. Pero la masculinidad era una idea que intentaron que encajara en nosotros como un par de jeans. Esos jeans de masculinidad que me dieron a través de los años. El concepto de tiempo, especialmente el temor al “tiempo perdido”, es importante para el hombre. La cultura patriarcal exige a los varones que se conviertan en hombres tan pronto como sea posible.

Los chicos buscan la aceptación de sus pares y de hombres más grandes para continuamente reafirmar su “hombría”. En parte, esto conduce a la animosidad en el discurso público sobre los hogares monoparentales encabezados por una mujer. Los niños de esos hogares crecen culpando a sus madres por no conducirlos por el camino de la masculinidad en lo que se percibe como el momento oportuno. Algunos de los “nenes de mamá” que se identificaban con el cuidado y el ejemplo femeninos pueden repudiarlo después, lo que es otra forma de culpar a la mujer en la sociedad.

Las mujeres también ayudan a perpetuar el patriarcado, que es muy dañino para ellas y para sus hijos. Sin embargo, últimamente las mujeres no crían hijos tan machistas como lo hace la sociedad dominante a través del conflicto y la violencia, el abuso sexual de mujeres y niñas, y la regulación violenta de la cultura heterosexual en espacios sociales e institucionales que no son liderados por mujeres. En el centro de este dilema, los hombres disfrutan de experiencias y espacios sociales que son contrarios a la cultura patriarcal dominante, pero temen volverse más vulnerables por participar en estos ambientes y, como consecuencia, sentirse menos capacitados para manejarse en entornos patriarcales.

En los últimos dos años, hubo 500 homicidios en Trinidad y Tobago. Por supuesto, ningún Gobierno desea lidiar con delitos, pero la respuesta del Estado es siempre echarle la culpa a la gente por su falta de moral y la descuidada crianza que supuestamente engendra el tráfico transnacional de armas y drogas, corrupción corporativa con respecto a la gestión de contratos, formación de pandillas en comunidades urbanas de bajos recursos y el creciente desarrollo de “comunidades cerradas” para mantener la distancia social entre clases y oportunidades. Como muestra de la disfunción política y la capacidad débil del Estado para garantizar la seguridad pública; los asesinatos, violaciones, brutalidad policial y “maldad” social generalmente son ignorados o quedan impunes. Lo mínimo que podemos hacer como personas es conmemorar a nuestros muertos y volver a centrar el valor de la vida humana, a la vez que exponemos la incompleta labor del Gobierno.

Son muchos los hombres que han asesinado a sus parejas. En uno de los casos de enero, luego de que una mujer intentó terminar con una relación tóxica, su expareja fue a su trabajo después de meses de asediarla virtualmente, le disparó dos veces y luego se suicidó. Era alrededor de las 8 a.m., hora en que algunos están terminando su taza de café, o dirigiéndose al trabajo, y algunas estudiantes examinan las caras de los taxistas antes de decidir a cuál auto subirse: “¿Quién luce menos amenazador?”, “Ya lo he visto antes”, “Que sea viejo no significa que no pueda violarme”. Cerca de las 8 a.m., conduciría a clase, tocaría un bocinazo a alguna mujer que se viera atractiva, dos si era “despampanante” y si sentía que tenía que bombardear sus oídos y su paz con el ruido del acoso. Si no puedes ver cómo estas actitudes cotidianas terminan en mujeres asesinadas entonces quiere decir que has decidido ignorar qué esconde y representa ser “un hombre”.

Es por eso que cuando las mujeres marchan para que el Estado y los miembros de la sociedad garanticen y reconozcan sus derechos, preguntan: “¿Dónde están los hombres?”. Los compañeros, manifestantes y la demostración pública de solidaridad son muy pocas para que creamos en la frase: “No todos los hombres son malos”. Algunos hombres van por el “buen camino” – aman a sus hijas y están “presentes” en sus hogares. Y efectivamente, no todos los hombres son malos, pero son demasiados los que se mantienen callados, y muy pocos son de confiar en la lucha por la igualdad de género.

Tal vez quienes deben expresarse y actuar estén demasiado ocupados en tener cuidado, en tratar de calzarse los jeans equivocados o en quedarse tranquilos, ignorar los permanentes defectos en este ritual de vestuario, pensar que la masculinidad era una herencia inamovible a través del tiempo, así como las verdades inevitables e inmutables del universo son mortales para la humanidad. Debemos elegir, personal y políticamente. Podemos deshacernos de nuestros pantalones jeans en cualquier momento, especialmente si te quedan pequeños. Y esa –al igual que la masculinidad– es nuestra responsabilidad y, en definitiva, nuestra libertad.

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