Cómo aprendí a no odiar

Este artículo apareció originariamente en OC Media. Se reproduce aquí bajo autorización, editado de acuerdo al estilo de Global Voices.

Debemos enfrentar nuestra rabia y nuestro trauma sin recurrir al odio.

He visto la semilla del odio crecer lentamente en personas que cantaban por la paz hace apenas unos días, hace una semana o dos… He visto publicaciones nacionalistas escritas por personas que me enseñaron cómo ir más allá de mi nacionalidad, cómo empatizar con “los otros”, cómo aprender sus historias y entender su dolor. He llorado como una histérica ante las publicaciones de personas que una vez fueron mi modelo a seguir, deseando con todo mi corazón no haber entendido los textos que estaba leyendo.

En las redes sociales, alguien justifica el bombardeo de Stepanakert [la capital de facto de Nagorno-Karabaj], otro bromea sobre aquellos cuyas casas fueron bombardeadas en Ganja, ciudad del Azerbaiyán, un tercero celebra una aldea “liberada” mientras los soldados de ambos lados yacen muertos por esa “liberación” y otro grita “victoria”.

Y el espectáculo sigue y sigue… Tal vez sea más fácil abrir los ojos por la mañana cuando esperas la “victoria” o la “liberación”. Tal vez será es fácil lidiar con la muerte de chicos de 18 años que no tuvieron nada que ver con este conflicto, cuando puedes cubrir la sangre con las ideologías románticas que te han enseñado desde tu primer aliento.

Hace un año y medio, Facebook me recordó las publicaciones que hice en abril de 2016. Entonces, era el tipo de persona con la que nunca querría hablar. Todas mis publicaciones eran militaristas y llenas de odio.

Mi primer pensamiento fue borrarlas todas. Luego, decidí cambiar la privacidad para que nadie las viera y dejarlas solo para mí, para recordarme cada año quién era y quién podría seguir siendo si no empezaba a cuestionar mis puntos de vista.

Hay veces en las que la gente me dice “no lo entenderías”, “no perdiste a un ser querido por esto”, “no eres de Artsaj/Karabaj”. Estoy de acuerdo, tal vez no lo entiendo y nunca lo entienda. Pero déjame decirte cómo empecé a cuestionar mi odio.

En mayo de 2016, fui a casa de uno de los soldados que murió durante la Guerra de Abril para entrevistar a su familia. El odio había estado hirviendo en mi durante un mes y esperaba 10 veces más odio de ellos. En cambio, escuché “Sus madres tienen el mismo dolor ahora. También perdieron a sus hijos. ¿Quién necesita esta guerra?”.

Fue como un puñetazo en la cara. Desde ese día, pensaba: “¿Cómo puedo tener tanto odio si una mujer que acaba de perder a su hijo piensa en “sus madres”?.

Mi experiencia de estudiar en el Instituto Georgiano de Asuntos Públicos (GIPA en inglés) y mi vida en Tiflis me obligaron a profundizar en este conflicto.

En los últimos dos años, he entrevistado a 10 refugiados que huyeron de Azerbaiyán hace 30 años. Una mujer que presenció el pogromo de Bakú, que perdió su casa, sus amigos, que había estando viviendo en un hospicio durante décadas, me contó con una gran sonrisa que había empaquetado unos vestidos de niña para enviarlos a una amiga en Azerbaiyán que acababa de tener a una nieta.

Otra mujer, cuyo hijo fue gravemente herido durante la Guerra de Abril, dijo: “Fue herido por una bala azerbaiyana, pero una vez una familia azerbaiyana le salvó la vida. Los cuidaron durante meses cuando empezaron las tensiones hace 30 años”.

Puede que nunca entienda el dolor de la gente que ha perdido sus casas o sus seres queridos, pero es la gente que más ha perdido la que me enseñó a no perderme por el odio.

Hoy, uno de mis amigos azerbaiyanos me lo recordó cuando estaba teniendo una crisis nerviosa, cuando me preguntaba si también podría perderme por el odio si perdiera a un ser querido en esta guerra. Empezamos a recordarnos mutuamente a las personas de ambos bandos que tienen todo el derecho a odiar, pero que nunca odian.

Una de esas personas es una intima amiga mía, de Stepanakert. Se casó y se mudó al extranjero hace dos semanas. Mientras aún estaba deshaciendo las maletas y adaptándose a su nuevo hogar, se despertó con la noticia de la guerra.

Su hermano está en el frente, sus parientes en Stepanakert. Ella ve que su ciudad la bombardean todos los días. Sin embargo, es alguien que nunca ha hecho un solo comentario de odio, es alguien que me pregunta sobre mis amigos azerbaiyanos y su bienestar durante estos días, y se enfurece por las publicaciones nacionalistas en las redes sociales.

He conocido a personas del otro lado que lo perdieron todo cuando eran niños, que tuvieron que huir, y dejar sus casas y sus ciudades. Esas personas fueron las más amables conmigo y nunca publicaron textos belicistas ni antes ni durante estos días.

Hace un año, durante nuestro dialogo sobre la transformación del conflicto, tuve que hablar de Ramil Safarov, el soldado azerbaiyano que mató a un colega armenio durante una ejercitación de la OTAN en Hungría. Empecé a llorar tras dos palabras. Mi amigo azerbaiyano me tomó de la mano para que pudiera respirar y apoyarme en alguien.

Cuando hablé con él por teléfono hace unos días, me gritó: “Debería ir a la frontera, quedarme allí e intentar convencer a ambas partes, intentar que se pongan de acuerdo en algo. Sé que no me matarán. No me matarán”. Esta vez él lloraba, y yo me reía histéricamente de sus sinceros e ingenuos deseos.

Despertarse casa mañana se ha convertido en un infierno, ya no hay buenos días. Me despierto para descubrir que mis peores pesadillas se han convertido en realidad. Miro los nombres de los soldados muertos todos los días, rezándole a alguien en el universo que no reconozca ningún nombre de la lista. Pero hay otros que encuentran a sus seres queridos en esa lista todo los días.

Todos tenemos traumas por ese conflicto que hemos vivido durante años. Ahora estamos dando a luz a otros nuevos. Cuando me desperté por la mañana para ir a hablar con una familia que fue desplazada no hace 30 años, sino ayer, me sentí desesperada e impotente como nunca antes.

Puede ser que esta guerra haya pospuesto un acuerdo pacífico por varios años más.

A veces, la violencia parece un círculo que nunca llegará a su fin. Sin embargo, luego me recuerdo: todo llega a su fin tarde o temprano, las guerra no son una excepción. No ha habido innumerables guerras en este planeta. La gente volverá a vivir junta en paz.

Hasta que no llegue ese día, solo puedo prometerme cada mañana que no daré espacio al odio y que no me convertiré en alguien que lo difunda, pase lo que pase.

Nota de redacción: la autora utiliza algunos términos para describir territorios y lugares que reflejan su propia perspectiva. Estos no implican una posición editorial al respecto.

Inicia la conversación

Autores, por favor Conectarse »

Guías

  • Por favor, trata a los demás con respeto. No se aprobarán los comentarios que contengan ofensas, groserías y ataque personales.