En el fragor de crisis política, Belarús la primera planta de energía nuclear

Planta de energía nuclear de Astravets, Belarús, 2020. Foto (c): Hanna Valynets, usada con autorización.

Desde agosto, Belarús se ha visto sacudida por protestas masivas y huelgas. Las autoridades tratan de no prestar atención, ya que están preocupadas por un acontecimiento no menos histórico: la construcción de una nueva central nuclear. Esto es polémico en un país que sufrió enormemente la catástrofe de Chernóbil en 1986 en la vecina Ucrania. La preocupación por el estado de la democracia domina la vida pública de Belarús, pero a la vez continúa otra conversación urgente: sobre la experiencia pasada del país con la energía nuclear y si necesita un futuro postnuclear.

Todas las miradas están en Astravets, pequeña ciudad cerca de la frontera belarusa con Lituania. En los últimos años la población de la ciudad ha crecido significativamente: se necesitan urgentemente trabajadores y se han construido nuevos apartamentos de varios apartamentos para alojarlos.

La razón de estos rápidos cambios es que la primera planta de energía nuclear de Belarús se ubica en las afueras de la ciudad. Su construcción está llegando a su fin y está casi lista para empezar a funcionar. Como los ingenieros suelen explicar, se necesita más que pulsar un botón para poner en marcha un reactor nuclear.

Esa puesta en marcha tendrá lugar en varias fases. El combustible ya se ha cargado; se programó que la planta generara su primera electricidad el 7 de noviembre. Es una fiesta nacional en Belarús, ya que es el aniversario de la Revolución de Octubre, la revolución de la que nació la Unión Soviética.

“Invito a todos. Creo que el 7 de noviembre, día importante para nosotros, podremos visitar y decir que hemos recibido la primera electricidad de nuestra propia central nuclear”, exclamó el gobernante de Belarús, Aleksandr Lukashenko, en reunión con funcionarios el 16 de septiembre. Se espera que el primero de los dos reactores funcione a plena capacidad para el primer trimestre de 2021. El segundo reactor se pondrá en marcha en 2022.

Inquietantes recuerdos

Pero no todos los bielorrusos están tan contentos. Recuerdan la explosión de 1986, que liberó grandes cantidades de radiación en la atmósfera. Belarús sufrió más que cualquier otro lugar de la Unión Soviética; un tercio de todo el cesio-137 radiactivo terminó en territorio bielorruso. Las autoridades de Minsk han tratado de disipar los temores de un segundo Chernóbil, han declarado que la probabilidad de que se produzcan accidentes es mínima y que la central nuclear de Astravets es un proyecto seguro y rentable.

“Somos la república de Chernóbil, hemos experimentado mucho y conocemos las consecuencias. Solo en la rehabilitación de las zonas contaminadas se han gastado unos 19 000 millones de dólares. Por lo tanto, las medidas de seguridad durante la construcción de la central [de Astravets] fueron como algo sacado de la guerra”, dijo Lukashenko en agosto, justo antes de las elecciones presidenciales.

En el debate público sobre la energía nuclear, las comparaciones entre Chernóbil y Astravets no son tan poco comunes. Estos paralelismos son trazados por todo el mundo, incluyendo periodistas, políticos, ciudadanos comunes y liquidadores supervivientes de la catástrofe de Chernóbil. Todos lamentan profundamente lo ocurrido en 1986, pero sus opiniones sobre el 2020 difieren fuertemente. Algunos apoyan firmemente la nueva central nuclear y esperan un mayor nivel de vida, mientras que otros temen otro accidente.

Medios estatales y funcionarios bielorrusos tampoco eluden mencionar Chernóbil.

“La memoria de los acontecimientos de Chernóbil se está utilizando para legitimar la nueva central nuclear. A los 30 años del accidente se emitió un documental que comenzaba con imágenes del accidente de 1986 y terminaba con una insinuación de que esta vez todo iría bien”, escribe Alexey Bratochkin, jefe de proyectos de historia pública del Colegio Europeo de Artes Liberales de la capital bielorrusa, Minsk.

Una vez que la central nuclear esté en pleno funcionamiento, explicaron las autoridades en las primeras etapas de su construcción, los precios de la electricidad bajarán. En 2014, el Ministerio de Energía prometió que la electricidad “será más barata para el consumidor” en un 20-30 %.

Pero algunos bielorrusos parecen estar escépticos sobre las promesas de energía barata. También dudan de que la central eléctrica se abra, dado que su lanzamiento ya se ha pospuesto al menos cuatro veces. Todas estas opiniones se pueden ver en grupos comunitarios locales en medios sociales:

“Trabajo en el lugar de la construcción de la central nuclear, y [mis conocidos] a veces me preguntan cuándo se inaugurará. Creo que ni [la dirección de la planta] lo sabe, dicen que dentro de dos o tres años como mínimo”, dice Aleksandr, que nació y creció en Astravets, en un chat por Telegram con Global Voices.

¿Aleksandr espera una caída en los precios de la electricidad? Tal vez tenga razón, dado que ya se están elaborando vehículos eléctricos y los ingenieros de energía están modernizando las redes de calefacción en los edificios residenciales nuevos para que sean más eficientes energéticamente.

“Lógicamente ese debería ser el caso. Pero en [la ciudad rusa de] Volgodonsk también hay una planta de energía nuclear. Hay más de dos reactores, pero después de la construcción de la planta, la energía se volvió más cara”, comenta Aleksandr.

Tal vez tenga razón, según los resultados de un estudio realizado por la ONG bielorrusa EcoDom a mediados de 2020. Los autores concluyeron que los precios de la electricidad para los consumidores bielorrusos casi se duplicarán.

“El costo principal de la electricidad en la red en su conjunto no disminuirá, sino que aumentará de cuatro centavos a [US$]7,26; es decir, 1,8 veces”, concluyó EcoHome.

Apertura geopolítica

También ha habido promesas geopolíticas. Por ejemplo, que Belarús disminuiría su dependencia energética de los suministros de gas natural de Rusia. La energía nuclear es “parte de nuestra independencia”, y su mayor uso aseguraría la “soberanía y la independencia”, prometió Lukashenko en septiembre.

Ciertamente, poco antes de la decisión de construir Astravets en 2007, Rusia representaba alrededor del 85 % de todas las importaciones de energía de Belarús. Gran parte es gas natural, a partir del cual Belarús genera el 93 % de su electricidad.

En su búsqueda por reducir la dependencia energética de su país de Rusia, las autoridades bielorrusas recurrieron a un antiguo socio: Rusia. A Moscú le complació cumplir, ofreció un préstamo de hasta 10 000 millones de dólares para la nueva planta de energía. Este préstamo debe ser devuelto en un período de 15 años, a partir de 2023. Así, los dirigentes bielorrusos se vincularon a una obligación financiera masiva con el mismo país con el que querían reducir dependencia.

“El significado político de la construcción y puesta en marcha de la central nuclear estaba asociado al objetivo de garantizar la seguridad energética de Belarús. Probablemente no sea la mejor idea. La central nuclear es un continuo error de cálculo económico y político”, dice Andrey Yegorov, politólogo y analista del Centro para la Transformación Europea y miembro del consejo de la Red Verde, asociación de organizaciones medioambientales. En una entrevista con Global Voices, Yegorov subrayó que ahora Belarús no solo pagará préstamos a Rusia, sino que seguirá necesitando comprar recursos energéticos rusos. Pero ahora importará combustible nuclear.

Sin duda, Astravets podría cubrir gran parte de las necesidades energéticas internas de Belarús. En realidad, según el Ministerio de Energía, es probable que la planta genere un excedente. Todo ese exceso de energía debe ir a alguna parte, pero ¿a dónde?

Rusia está bien abastecida por sus propias centrales nucleares. Los demás vecinos de Belarús no tienen la intención de comprar energía a Astravets, que consideran insegura.

Lituania está muy renuente a la construcción de la central eléctrica y a la compra de la energía que generará. Después de todo, Astravets se encuentra a solo 20 kilómetros de su frontera. Vilnius incluso ha aprobado una ley para boicotear la electricidad de la nueva planta de energía.

El 26 de octubre, Litgrid, operador de la red eléctrica nacional de Lituania, anunció cómo reaccionaría ante la primera recepción de electricidad de Belarús, programada entre el 1 y el 10 de noviembre. “Fijaremos inmediatamente la capacidad en cero megavatios para todos los flujos de electricidad comercial de Belarús”, dijo el jefe interino de Litgrid, Vidmantas Grušas, en comunicado de prensa.

Esta declaración es la consecuencia de la antigua posición de Lituania. La resumió el presidente Ginatas Nausėda el 21 de octubre.

“La central nuclear bielorrusa supone una amenaza para la seguridad de los ciudadanos de la Unión Europea. Por lo tanto, es necesario poner fin al lanzamiento irresponsable de esta central nuclear”, dijo Nausėda.

Estonia, Letonia y Polonia han anunciado su negativa a comprar energía a Astravets, en parte por solidaridad con la posición de Lituania. Ucrania también se ha negado, señala que tiene su propio excedente de energía.

En una reunión del Consejo de Europa celebrada en octubre, los dirigentes europeos subrayaron que el grado de cumplimiento y aplicación de los requisitos de seguridad y los ensayos en la central nuclear de Astravets afectaría a las relaciones entre la Unión Europea y Belarús.

Revuelta de los ecologistas

En septiembre, el Partido Verde de Belarús y varias organizaciones ecologistas publicaron una declaración contra la central nuclear de Astravets. Según dicen, su lanzamiento era aún más peligroso en el contexto de una crisis política.

“Empecemos por el hecho de que las tropas internas y las fuerzas de seguridad, que podrían participar en la mitigación de las consecuencias de cualquier crisis, están ahora ocupadas con algo totalmente distinto: enfrentar manifestantes”, escriben los ecologistas.

Ciertamente, la Policía detiene un promedio de 500-700 personas cada fin de semana durante las protestas. Y nio solo hay protestas los fines de semana. A juzgar por las estimaciones del centro de derechos humanos bielorruso Viasna, más de 16 000 personas han sido detenidas desde el 9 de agosto. A principios de octubre, los defensores de derechos humanos habían registrado más de 2000 denuncias de tortura y violencia durante la detención, según el Comité Internacional para la Investigación de la Tortura.

Mientras tanto, también hay despidos y huelgas. Por ejemplo, el 26 de octubre algunos trabajadores de fábricas, incluidos los de las plantas químicas, no se presentaron a trabajar. Ese mismo día, el canal Telegram de Aleksandr Lukashenko señaló que “el presidente, como todos los bielorrusos de ideas rectas, está trabajando hoy”.

El científico político Yegorov señala que en la actual situación, ser sensato significa evaluar los riesgos prudentemente:

“Una central nuclear puede ser muy peligrosa y es muy arriesgada de operar. Ponerla en funcionamiento en medio de crisis epidemiológicas, políticas y económicas sin precedentes es arriesgado”, dice.

Hay que añadir que hacia fines de octubre, la tasa de infección por COVID-19 en Belarús alcanzó su punto máximo. Ahora se encuentra donde estaba en mayo, durante la primera ola de la pandemia.

“Ante todo, el peligro que plantea la central nuclear no está relacionado con el sistema político ni con la situación epidemiológica”, observa Andrey Ozharovsky, participante activo del movimiento antinuclear de Belarús.

Ozharovsky cree que la energía nuclear es peligrosa en cualquier situación; Chernóbil explotó bajo el socialismo y Fukushima bajo el capitalismo. No obstante, el peligro puede aumentar si el propio lanzamiento se convierte en un acontecimiento político:

“El proyecto atómico de Bielorrusia ha sido un proyecto político desde el principio, como ha dicho Lukashenko muchas veces. Si le interesa personalmente acelerar su puesta en marcha, entonces, según antiguas tradiciones soviéticas, la instalación puede hacerse con imperfecciones. Cuando se trata de una central nuclear, eso aumenta drásticamente la probabilidad de accidentes graves”, advierte Ozharovsky.

El futuro a largo plazo de la instalación de Astravets también plantea un problema clave: la central funcionará durante 60 años, pero los residuos radiactivos siguen siendo peligrosos para varios miles de personas. Sin embargo, las realidades políticas pueden ser mucho más fugaces.

“Si los poderes dominantes de Belarús cambian, se planteará la cuestión de si Belarús necesita esta central nuclear. Permítanme recordarles que países como Alemania han rechazado la energía nuclear. Francia se ha fijado como objetivo político reducir su independencia en materia de energía nuclear del 70 % al 50 %”, explica Ozharovsky.

A la espera de la revolución verde

En el corto plazo, los ecologistas ven Astravets como un revés para la energía renovable bielorrusa.

Según un estudio realizado en 2018 por EcoHome y el Instituto de Termodinámica Técnica del Centro Aeroespacial Alemán, Belarús podría cerrar su central nuclear para 2040 y pasar plenamente a la energía renovable para 2050.

Pavel Gorbunov, investigador de energía de EcoHome, califica a la central nuclear de Astravets como proyecto no rentable. Está convencido de que sería más barato no poner en marcha la central, reconocer la inversión como una pérdida y empezae a devolver el préstamo que Belarús sacó para su construcción.

“A mediano y largo plazo, la central nuclear de Astravets competirá con los precios de la electricidad procedente de fuentes renovables”, dijo Gorbunov en una entrevista.

Esto es porque Belarús está desarrollando actualmente la energía renovable junto con su sector nuclear. Sin embargo, se espera que la puesta en marcha de la nueva central y el excedente de electricidad que producirá reduzcan el interés de los inversores en desarrollar la energía renovable a escala industrial. Es lo que cree Vladimir Nistyuk, director ejecutivo de la Asociación de Energía Renovable de Bielorrusia, que incluye cerca de 40 organizaciones.

La inauguración también amenaza con reducir las oportunidades de los productores de energía de fuentes renovables de vender su electricidad a la red nacional. También repercutirá en la “eliminación de los coeficientes de aumento”, que les permitía hacerlo a un precio más favorable.

Al mismo tiempo, el experto señala que sigue habiendo un interés público en las fuentes de energía que permiten a las personas y empresas corrientes generar su propia electricidad. El biogás se está desarrollando activamente, añade.

En general, aunque el desarrollo de las fuentes de [energía] renovables vaya más lento, no será por mucho tiempo. Como dijo Karl Marx, no se puede vivir en la sociedad y ser libre de la sociedad”, dijo Nistyuk a Global Voices.

“No hay cómo escapar a eso, porque vivimos en un mundo civilizado que hace mucho empezó a apreciar los beneficios de la energía renovable y sus perspectivas. Somos optimistas”.

Este artículo es posible gracias a una asociación con Transitions, organización editorial y de formación de medios de comunicación con sede en Praga.

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