Gobernabilidad de Ruanda durante la pandemia: Tiempo de introspección

Rwanda reacciona temprana y eficazmente a la pandemia con este lavamanos en la terminal de autobuses de Kigali a mediados de marzo. Foto de Cyril Ndegeya, usada con autorizacion.

Nota editorial: este artículo apareció originalmente en el blog Friedrich Ebert Stiftung y se reproduce con autorización y algunas ediciones.

Tras la declaración de la Organización Mundial de la Salud del coronavirus como pandemia, Ruanda se convirtió en el primer país de África en entrar en fase de confinamiento. El 23 de marzo, el Gobierno ordenó un estricto confinamiento, restringió los viajes y cerró las universidades para reducir la propagación del virus en el país. Desde entonces, ha habido 7970 casos confirmados de COVID-19, con 74 muertes y 6289 casos recuperados en Ruanda, según la Universidad Johns Hopkins.

El modelo de gobernabilidad de Ruanda se basa en dos relatos contradictorios: junto con la historia de ser “querido por los donantes”, el país es considerado popularmente como un ejemplo de éxito para el desarrollo de África. También es un Estado autoritario basado en un poder económico y político estrechamente centralizado dentro del partido gobernante, el Frente Patriótico Ruandés, que controla el aparato de seguridad del Estado y es propietario de las principales empresas del país. Este modelo de gobernabilidad ha basado su legitimidad en un rápido progreso socioeconómico.

Algunos comentaristas políticos sugieren con razón recurrir al brote de coronavirus como escala para probar la naturaleza y calidad de nuestras instituciones. Y el lugar obvio para empezar es mirando las fortalezas y debilidades de la maquinaria estatal y cómo el poder responde a las demandas de los ciudadanos.

Poco después de que el Gobierno anunciara un confinamiento nacional, los ciudadanos recurrieron a los medios sociales, más concretamente -Ruandeses en Twitter (RWoT)-, para instar al Gobierno a dar ayuda alimentaria de emergencia a las familias más vulnerables y a aplicar medidas económicas paliativas lo antes posible.

COVID19: ADEPR Gasabo dona Rwf12 millones para ayudar a los necesitados.
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¿Este fondo de 12 millones de dólares de la Asociación de Iglesias Pentecostales de Ruanda llegará a los pobres que se han visto afectados por el <COVID-19? ¿O lo adquirirá la aldea y Mutwarasibo (N. del T. relacionado con el genocidio en Ruanda en 1994) como ocurrió con el último caso en el distrito de Gasabo casi en todas partes? ¿Qué faltó en este programa?

Es importante comprender el contexto nacional. no es habitual que los ruandeses critiquen públicamente al Estado, sobre todo en medios sociales, por la reticencia del gobierno actual a tolerar las críticas. A menudo, la gente tiene miedo de plantear sus preocupaciones por la represión del Estado y su historia de poder coercitivo para mantener el control.

Cuando comenzó la pandemia en Ruanda, muchos llegaron a pedir al Gobierno más transparencia en la gestión del Fondo Nacional Agaciro (agaciro significa “dignidad” en kinyarwanda). Los ciudadanos se han preguntado por qué el Gobierno no ha asignado todavía algunos de sus propios fondos para mitigar los efectos socioeconómicos de esta crisis en lugar de pedir al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional rescates y préstamos.

Por el confinamiento de seis semanas en Ruanda como resultado de la pandemia de COVID-19, los suministros de alimentos son la necesidad más urgente para los pobres y necesitados. Los ministerios de ayuda han estado tratando de apoyar a sus beneficiarios con ayuda alimentaria. Para obtener más información, visita http://solaceministries.org.

Los ciudadanos se inspiran en el extranjero, en cómo otros países han respondido a los efectos económicos de esta crisis. Además, es esencial comprender este repentino despertar de los ciudadanos, especialmente en el contexto de una nación en la que las opiniones oficiales del Gobierno dominan los medios nacionales, con una libertad de expresión limitada, unida a una sociedad civil muy débil.

Aunque el producto nacional bruto ha rondado el 7 % durante la última década, la mayoría de los ruandeses, en su mayoría jóvenes y sin educación, siguen siendo pobres, desempleados y sin seguridad financiera. Como resultado, hay una fuerte y creciente expresión de frustración de los ciudadanos –sobre todo en las zonas urbanas– ante el discurso oficial sobre el desarrollo y el progreso socioeconómico del país.

Mientras tanto, los Estados miembros de la Comunidad del África Oriental vecinos como Kenia ya han anunciado paquetes de estímulo económico para enfrentar los devastadores efectos económicos del brote del virus. Uganda, además, ya ha solicitado un presupuesto suplementario de 284 000 millones de chelines ugandeses (unos 75 millones de dólares estadounidenses) para luchar contra el brote de COVID-19 y sus efectos. Por su parte, Ruanda anunció una amplia estrategia de ayuda económica para ayudar a las empresas y al sector privado a enfrentar los efectos económicos de esta crisis, aunque los detalles de este plan aún no se han hecho públicos y nueve meses después el sector privado no ha recibido ni un céntimo.

Meses después de la aplicación de la orden de confinamiento, el Gobierno sigue sin decir nada ante la demanda de los ciudadanos de apoyo para el socorro alimentario. Han surgido controversias en medios sociales locales que sugieren que las autoridades han dado muy poco o insuficiente apoyo a las familias vulnerables.

Esta crisis ha arrojado luz sobre las crecientes fricciones políticas en el seno del Gobierno, dados los despidos de abril del ministro del Interior y de Seguridad, general Patrick Nyamvumba, y del ministro de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación de África Oriental, embajador Olivier Nduhungirehe. Parece que esta agitación ilustra la falta de estrategia gubernamental clara para hacer frente a esta crisis. Oficialmente, los dos ministros fueron destituidos por mentir al jefe de Estado, por descuido y por actuar consistentemente en base a sus opiniones personales en lugar de aplicar políticas nacionales bajo sus respectivos expedientes.

Hoy en día, parece que a través de esta pandemia, el mito de un Estado organizado y eficiente está quedando destrozado.

Con la pandemia, surgen preguntas sobre la madurez y la legitimidad del modelo de gobernabilidad de Ruanda. ¿Es un modelo de desarrollo autoritario eficaz para absorber las desigualdades y los conflictos sociales? A pesar de su hegemonía, el modelo político actual sigue siendo vulnerable.

A la luz de la creciente frustración de una población que ya sufre dificultades, desempleo y pobreza, es evidente que la reticencia del régimen a tolerar las críticas puede socavar la duración de su modelo.

El pleno impacto perturbador de la crisis del coronavirus tardará meses, o años, en revelarse. Mientras tanto, para los ruandeses que están ansiosos por todo esto, podría valer la pena pensar en cómo este brote podría eventualmente cambiar la sociedad ruandesa para mejor.

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