Autoridades del fútbol inglés suspenden a Edison Cavani por supuestos comentarios racistas, pero la realidad es completamente diferente

Edinson Cavani, delantero de la selección uruguaya y del Manchester United. Fotografía de Ben Sutherland/Flickr (CC BY 2.0).

Este artículo se publicó originalmente en Persuasion y fue editado por Global Voices.

Edinson Cavani estaba eufórico. El delantero uruguayo del Manchester United había marcado dos goles impresionantes en una victoria dramática contra el Southampton, luego de dar vuelta el marcador y ganar el partido 3 a 2 en una fecha de la Premier League inglesa. Pablo Fernández, amigo de su país natal, lo felicitó a través de Instagram, a lo que Cavani le respondió usando el apodo de toda la vida de Pablo: “Gracias, negrito”.

A partir de ese momento comenzaron los problemas. Algunos personajes de los medios británicos se ensañaron con la respuesta que Cavani publicó en noviembre de 2020 por considerarla ofensiva y racista, razón por la cual el jugador se apuró en ofrecer sus disculpas y borrar la publicación en Instagram. Pero ya era demasiado tarde. La Asociación Inglesa de Fútbol decidió aplicarle una multa de 100 000 libras esterlinas (cerca de 135 000 dólares) y proceder con la suspensión por tres fechas, aún cuando la investigación concluyó que “no hubo intención alguna por parte del jugador de dirigirse de forma discriminatoria u ofensiva”.

Para nosotros, los latinoamericanos, esta historia no tiene ni pies ni cabeza. “Negrito” podrá sonar ofensivo en inglés. No obstante, y tal como lo señaló la Academia Nacional de Letras del Uruguay, no lo es en español, se trata de un apodo cariñoso. Ni siquiera se trata de algo racista: muchas personas blancas reciben ese apodo, como ocurre con el amigo de Cavani (su cabello es oscuro).

“Lamentablemente”, explicó mediante un comunicado oficial la Asociación de Futbolistas de Uruguay, “la Federación Inglesa de Fútbol expresa a través de su sanción una total ignorancia y desprecio por una visión multicultural del mundo”. La Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL) también hizo público su apoyo a Cavani. Una bodega uruguaya comenzó a comercializar la marca “Gracias, Negrito”.

Es sencillo concluir que estamos frente al más reciente caso de colapso del contexto, ese malentendido inevitable que surge en las redes sociales cuando el contenido que tenía por objeto a un público en particular llega a otro público que no tarda en sentirse ofendido. Pero esto va más allá. En el caso de Cavani queda en evidencia cómo los debates raciales que tienen lugar en Estados Unidos se globalizan mediante la exportación de una ideología antirracista radical que considera que los llamados a considerar un determinado contexto o al entendimiento entre diferentes culturas son excusas que ponen los intolerantes.

Vamos a dejar esto en claro: los descendientes de africanos en Latinoamérica viven en desventaja. Según un informe del Banco Mundial de 2018, los descendientes de africanos en la región tienen una probabilidad 2,5 veces mayor que los blancos o los mestizos de vivir en pobreza crónica. Además, cuentan en promedio con menos años de escolaridad, tasas de desempleo mayores y menor representación en puestos claves en lo que concierne a la toma de decisiones, tanto en el sector público como en el privado.

Sin embargo, la situación es mucho más compleja que el paradigma simplista blanco o negro que prevalece en los debates estadounidenses sobre la raza. Por ejemplo, la población indígena de Latinoamérica asciende a un total de aproximadamente 50 millones de personas que pertenecen a casi 500 grupos étnicos diferentes. La pobreza material afecta al 43 % de los hogares de familias indígenas de la región y la pobreza extrema es 2, 7 veces mayor que en el resto de la población. Por sobre todas las cosas, la identidad y la dinámica racial de Latinoamérica son mucho más fluidas que las de Estados Unidos o Gran Bretaña.

Lo que les resulta más complejo de comprender a mis amigos angloparlantes es que la raza en Latinoamérica depende del contexto: hay personas que comparten el mismo color de piel y aspecto físico que pueden elegir identificarse en formas distintas de acuerdo a dónde estén, qué estén haciendo, con quién se encuentren en ese momento. Para nosotros, la raza no es algo fijo, y esta es una de las razones por las cuales los términos raciales en español no tienen la misma carga semántica que tienen en inglés.

Si lo sabré yo. Mi apellido es Sosa porque la abuela de mi abuelo paterno decidió usar el apellido de sus “dueños”. Habían secuestrado a sus padres en lo que hoy es Angola y ella terminó trabajando en un rancho en Choroni, Venezuela. Crecí en Caracas, lugar en el que mi raza cambiaba una y otra vez sin ningún inconveniente, según con quién me encontraba. Ya en secundaria, luego de hacer una coreografía de las Spice Girls con unas amigas, yo hice de Mel B, la Scary Spice, porque tengo el pelo rixado y la nariz ancha, mientras que mis amigas tenían un color de piel más claro que el mío. En ese contexto, yo era negra. Después, mientras trabajaba como voluntaria en una comunidad de niños de piel oscura, ellos me apodaron “catira” (rubia) porque el color de mi piel es más claro que el promedio en el Caribe. Pregúntenme cuál es mi raza y la única respuesta sincera que puedo darles es… depende.

En nuestra región, en la que a comienzos del siglo XIX el mestizaje o mestiçagem era muchas veces la norma, contamos con un sistema de color de piel mucho más variado que solo blanco o negro: los brasileños, por ejemplo, emplean más de 130 términos para describir las distintas tonalidades de piel. Intentar comprender estas categorías a través de términos raciales anglo-estadounidenses es inútil: en términos sencillos, esa no es nuestra forma de ver el mundo.

Paula Salerno, lingüista que fundó Discursópolis, herramienta en línea de análisis de textos en español, me explicó que la prohibición de una palabra sin tener en consideración el contexto en el que se utiliza da por hecho que esa palabra existe aislada del uso que le damos. Los lingüistas consideran que esto es un disparate.

En los medios en castellano se vio una reacción incrédula casi universal ante la sanción recibida por Cavani. Dos palabras que se vieron con frecuencia fueron “injusto” y  “desmedido”. Por más que removí cielo y tierra, no pude encontrar ni una organización antirracista que brindara una apoyo inequívoco y oficial a la sanción.

Así y todo, algunos activistas de la región consideraron que tanto la multa como la pena de suspensión por tres fechas estaban justificadas. Una fue Sandra Chagas, activista antirracismo afrouruguaya, aunque solo se manifestó luego de ser presionada a fijar su posición. “El término tiene connotaciones racistas que guardan reminiscencia con la esclavitud”, me dijo por teléfono. El castigo “es como una multa por estacionar tu vehículo en un lugar equivocado: no importa si lo hiciste con buenas intenciones o sin saber que el lugar no estaba disponible”.

Pero, por otro lado, Alejandro Mamani, quien habla en representación de Identidad Marrón, colectivo en línea latinoamericanos de piel marrón, rechazó la sanción. Sostiene que es necesario distinguir expresiones como “negrito”, que tienen una connotación positiva, de otras que usan “negro” como un término peyorativo, como ocurre con “mercado negro” o “magia negra”.

Durante los últimos años, la Asociación Inglesa de Fútbol sostuvo una política de tolerancia cero al racismo. Si tenemos en cuenta la historia lamentable de racismo agresivo contra jugadores y entre hinchas, esta iniciativa llega un poco tarde. Durante mucho tiempo, los estadios ingleses estuvieron plagados de racismo e hinchas violentos, especialmente durante la década de 1980, y los jugadores negros eran víctimas de abusos y se les exigía jugar aún cuando algunos matones en las gradas les tiraban bananas. Con cierta demora, las autoridades tomaron acción y hoy en día los estadios de fútbol ingleses son un lugar muy diferente. Así y todo, hay jugadores que son víctimas de racismo, especialmente en las redes sociales. Por esta razón, la Asociación de Fútbol está ansiosa por apoyar iniciativas antirracistas. ¿Qué tiene esto de malo?

Preguntémosle a Cavani. Si aplicamos estas iniciativas sin tener en cuenta los contextos sociales, culturales y lingüísticos, los intentos de combatir el racismo corren el peligro de convertirse en un chiste, de establecer una brecha entre personas de distintas culturas en lugar de acercarlas de la misma manera en que el fútbol asombrosamente acerca multitudes alrededor del mundo, uniendo detrás de una bandera a personas de cualquier procedencia y color. En cambio, con la sanción desmedida que se le aplicó a Cavani, la Asociación Inglesa de Fútbol consiguió dejar en claro su adherencia ilógica a una ideología antirracista maximalista anglo-estadounidense que, en realidad, poco hace a la hora de combatir de verdad al racismo.

En lugar de exportar esa neurosis racial instantánea, la anglósfera debería evaluar los efectos positivos que tendría la importación de la mirada latinoamericana sobre la inmensa complejidad de la idea de identidad en lugar de enmarcarse en la polaridad binaria y, en el mejor de los casos, de nuestra forma de reconocer diferencias superficiales con cariño de una manera en que lo desagradable de los términos raciales se diluye.

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