Ataques personales persiguen a defensora de derechos humanos de Burundi exiliada en Uganda

Activista burundes Chantal Mutamuriza. Imagen usada con autorización.

Periodistas, feministas, activistas y defensoras de derechos humanos en todo el mundo enfrentan acoso virtual. En esta serie, CIVICUS, alianza de la sociedad civil, pone de manifiesto la naturaleza de género del acoso virtual a través de las historias de mujeres para defender nuestras libertades democráticas. Estos testimonios se publican en virtud de una asociación entre CIVICUS y Global Voices.

En 2015, se desencadenó una crisis política en Burundi cuando el expresidente Pierre Nkurunziza decidió postular a un tercer mandato. Durante su mandato, que terminó con su muerte poco después del fin oficial de su periodo, su gobierno inició una represión sistemática contra los medios, periodistas, organizaciones de la sociedad civil y defensores de derechos humanos. Los periodistas enfrentaron acoso judicial, mientras los medios deben lidiar con estrictas regulaciones y clausuras.

Durante el régimen del sucesor de Nkurunziza, el presidente Évariste Ndayishimiye, periodistas y defensores de derechos humanos siguen enfrentando dificultades. El arresto de activistas políticos y el reciente anuncio público de la sentencia a cadena perpetua de 34 exiliados —que incluyen periodistas y defensores de derechos humanos— acusados de intento de golpe contra el expresidente ilustran los obstáculos a la libre expresión en el país. Activistas como Germain Rukuki siguen in prisión por su trabajo en derechos humanos, mientras muchos otros están exiliados o siguen desaparecidos.

A la luz de estas violaciones, en 2017 el informe de la Comisión de Investigación de Naciones Unidas sobre Burundi pidió a la Corte Penal Internacional que iniciara una investigación. Sin embargo, el Gobierno de Burundi rechazó el informe por no tener “credibilidad alguna”.

Chantal Mutamuriza es feminista, defensora de los derechos humanos y fundadora de la ONG Light For All (Luz para todos), organización que aborda la cuestión de la resistencia económica y los medios de subsistencia entre las mujeres y los niños refugiados de Burundi en Uganda. Antes había trabajado para organizaciones de derechos humanos de alto nivel en Burundi, Gambia, Ginebra y Malí. Fue objeto de una campaña de difamación sexista que denigraba las conclusiones de la comisión de Naciones Unidas.

Esta es la historia de Chantal Mutamuriza.

Un día desperté con 2000 tuits

Es el estrés mental.

Te despiertas, usas el teléfono y ves tuits que intentan deslegitimar tu trabajo:

“Escándalo en Naciones Unidas. Chantal Mutamuriza novia devorahombres”.

El acoso comenzó en septiembre de 2017. Se había publicado el primer informe de la Comisión de Investigación de Naciones Unidas sobre los abusos de los derechos humanos en Burundi, y fue enormemente condenatorio. De la nada, me señalaron como implicada.

El Gobierno de Burundi dijo que el informe estaba parcializado porque el jefe de la comisión mantenía una relación con una joven burundesa: yo. Ya me imagino las habladurías: “¡Tiene una relación con el presidente de la comisión de investigación!”

Hasta decían que yo había escrito el informe:

Chantal Mutamuriza, mujer fatal, novia de Fatsah Ouguergouz (presidente de la comisión investigatoria) extrabajadora de Ngasou, es la fuerza impulsora de los informes de la Comisión de Investigación de Naciones Unidas sobre los abusos de los derechos humanos en Burundi.

En un intento de desacreditar las conclusiones de la comisión, construyeron una historia. teniendo en cuenta mi historial laboral y mi activismo en favor de los derechos humanos en Burundi, era un buen partido.

Fatsah Ouguergouz tiene debilidades. ¡Buyoya y la seguidora Chantal Mutamuriza lo sabían! Captura de pantalla de Twitter.

Crearon fotografías, me ponían junto al presidente de la comisión. Buscaron en mi currículum y en mi perfil de LinkedIn. Incluso averiguaron que había trabajado para la Comisión Africana, como asistente legal de un miembro de la Comisión de Investigación, y para la Unión Africana como observador de derechos humanos. Mi jefe de entonces era Pierre Buyoya, expresidente de Burundi. Al partido gobernante no le gustaba porque pensaban que estaba implicado en el intento de golpe de Estado de 2015, y lo acusaban de intentar hacerse con el poder:

“¡Trabaja con un expresidente que fomentó el golpe!”.

Dijeron que yo era “seguidora” Buyoya, un “comando de encanto” que se puso en brazos del presidente de la comisión, para que Naciones Unidas pudiera criminalizar a Burundi.

Estaba totalmente conmocionada y no podía pensar: ni siquiera me reuní con los comisionados; ni siquiera me reuní con los investigadores; no hice nada en absoluto.

Captura de pantalla de Twitter. “Hasta Dominique Strauss-Kahn y (Bill) Clinton quedaron sin palabras. ¿Es que Fatsah Ouguergouz no puedo resitir los encanto de Chantal Mutamuriza?”.

Las acusaciones empezaron en una conversación en una emisora de radio con sede en Bruselas, considerada entonces una caja de resonancia del partido en el poder. Pero en cuanto se emitió la grabación de la radio, los tuits empezaron a fluir: un día, tuve 2.000 tuits sobre mí.

Me asusté. ¿Tomarían acciones en mi contra?

El régimen burundés acosa a los defensores de los derechos humanos, algunas mujeres incluso han desaparecido. ¿Me seguía alguien? Esta gente es despiadada, puede hacer cualquier cosa. Tenía miedo de salir, perdí el sueño. Todo esto duró más de tres semanas.

Me sentía impotente. Las organizaciones de derechos humanos que contacté no sabían qué hacer: decían que no era algo físico, sino una amenaza mental. Dijeron que si tomábamos medidas al respecto estaríamos ampliando el problema; dijeron que mientras tu seguridad física estuviera garantizada, siguiéramos como hasta ahora. Entonces, ¿cómo se aborda esto? En aquel momento, con la ayuda de amigos, escribimos a la oficina del presidente de la Comisión de Investigación y publicamos la carta en las redes sociales; fue un intento de cubrirme contra las acusaciones infundadas, ya que nunca se sabe lo que puede pasar en el futuro.

Pero sé que si respondes o replicas solo les das la palabra para que digan más, así que principalmente me quedé callada.

Fue duro, muy duro. Como es en línea, no sabes qué hacer y no conoces exactamente a quien está haciendo esto. Algunos defensores de derechos de Burundi lo comprobaron y los propietarios de la cuenta de Twitter parecían estar afiliados al partido gobernante e incluso a la oficina del presidente. Pero, ¿cómo se aborda esto? ¿Qué base legal hay? ¿Y cómo se puede hacer un seguimiento  si te acosa el Gobierno que está haciendo cosas más graves, como matar gente? Es difícil saberlo.

Pero sé que si respondes o replicas sólo les das la palabra para que digan más, así que principalmente me quedé callada.

Algunas personas me decían: “¿Por qué no apagas el teléfono?”. Les dije: “No, tengo que acumular pruebas”. Al menos dentro de 10, 20 o 30 años, si alguien viene y me dice: “Estuviste involucrada en una asunto”, puedo decir: “No, tengo pruebas”. En África, muy pocos países han adoptado leyes para proteger a los defensores de derechos humanos, así que tal vez esto es algo que pueden incluir, una cláusula sobre la seguridad en línea.

Hasta ahora, cuando me atrevo a tuitear algo sobre Burundi, recibo inmediatamente una respuesta. A veces pienso que se han olvidado de mí, pero siempre que publico algo, toman represalias inmediatamente.

A las mujeres las atacan a un nivel diferente que los hombres por su género, y la mejor manera de atacar a una mujer es a través de su sexualidad. Desde 2015 en Burundi, algunas defensoras de derechos humanos han desaparecido, mientras que a otras las han matado. La mayoría estamos ahora exiliadas.

Chantal Mutamuriza con mujeres del asentamiento de refugiados de Nakivale, Uganda, 8 de marzo de 2020. Foto de Light For All, utilizada con autorización.

La sociedad civil burundesa era una de las más activas de África, y las mujeres estaban incluidas. Pero ahora siento que las han silenciado. A eso le sumas el acoso del Gobierno, y es muy difícil.

Me fui de Burundi hace mucho tiempo y no me atrevo a volver. Como defensora de derechos humanos quizá no estaría segura.

Ahora tengo miedo de volver a casa. No puedo; no sé lo que me pasará. Esto es lo que más me ha afectado: no saber si estaré a salvo o no.

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