Cómo llegué a vivir en Isla de Ninguna Parte

De muchas razas, aceptada por ninguna. Composición fotográfica de Daniella Barsotti, usada con autorización.

Por Daniella Barsotti

Cuando veo mi cara, veo las penurias de los indígenas caribes que, con los demás pueblos originarios del Caribe, lucharon contra la conquista y estragos europeos. Veo africanos arrancados violentamente de su hogar, a quienes llevaron a trabajar en tierras robadas en un calor que los blancos no podían soportar. Veo a mi abuelo materno que de adolescente navegó desde China al Caribe para escapar el comunismo, sin dinero y sin saber inglés. Veo a mi bisabuelo italiano, que hizo a mano muchas de las iglesias y juzgasdos que aún existen en la región hoy. Cuando veo mi cara, veo personas trabajadoras que se unieron para crearse una nueva vida, sacrificándolo todo para las generaciones siguientes.

Veo mi historia: amor, alegría, dolor, tristeza, pérdida y sacrificio que tomó crear este linaje. Marcó la pauta para mi vida adulta como caribeña mestiza que vive en Norteamérica, donde me recuerdan —casi a diario— por qué no podemos vivir como un mundo, un pueblo. El racismo que he enfrentado de los blancos ha sido doloroso, pero cuando son mestizos como yo, el dolor del racismo es más profundo y más desconcertante cuando viene de otras minorías porque no te lo esperas. Es esta discriminación que lanza a otros mestizos como yo a la Isla de Ninguna Parte, donde eres parte de todas las razas pero no te acepta ninguna.

En mi primer día de universidad en Nueva York, alguien preguntó: “A ver, ¿tú qué eres?”. Respondí: “Soy humana… ¿y tú?”. La réplica no avergonzó como era la idea, solamente alentó más preguntas desconsideradas”. “No, me refiero a que… ¿eres negra o latina?”. “Sí, y más”, fue mi brusca respuesta. No vi razón para ser algo que no soy, así que estudiantes negros y blancos concluyeron que soy una “Oreo”.

¿Es mi responsabilidad explicar por qué soy como soy? Crecí en el Caribe, y aprendí del mundo en clases de geografía, historia y ciencias sociales, pero muchos norteamericanos son etnocéntricos. Aunque no me molesta la curiosidad, soy mejor con la curiosidad educada sobre de dónde vengo y cómo es vivir ahí. ¿Por qué debo enseñar geografía o antropología a unos extraños? Me criaron para aceptar la cultura, cocina y tradiciones recibidas de ancestros multiétnicos, pero en Norteamérica debes ser de una raza o de otra, para que a la gente le sea más fácil saber qué casillero marcar.

El casillero que marqué fue “Otra”. También pueden llamarla “Ningún lugar” o “Nada”, porque así es como te hace sentir, pero no es mi tarea facilitarle las cosas a nadie. Soy la emigrante que trata de adoptar una nueva cultura y adaptarme a un nuevo estilo de vida, y para cualquiera que piense que debo volver al lugar de donde vengo. Volvería si pudiera.

Sentí el pinchazo cuando el racismo que me lanza viene de otras minoría. Repito los insultos como escenas de películas en mi cabeza: los dos latinos en una discoteca de Miami que decidieron que estaba bien decirle coño cuando se dieron cuenta por mi español de colegiala que no era una de ellos. O mis compañeros estadounidenses negros que dieron por terminada nuestra amistad cuando no quise comprometerse con una hermandad negra, aunque les dije que no estaba interesada en comprometerme con ninguna hermandad. O la asiática en mi ventanilla que se molestó cuando, a su pedido, le expliqué que mis joyas de jade era mi conexión con mi abuelo materno. Recuerdo que me dijo “hak gwai”—equivalente a “negra” en cantonés— entre labios, y su posterior vergüenza cuando le dije que por lo que me había dicho me daba el derecho de no atenderla. Según ella, yo era muy oscura para usar artículos de mi herencia china.

Veo mi cara y sacudo la cabeza antillanos norteamericanos que he conocido a quienes parece incomodar que sepa todo lo que sé sobre sus festivales, cultura y cocina. Me dicen que la cultura antillana en el Caribe no es tan rica ni pura como la “verdadera” cultura antillana. Cuando veo mi cara, me río de la incredulidad de los italianos norteamericanos porque mi apellido es mío y no mi apellido de casada, solamente porque no me parezco a ellos. Veo mi cara y sé que parte de las burlas que mis hijos han sufrido mis hijos fue oer decirme “mamá”, mi piel mestiza manchaba su presunta blancura.

Hasta en un tiempo en que nos alzamos y defendemos nuestro derecho a importar, tengo mujeres de color que comentan sentenciosamente, “¡Mejoró la raza!”, cuando paso con mi esposo y mis hijos. ¿Así es como las mujercitas de color ven a los hombres de color? ¿Así se ven ellas mismas? No puedes evitar a quién amas. Hasta donde sé, los hombres atractivos vienen en todos los colores. Me casé con un hombre que me ama y a nuestros hijos, y me trata con dignidad y respeto. Siempre está presente y a mi lado, acepta mi cultura y todo lo que me hace ser yo.

Hace poco me enteré de un grupo de padres caribeños de hijos con autismo. Se trataba de una campaña para captar socios que hablaban el dialecto y aplicaban las herramientas de nuestra cultura caribeña para mejorar la educación de nuestros hijos. Mi hijo mayor tiene autismo, así que los contacté en medios sociales, y dentro de las 24 horas, me aceptaron y rechazaron en el grupo. Resulta que un integrante me troleó en Facebook, vio la foto del perfil de mi familia, y decidió que no éramos suficientemente negros. Considero que tengo una nacionalidad más que una etnia, así que cuando los vi en televisión, lo primero que me golpeó es que no eran negros, sino antillanos que tenían ese dejo caribeño, como yo, de una región que es un crisol de etnias.

Quedé asombrada. Durante diez años, dirigí una entidad de caridad para personas con autismo, que sigue ofreciendo ayuda financiera a las muchas familias afectadas por la condición. No se rechaza a nadie. Con 21 años de criar a mi hijo, pude haber aportado al grupo y también pude haberme beneficiado de sus experiencias. Aparentemente, mi empaque exterior era más importante que lo que podía aportar a la mesa. Uno de los organizadores del grupo me sugirió que tratara de unirme al grupo del sudeste asiáticos, o iniciar uno propio. Veo mi cara y me doy cuenta de que muchos de quienes se oponen a hacer perfiles raciales no tienen problema en hacer el perfil de una mestiza como yo.

Afortunadamente, en nuestra familia, el color que vemos es el amor.

Daniella Barsotti es de Trinidad y Tobago, vive en Ontario, Canadá con su esposo y socio, y sus dos hijos. Bloguea en IsleChile, que publicó primero una versión de este artículo, y en Medium.

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