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Ante aumento de ataques a activistas ucranianos, presión cívica es clave para garantizar la justicia

Categorías: Europa Central y del Este, Ucrania, Activismo digital, Derechos humanos, LGBTQI+, Libertad de expresión, Medios ciudadanos, Política, Protesta, GV Advocacy
Image: Protest By Arturo Molina Burgos for Noun Project. Public domain. [1]

Image: Protesta de Arturo Molina Burgos para Noun Project. Dominio público

El 16 de julio de 2021, el auto de un activista fue incendiado por segunda vez en seis meses en Rubizhne [2], ciudad de la región de Luhansk. El 15 de julio, en Dnipro, dos desconocidos agredieron a un defensor local de derechos humanos [3]. El 18 de junio, el auto de la hija de un activista de Odessa se quemó totalmente [4]. El 22 de junio, le ocurrió algo similar a un activista ecológico en Kiev [5].

Esta es solo una pequeña muestra de los ataques a activistas comunitarios en los últimos dos meses. Desde 2019, Ucrania ha visto un fuerte aumento [6] de los incidentes de acoso a quienes luchan contra la corrupción, la construcción ilegal y los violadores de los derechos humanos. Estas cifras siguen aumentando en 2021, según un informe [7] reciente del Centro de Derechos Humanos Zmina. Zaborona habló con varios de activistas afectados para explicar por qué estos delitos y ataques solo aumentarán.

“Nuestras herramientas: un computador y una impresora”

Alrededor de las 3 de la madrugada del 22 de junio, un auto estalló en llamas cerca de un edificio de apartamentos en el barrio kievita de Nova Darnytsia. Dos desconocidos habían vertido un líquido sobre el coche y huyeron. El fuego se extendió a los autos vecinos y luego a los estacionados en el patio. El auto que se quemó inicialmente pertenecía al activista ecológico de Kiev Oleksandr Silchenko, alias Oleksiy Kot («gato» en ucraniano). Desde 2016, Kot lucha contra las construcciones ilegales en los parques de Darnytsia.

«Nuestros vecinos nos llamaron en mitad de la noche y nos dijeron: ‘¡Sasha, tu auto está en llamas! Estoy en el balcón: definitivamente se está quemando», recuerda Silchenko los acontecimientos de esa noche. «Llamamos a los bomberos y a la Policía. Aunque en ese momento ya se había quemado todo». No se ha identificado a ningún sospechoso, dice

Silchenko cree que el incendio provocado está relacionado con su activismo. En su trabajo con la organización comunitaria «Parques de Darnytsia», se han tomado el tiempo de «molestar a muchos», dice. Poco después del incendio provocado, recibió una llamada de un número desconocido. La conversación comenzó con las siguientes palabras: «Debes entender que si sigues metiendo las narices en los asuntos de los demás, debes estar preparado para los problemas», recuerda Silchenko. No sabe quién llamó, la Policía aún no ha identificado a la persona.

«Pensaban asustarme con estos métodos. Pero todo esto solo me ha provocado. Si se ha llegado a eso, entonces se nos considera ganado que ni siquiera tiene derecho a su propia voz. Esa opción no me gusta», dice Silchenko. Vive en Kiev, creció en el distrito de Darnytsia, y a lo largo de los años ha seguido la pista de cómo ha cambiado su distrito: la expansión de los edificios de apartamentos, la pérdida de zonas verdes, la formación de un «gueto de hormigón».

En 2016, Silchenko estaba lejos del activismo: compraba, reparaba y revendía autos averiados. Pero hace cinco años, su paciencia se acabó. Ese año, en el barrio de Poznyaki, no muy lejos de Darnytsia, la empresa Zhitloinvestbud-UKB comenzó a levantar un edificio de 27 pisos que contendría 1300 apartamentos en donde se encuentra el pequeño lago de Kachyne. Los lugareños se indignaron y un grupo de voluntarios se reunió a través de las redes sociales para protestar.

«Nos llamaron a través de Facebook. Llegué allí y acabé [en el activismo] a largo plazo», dice Silchenko. Durante las protestas de 2016, él y otros opositores a la construcción tuvieron a veces problemas con los titushki (matones callejeros, normalmente empleados para disolver las protestas o proporcionar intimidación). Pero evitaron que el lago quedara destruido, por ahora.

Luego, Silchenko dirigió su atención al parque de la Gloria Partisana, también en Darnytsia y un área natural protegida. Él y otros escribieron primero cartas a las autoridades locales y las convencieron de que retiraran los columpios de pago que estaban rodeados de vallas en el centro del parque. Después, se retiraron más de 30 quioscos de café que bloqueaban los caminos peatonales. Ahora intentan deshacerse de un restaurante «autoautorizado» construido en las instalaciones del parque. Silchenko se dirigió a su vez al servicio de inspección ecológica, a la administración municipal de Kiev y a la Policía. Finalmente el 14 de abril se decidió que el restaurante se debía demoler, pero sigue funcionando por razones desconocidas.

En 2021, Silchenko y otros registraron Parques de Darnytsia como organización comunitaria para facilitar la lucha contra la construcción ilegal. Dice que antes, cuando trabajaban solo como ciudadanos particulares, los «veían como idiotas de pueblo, que no saben lo que quieren». Ahora es «más fácil llegar a municipios, a los regionales», y ejercer realmente influencia en las decisiones.

«No participamos en protestas en las que [la gente] corre con pancartas y grita inarticuladamente. Nuestras herramientas son un computador, una impresora y visitas a comisiones y reuniones oficiales», explica el ecoactivista. «Si queremos construir un gobierno que se base en la ley y exigir justicia, tenemos que actuar legalmente».

Independientemente de su intención de seguir luchando, Silchenko admite que no se siente seguro como activista en Ucrania. No descarta ser objetivo de nuevos ataques. Si antes las amenazas se limitaban a «acusaciones de niños en Facebook del tipo ‘Vamos a vernos'», hoy se han intensificado hasta el daño real.

«Pero seguiré haciendo lo que hago», insiste Silchenko. «Si no, ¿qué sentido tiene siquiera vivir en este país?».

Zona conflictiva

En 2019, los grupos de derechos humanos contabilizaron 83 casos [8] de acoso a activistas civiles. Esta cifra aumentó a 101 en 2020, según el Centro de Derechos Humanos Zmina [6]. Hubo 107 incidentes [9] de acoso y presión sobre los trabajadores de la sociedad civil entre junio de 2020 y junio de 2021, según la Asociación de Monitores de Derechos Humanos de Ucrania sobre el cumplimiento de la ley. La labor anticorrupción, el ecologismo y los derechos LGTB siguen siendo los rubros más peligrosos del activismo. Los puntos donde se producen más ataques son las regiones de Kyiv, Odesa y Kharkiv.

Por ejemplo, la organización lésbico-feminista Sphere, de Járkiv, ha sufrido 28 ataques desde 2017: han roto sus ventanas y arrojado hígados de animales a su edificio, nos cuenta Kateryna Mitieva, portavoz de Amnistía Internacional Ucrania. La Policía solo ha abierto tres investigaciones penales sobre los ataques, y ni siquiera esas se están investigando adecuadamente.

En los últimos ocho años, en Ucrania se ha hecho más fácil realizar protestas cívicas, ya que la Policía y las autoridades se comprometen y proporcionan seguridad. Pero estas tendencias positivas no se extienden a la defensa de los derechos de los activistas, explica Mitieva. Es es sobre todo a la falta de normas jurídicas adecuadas (por ejemplo, no hay leyes que aborden las agresiones por odio contra activistas LGBT), dice, y señala también que las fuerzas policiales muestran «falta de autonomía» respecto a las élites influyentes.

«Los casos de agresiones o daños a la propiedad se investigan mejor, aunque no siempre. Los activistas que trabajan en la lucha contra la corrupción o los ecologistas afectan a los intereses de las grandes empresas y de los políticos muy situados. Estamos hablando de mucho dinero, por eso es muy peligroso».

“Empecé a profundizar cuando las amenazas empezaron”

Leonid Kolesnichenko lucha desde 2011 contra la extracción ilegal de arena y el vertido de basura en Odesa. Fue soldado y es policía retirado. Dice que se dio cuenta de los problemas hace diez años, cuando la arena de las canteras de Odesa empezó a desaparecer por toneladas, y los camiones de basura visitaban regularmente la cantera.

«Odesa tenía muchos campos de filtración» donde se depuraban aguas residuales para el riego, dice Kolesnichenko. «Pero en la década de 1970, estos campos dieron lugar a una epidemia de cólera. Odesa estuvo cerrada durante dos meses y se prohibió a los lugareños usar el agua de esos campos. Ahora este lugar contiene una cantera de arena y varios estanques».

El activista dice que ha visto personalmente cómo los camiones se llevan la arena de la cantera día y noche, casi todos los días. Se usa para construir edificios de apartamentos y como centros de educación infantil y parques infantiles. Kolesnichenko sospecha que la empresa constructora de Odesa, Budova, está implicada, y también el alcalde de Odesa, Gennadiy Trukhanov [10].

Kolesnichenko calcula que los beneficios de esta empresa minera ilegal pueden alcanzar los 37 000 dólares diarios. También le preocupan las repercusiones ambientales: la arena está impregnada de sustancias químicas porque se ha construido un vertedero en las inmediaciones, lleno de residuos domésticos y médicos, y de cadáveres de animales.

“Enviamos la arena a analizar a un laboratorio. Nos dijeron que la arena contenía toda la tabla periódica», recuerda el activista.

Kolesnichenko, junto con la periodista de Odesa Elena Kravchenko, el activista Oleh Mikhailik, entre otros, presentan frecuentes quejas a las autoridades regionales y nacionales, sin recibir respuesta.

Kolesnichenko contó una vez que había llamado a la Policía al lugar 20 veces en un solo mes. Sin embargo, sus esfuerzos no han llegado a ninguna parte: aunque el caso se recalificó como «violación de normas de protección o uso del subsuelo», tres años después no se ha encontrado a ningún sospechoso.

Esa persistencia casi le cuesta la vida a Kolesnichenko: alguien intentó dispararle en 2019 en los campos de filtración, y ese mismo año alguien le lanzó una granada. Esa vez, logró esconderse detrás de un auto. En 2020, personas molestas con el trabajo de Kolesnichenko acudieron a su casa y quemaron su auto. La Policía abrió una investigación, pero no consiguió descubrir a ningún sospechoso. Y el 18 de junio de este año, alguien incendió el auto de su hija en un garaje. La investigación no ha dado ningún resultado.

«Empecé a indagar más cuando empezaron las amenazas contra mí», explica Kolesnichenko. «He superado la etapa de miedo-intimidación de mi vida. Pero tengo una hija, una nieta, y quiero que vivan en un país donde las leyes funcionen».

Conciencia y presión cívica

A diferencia de Rusia y Belarus, donde es casi imposible que la gente ejerza sus derechos ni durante las protestas, en Ucrania hay al menos una base democrática para el trabajo de los activistas, cree Mitieva, portavoz de Amnistía Internacional. Pero las restricciones pandémicas, unidas a la corrupción y a la falta de conocimientos jurídicos, hacen más difícil hacer valer los derechos.

Lyudmyla Yankina, que dirige la defensa de defensores y activistas de derechos humanos en el Centro de Derechos Humanos Zmina, cree [11] que la sociedad civil ucraniana debe desempeñar un papel fundamental para presionar a las fuerzas del orden para que investiguen realmente los delitos y acusen a los sospechosos, de modo que quienes atacan a los activistas sepan que sus acciones pueden tener consecuencias.

En cuanto a los activistas, Mitieva, de Amnistía, les aconseja que lleven sus casos al Tribunal Europeo de Derechos Humanos si las fuerzas del orden y los tribunales locales se niegan a considerarlos. Cuando la reputación del país está en peligro, las autoridades superiores podrían empezar a prestar atención.

Hanna Belovolchenko es periodista de Zaborona [12], sitio de noticias independiente de Ucrania, donde se publicó por primera vez este artículo. Esta versión del artículo fue reproducida [13] por Transitions Online. El artículo está recortado y ligeramente editado para adaptarlo al estilo de Global Voices. Se reproduce con autorización.