¿Rehmat o zehmat? Aprendiendo a sobrellevar el trauma de la lluvia en una metrópolis pakistaní

Illustration by Gustavo Brigante. Image via Unbias The News. Used with permission.

Ilustración de Gustavo Brigante. Imagen vía Unbias The News, usada con autorización.

Este artículo lo escribió Zoya Anwer, y lo editó Zahra Salah Uddin. Se publicó originalmente en Unbias The News. Global Voices reproduce versión editada como parte de un acuerdo para compartir contenidos.

Tenía seis años y no había electricidad en nuestra casa.

Habíamos oído en las noticias que un ciclón llegaría a Karachi, mientras las lluvias azotaban nuestro balcón, y chocaban con el borde desde donde a menudo mirábamos hacia la carretera principal. El ciclón 2A de mayo de 1999, según supe después, afectó a más de 6000 personas en la provincia pakistaní de Sindh. Pero, a pesar de la interminable lluvia, no me aterrorizaba por el privilegio de tener cerca a los seres queridos y, por supuesto, al patrón de la ciudad, Abdullah Shah Ghazi. Los habitantes de Karachi creen que su santuario, situado junto al mar, salva a la ciudad de las tormentas marinas y desvía los ciclones.

Para alguien cuyo peor temor es quedarse tirado bajo la lluvia, sigo consumiendo mucha música y piezas literarias que hablan de su belleza y melancolía.

Es durante el diluvio cuando se produce una migración lingüística muy dolorosa: la palabra urdu رحمت (rehmat: bendición) recibe una nuqta (punto) en la primera letra y cambia de ray a zay (ر a ز ), y se transforma en la palabra زحمت (zehmat: problema/miseria) que refleja la miseria causada por la insensibilidad y la negligencia del Estado.

Los monzones son señal de una buena cosecha y se celebran en los pueblos de diferentes maneras en todo Pakistán. Los habitantes de las ciudades, especialmente en Karachi, que durante largos periodos no recibieron lluvias, también sienten cierta alegría cuando las nubes oscuras ocupan el cielo y la lluvia cae sobre ellos. Yo era así hasta que un incidente me cambió definitivamente.

No soporto la lluvia

Durante las últimas décadas en Karachi, las lluvias han causado estragos por la infraestructura de la ciudad, el terrible drenaje y la mala gobernabilidad, por contar algunas razones. El urbanista y arquitecto Arif Hasan lleva mucho tiempo ocupándose de los problemas del sistema de drenaje de Karachi, pero parece que sus ruegos caen en saco roto.

Karachi se define perfectamente con la palabra «expansión» y alberga a 18 millones de personas, es la tercera ciudad más poblada del mundo. Quedarse varado cuando llueve es una de las peores experiencias, con las carreteras inundadas de agua, las cunetas desbordadas, listas para tragarse a quien las pise, y el peligro de los cables eléctricos con corriente.

Electrical wires in Karachi. Photo by Zahra Salah Uddin. Image via Unbias the News. Used with Permission.

Cables eléctricos en Karachi. Foto de Zahra Salah Uddin. Imagen vía Unbias the News, usada con autorización.

Hasta 2012, sabía muy bien que si alguna vez me quedaba atrapada en la lluvia, podría salir porque mi padre finalmente vendría a recogerme o habría algunas alternativas disponibles. Él se enfurecería con su propia ansiedad en caso de que yo estuviera afuera sin un «propósito» como ir a la escuela, pero yo sabía que eventualmente llegaría a la seguridad de casa.

Su inesperada muerte en 2012 cambió eso para siempre porque entonces me quedé absolutamente sola para enfrentar este calvario.

Varados y empapados

A diferencia de los países occidentales, donde la emisión de avisos de tormenta es una práctica habitual, Karachi solo los recibe si existe la posibilidad de que se desarrolle un ciclón en el mar Arábigo, por lo que confiar únicamente en las aplicaciones meteorológicas puede no ser la mejor manera de vivir.

Era una mañana más de septiembre en Karachi, calurosa y húmeda, y yo estaba terminando mis clases en la universidad. Alrededor de la 1:00 p.m. comenzó a llover fuertemente, y cancelaron las clases restantes.

En cuestión de minutos, había mucha agua en la universidad y llegar a la puerta principal era una tarea desalentadora. Esperar tampoco era una opción porque la lluvia no paraba. Un amigo me acompañó hasta la puerta y desde ahí debía tomar un chinqi (vehículo de seis plazas en moto) hasta una parada importante y tomar otro hasta la parada cercana a mi casa. A causa de la lluvia, los chinqis no estaban operativos, así que tuve que recurrir a un autobús, pero tampoco aparecía.

Por fin llegó un autobús y me subí. Al llegar a la parada, me di cuenta de que había un caos absoluto.

Estaba empapada, y estar en el primer día de mi periodo añadía incomodidad pues era más consciente de que mi ropa se pegaba a mi piel. Entrecerrando los ojos para ver a través de mis gafas, intenté distinguir los nombres de los autobuses a lo lejos mientras sus brillantes colores se fundían para formar un viejo cuadro.

En medio de la confusión, una mujer resbaló y cayó al agua en la carretera y la gente se apresuró a ayudarla.

Mi ansiedad aumentó y comencé a subir a toda prisa las escaleras del alto puente peatonal amarillo en un intento de averiguar qué autobús podía tomar. Al llegar arriba, las nubes grises volvieron a estallar con fuertes truenos que me hicieron olvidar cómo respirar. Las llamadas perdidas en mi pequeño teléfono también me hicieron preocuparme incesantemente, ya que me resultaba difícil manejarlo bajo la lluvia.

Corriendo de un extremo a otro del puente, me sentí derrotada y preocupada por no llegar a casa ese día. Unos 20 minutos después, afortunadamente divisé un autobús que normalmente me saltaba pero que, en un momento de crisis como ese, era mi mejor opción.

Finalmente, tras bajarme en la parada y tomar un rickshaw que cobraba mucho más de lo habitual, fui a casa por carreteras sumergidas. Me alegré de haber llegado a casa y puse a secar mis diversos libros en el apartamento.

¿Publicación de Instagram o caos? Es una cuestión de clase

Se suele bromear sobre Karachi con que si llueve, todas las redes sociales de sus residentes se llena de fotos y videos de la lluvia y los relámpagos que iluminan el cielo. Sin embargo, no todas las zonas de la ciudad se pueden dar el lujo de tener una lluvia que se puede publicar en instagram, con una humeante taza de chai en primer plano y etiquetas  como bendecida, petricor.

La mayoría de las zonas de la ciudad acaban siendo un caos, y quizá sean muy pocos quienes tienen el privilegio de disfrutar de la lluvia sin preocuparse de que sus casas se inunden, sus seres queridos queden varados o sean presa de cables eléctricos con corriente.

Eso no significa que los menos privilegiados no esperen la lluvia o no la disfruten: la disfrutan. Sus hijos también saltan bajo la lluvia, también la celebran de todas las maneras posibles, pero la mayoría de las veces su disfrute se ve empañado por la miseria que trae la lluvia.

¿Podré volver a disfrutar de la lluvia en esta vida? Quizás sí y quizás no.

Sonrío cuando oigo a la gente gritar de alegría cuando empieza a llover, aunque suele durar poco porque pronto están haciendo lo que sea para salvar sus casas, tiendas, vehículos o simplemente a ellos mismos del chaparrón.

De niña, también vi el lado violento de mi ciudad, pero rápidamente pude curar el trauma que supuso porque no enfrenté a la madre naturaleza. Ahora, cuando vemos la realidad del cambio climático ante nuestros ojos, y el calentamiento global ya no se limita a un término que se enseña en los libros de texto, puedo ver que ciudades como Karachi se ahogan cada año porque nunca se construyeron ni se prepararon para las lluvias torrenciales, y las inundaciones urbanas son quizá solo la punta del iceberg.

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