La guardia indígena defensora de Katsa Su, Colombia

Ilustración de Latin America Bureau, usada con su permiso, mostrando el pueblo awá en frente de su territorio en El Guadual, Colombia. Fotos usadas con permiso de los autores.

Este artículo hace parte de la serie Environmental Defenders, organizada por Latin America Bureau y Global Voices.

En el Resguardo de Magüí, en Nariño, Colombia, un grupo de 90 personas, entre mujeres, hombres, niños y adolescentes, protegen a Katsa Su, Casa grande, como denominan los awá a su territorio en su lengua materna awapit. Estas personas hacen parte de la guardia ambiental creada en el año 2016, en la vereda El Guadual del Resguardo de Magüí, y a la que pueden unirse de manera voluntaria, por tiempo indefinido, desde los cinco años.

El resguardo de Magüí, institución legal y sociopolítica, está compuesto de bosques húmedos tropicales y bosques de niebla. Fue creado en 1994 y abarca 6.120 hectáreas, en el municipio de Ricaurte (Nariño). Está compuesto de seis comunidades: Guadual, Invina, Cumbas, Magüí, Arrayán y Caimitillo a las cuales se llega tras horas de caminatas, o en menor tiempo en motocicletas y camionetas que circulan por una vía no pavimentada. 

Niños como Daniel Pai, quien tiene seis años y cursa primero de primaria, se integran a ella desde temprana edad y aprenden de sus mayores sobre el cuidado de la naturaleza. El propósito, explica Campo Pai, ex gobernador de este resguardo, es que los menores de edad conozcan lo que hace la guardia en charlas que reciben los martes y viernes de 8 a 9 de la mañana y en las cuales reciben información y consejos sobre lo que hacen los guardias adultos. En sus palabras, “cuando sean grandes sean líderes, protejan a la madre naturaleza y ayuden a fortalecer los derechos de la humanidad”.

Estos niños y los adolescentes hacen parte de la guardia general, y se conocen como la guardia estudiantil. Ellos ayudan con el aseo de sus escuelas y colegios y contribuyen a disponer de la basura adecuadamente evitando así la contaminación.

Foto de Diego Chingal de la vereda El Guadual, Colombia, usada con su permiso.

La guardia cumple funciones vitales en la comunidad. Podría decirse que de ella depende mucho la comunidad, puesto que además de velar porque Katsa Su no reciba basuras en las montañas o las fuentes hídricas, son ellos quienes ayudan a trasladar a las personas que están enfermas, sacándolas al casco urbano más cercano como el municipio de Ricaurte Nariño. Así mismo, contribuyen a organizar las mingas en las cuales trabajan unidos por un objetivo determinado como la limpieza de un determinado lugar.

Por si fuera poco, unos 30 o 40 miembros de la guardia se encargan, junto con las autoridades del resguardo como el gobernador elegido por un periodo de un año, de la difícil tarea de interactuar con los actores armados, legales e ilegales, y de incluso intermediar si alguno/a de los awá está en riesgo de sufrir un atentado para conversar con los actores armados de manera pacífica para no arriesgar su propia vida. Esto último es especialmente importante para este pueblo indígena azotado por la violencia y al cual la paz le es esquiva.

Heridas abiertas

Katsa Su fue declarada por la Justicia Especial para la Paz (JEP) al igual que los awá, como víctima del conflicto armado en Colombia entre los años 1990 y 2016. La JEP es una institución creada en Colombia tras la firma del Acuerdo de Paz de la Habana con las las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Farc-EP) y cuyas funciones son, entre otras, investigar y juzgar los delitos cometidos en el contexto del conflicto armado colombiano.

Los awá y su territorio fueron golpeados por la crudeza del conflicto. La causa de la violencia contra ellos es su riqueza, ya que allí hay oro, plata y coltán, y su ubicación estratégica que sirve como corredor para sacar droga vía manglares cercanos con la frontera ecuatoriana. Por estas razones, el territorio de sus ancestros fue históricamente disputado por actores armados como la FARC-EP, y sigue siendolo por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), narcotraficantes y, las disidencias de las Farc-EP que no se desmovilizaron tras la firma del acuerdo de Paz en 2016.

El territorio, elemento fundante de la cultura, fue destacado en leyes. El Decreto Ley 4633/11, ley de víctimas para los pueblos indígenas establece en sus artículos 44 y 45 que este es una “integridad viviente y sustento de la identidad” y al dañarlo les impide vivir su cultura. De manera más sencilla, los awá creen que “todo lo que vive es gente”. 

El terror perturbó la armonía de sus cuatro mundos. El primero, de los seres más pequeños como las hormigas y el armadillo; el segundo, donde habitan los awá, las montañas, los ríos, el tercero, el de los muertos y los espíritus y, el cuarto, el de los dioses.

Fuente: Agenda Awá 2023. (Unipa, 2023). Usada con permiso.

Para Lida Ortiz, mujer awá y profesora de primaria, el reconocimiento de la JEP era necesario porque Katsa Su: “sufre mucho por la sangre que derraman por las violencias”, pero que aunque se sienta un poco desprotegida está fuerte y viva. Esta reflexión de Lida ayuda a comprender que ella, como ser vivo, sobrevive en medio del fuego cruzado y el horror sembrado en sus entrañas en forma de minas antipersonales, cadáveres, bombardeos, la contaminación de sus aguas y la profanación de lugares sagrados.

Tomado de: Johana Fernanda Sánchez Jaramillo. Los derechos de la naturaleza y su repercusión en la defensa de Katsa Su del pueblo awá en Nariño (Colombia) (2024). Editorial El Rosario. Usada con permiso.

Katsa Su, padeció los rigores de una guerra, que le es ajena, cuando el ejército, la guerrilla y otros actores ilegales llegaron a sus cerros y cascadas donde habitan los espíritus. Entre tanto, los awá fueron humillados, al obligarlos a hacer mandados, pues de lo contrario serían declarados “objetivo militar” al ser considerados informantes o colaboradores del bando contrario como el ejército, al confinarlos en sus casas y no poder circular libremente en su territorio.

Guardia ambiental, luchadores del territorio Inkal Awá

Inkal Awá, que significa “gente de la selva a lo de la montaña”, es el nombre completo de este pueblo, aunque en su cotidianidad se nombran como awá. Este pueblo originario ha quedado atrapado en medio de esta disputa y esto le ha impedido desarrollar, como antaño, sus actividades de subsistencia: pescar y sembrar yuca, plátano y maíz, puesto que las aguas y la tierra fueron contaminadas con químicos usados para los cultivos ilícitos. Sin embargo, ante esta despiadada realidad, no se cruzaron de brazos. 

De acuerdo con Silvio Hernández, reconocido líder, la guardia es clave, ya que simultáneamente, defiende el territorio y ejerce control social. Su labor involucra aspectos ambientales y espirituales para velar por la paz y la reciprocidad en las interacciones entre los humanos, la flora y la fauna. La guardia ambiental se esfuerza por garantizar la supervivencia e hilar un tejido armónico que les permita conservar sus tradiciones, como la medicina ancestral y la posibilidad de curar enfermedades que existen en el territorio como la ojeada de un río si no pides permiso al entrar por primera vez.

Vereda el Guadal. Foto de Fernanda Sánchez, usada con permiso.

Para Silvio es imperativo mantenerla con vida y procurarle un bienestar que encaje en el vivir bonito – Wat Uzán en awapit – vivir en paz, en equilibrio. Para lograrlo, los miembros de la guardia, como lo afirma Diego Chingal su coordinador general, poseen una virtud fundamental: la paciencia.

Además, cada vereda tiene un coordinador y se comunican por radio teléfono, ya que no hay internet en las veredas más remotas. Wilmer Guanga es coordinador en la vereda El Guadual. Aunque implique enfrentar retos, como el desminado y recuperar cuerpos de personas asesinadas, Wilmer trabaja con amor desde 2019 para devolver la armonía a su Casa Grande. Su función es organizar a los 40 miembros de la guardia, de su vereda, y organizar todo por si tienen que salir, por ejemplo, con guardias como la del departamento del Cauca a unas aproximadamente nueve horas en automóvil de su resguardo.

Entre tanto, Cristina Chingal, una de las mujeres que integran la guardia, ama defender los derechos de su comunidad y, en especial, de las mujeres para que participen en espacios como la guardia ambiental. Ella incentiva a los pobladores para que vuelvan a cultivar maíz y chiro, como llaman al plátano verde pequeño que en otras zonas de Colombia se conoce como guineo, y no los cultivos de uso ilícito a los que recurrieron al regresar, años después, a sus hogares tras el desplazamiento forzado debido a la violencia. Otra tarea esencial es concientizar a la comunidad acerca de la importancia de no contaminar las fuentes hídricas, no talar árboles en las orillas de los ríos y, por el contrario, reforestar, sembrar más árboles.

Silvio Hernández con miembros de la guardia. Foto de Silvio Hernández, usada con su permiso.

Reparación en clave intercultural

La reparación de los daños sufridos no es sólo una cuestión económica, sino que implica, idealmente, acabar el conflicto armado colombiano porque si Katsa Su se enferma, los awá también. Para este pueblo es vital defender el territorio y la riqueza de sus ancestros, es decir, recuperar el conocimiento debilitado por los homicidios, el hostigamiento, la tortura, la violencia sexual y el desplazamiento que los obligaron a abandonar sus cultivos tradicionales, rituales de sanación, y recuperar el uso la marimba, instrumento característico de los awá, silenciado por el ruido de las balas, los bombardeos y la aspersión aérea con glifosato, a cargo del Estado, y que enfermó sus fuentes de agua y su gente.

Katsa Su es descrita como una mujer, una madre que cuida y vela por sus hijos. Ella es merecedora del respeto de quienes con la sabiduría heredada de sus mayores reconocen su dolor, su alegría o su tristeza. Los mensajeros de Katsa Su son las aves, los ríos o las montañas. Con sus acciones o movimientos, como cantar en grupo, estos comunican algo que es imperceptible para quienes no son de allí, pero muy claro para los awá. Este recuadro muestra, en la primera columna, los sentimientos y sensaciones identificables en Katsa Su y, en la segunda, en la forma como ella se los hace saber.

Sólo los awá comprenden su lenguaje, las formas variadas en las que les habla y, por ello, toda reparación y restauración de la paz debe estar basada en su conocimiento, su forma particular y amorosa de entenderse con Katsa Su.

La reparación con enfoque intercultural incluye purificar, con la ayuda de los médicos tradicionales, los lugares donde hallaron fosas comunes. “Hemos contemplado crear un plan, una ruta para ir purificando esos lugares y cómo los mayores van a catalogar esos sitios, pero no hemos decidido cómo”, añade Silvio. Las medidas restaurativas, como su nombre lo indica, no consisten sólo en dinero, sino que tienen un trasfondo simbólico como llevar a cabo rituales, que los médicos ancestrales deben decidir en cada caso, que ayuden a descansar a los espíritus. Asimismo, implica acciones como el desminado por parte del Estado.

Sobre estos temas conversan los awá en dos asambleas mensuales, denominadas mingas de pensamiento, los días 14 y 28 de cada mes en las cuales reflexionan sobre lo que ocurre desde la presencia de grupos armados hasta la manera de resolver problemas de convivencia entre familias de la comunidad y que la guardia ambiental ayuda a prevenir o a resolver.

Foto de Diego Chingal de la vereda El Guadual, Colombia, usada con su permiso.

El coordinador general Diego cree que Katsa Su no será como antes. Pero esto no lo desanima en su intento por sanarla, repararla, recuperar las plantas medicinales, la música con el sonido tranquilizador y alegre de la marimba, que actualmente no usan en este resguardo, o sus cultivos, como el plátano, que eran su fuente de subsistencia y que se vieron afectados con los cultivos de uso ilícito, la deforestación, la contaminación del agua y del suelo y los bombardeos. 

La tarea no es sencilla, pero como explica Campo Pai, la guardia cumple un rol fundamental en el contexto político, no partidista, al velar por los derechos humanos de su gente, a que no haya más víctimas, desaparecidos y mediando siempre en medio del conflicto motivados por el amor por su Casa Grande para defenderla a ella y a sus compañeros porque al formar `parte de ella se entregan al servicio a la comunidad que, en Katsa Su, incluye a humanos y no humanos. 

Finalmente, Cristina piensa igual que su hermano Diego, es necesario respetar a los espíritus que viven allí y a los de sus ancestros. Sólo de esta manera será posible recobrar la armonía de los cuatro mundos de los awá.

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Serie Defensores ambientales

Esta serie de artículos, hecha en colaboración con Latin America Bureau (LAB), destaca el trabajo de defensores ambientales en distintos países de América Latina y el Caribe, visibilizando tanto los riesgos que enfrentan como sus logros en la protección de sus hábitats y comunidades.

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