
Imagen de Arzu Geybullayeva, creada con Canva Pro.
El 23 de junio, la Corte de Delitos Graves de Bakú sentenció a Bahruz Samadov, disidente pacífico cuyo caso ilustra la postura del régimen hacia la oposición, a 15 años de prisión. Samadov fue detenido el 21 de agosto de 2024. Dos días después, fue acusado de conspirar contra el Estado y de comunicarse con ciudadanos armenios por WhatsApp, y se le impuso una detención previa al juicio por delito de traición. Desde el día del arresto, el joven académico dijo que las acusaciones eran falsas y que estaban directamente vinculadas a su activismo pacífico y sus críticas al Gobierno, durante la Segunda Guerra de Karabaj y sus secuelas.
En años recientes, Samadov, que estudiaba para un doctorado en la Universidad Carlos de República Checa, también escribió una serie de artículos de opinión sobre Azerbaiyán para diversos medios internacionales y regionales. Antes de su arresto, fue atacado por sus abiertos llamados a la paz.
El 30 de junio, Abzas Media publicó una entrevista a Samadov. Abzas Media es un medio de periodismo de investigación independiente cuyo equipo de Bakú fue sentenciado a largas condenas de cárcel el 20 de junio. El entrevistador, Ulviyya Ali, es uno de muchos otros periodistas que han sido arrestados en Azerbaiyán, y están esperando juicio en detención previa al juicio por acusaciones falsas.
En la entrevista, que se hizo en las instalaciones del centro de tratamiento médico de detención preventiva de Bakú, Samadov no se frenó al hablar sobre su experiencia y su estado mental después de escuchar su sentencia, y confirmó que había intentado suicidarse. «Pensé con mi muerte, enviaría una mensaje como última palabra sobre el estado en que está el país», le dijo a Ali, y agregó que «nunca olvidará el trauma», que lo trataron «como un terrorista» y que lo silenciaron por su «postura pacífica».
Poco después del arresto de Samadov, varios amigos suyos fueron interrogados como testigos. Samad Shikhi es un joven escritor que iba a abordar un vuelo cuando dos hombres se le acercaron y le dijeron que había un problema con el equipaje que había registrado. «Supe en ese momento qué estaba pasando», dijo Shikhi a Global Voices en una reciente entrevista.
Shikhi fue interrogado bajo coacción en duras condiciones, pero al final lo liberaron. Sin embargo, le prohibieron viajar, e hizo una promesa de no decir nada ni publicar nada en sus cuentas de medios sociales. En abril de 2025, después de nueve meses de vivir en constante estado de ansiedad por su seguridad, pudo salir de Azerbaiyán. Sin embargo, el trauma sigue presente. «No he podido escribir ni una sola palabra», dijo a Global Voices. «Por ahora, me dedico a descansar y, en algún momento, empezaré a pensar qué sigue para mí».
Global Voices también entrevistó a Cavid Agha, investigador independiente de Azerbaiyán, que iba a Lituania para estudiar cuando fue detenido en el aeropuerto como parte de la investigación del supuesto delito de Samadov. «Me llevaron para interrogarme [y] una de las primeras cosas que dijeron fue: ‘estás aquí porque eres un contacto cercano de Bahruz’. Me sorprendí porque Bahruz ni siquiera tiene mi número. Pero entendí inmediatamente qué estaba pasando. Sabía que era probable que su teléfono estaría vigilado desde antes de su arresto. Mencionaron una foto de nosotros que encontraron en su dispositivo. Yo no la había visto, pero sabía exactamente a cuál se referían. Se tomó cuando nos reconectamos brevemente», recordó Agha.
Como pasó con Shikhi, Agha fue interrogado en el Servicio de Seguridad del Estado. Sin embargo, en su caso, sus interrogadores no recurrieron a maltrato. Agha lo describe como un “juego de ajedrez psicológico”, y estuvo calmado las 12 horas que duró su sesión y recuerda que su interrogador le decía: “Normalmente, las personas empiezan a temblar de miedo cuando se sientan frente a mí, pero tú estás tranquilo”, a lo que respondió, “es porque no he hecho nada que me haga temer”. Como Shikhi, a Agha le han prohibido viajar, lo que después quedó sin efecto, por lo que pudo salir del país, aunque tuvo que postponer sus planes educativos.
Agha reflexiona sobre el contexto, y enfatizó que el periodo de posguerra en Azerbaiyán ha llevado a un alto estado de paranoia en vez de renovación nacional. Pese a las narrativas oficiales sobre un restaurado orgullo nacional después de la victoria del país, las reformas nacionales sonaron vacías y las restrictivas reformas legales –como las nuevas leyes sobre medios y partidos políticos o la represión de protestas de veteranos de guerra– revelaron profunda fatiga social y desilusión con la narrativa patriótica del Estado.
La noción de unidad que muchos partidarios de la guerra concibieron que llegaría una vez que el país ganara, nunca se cumplió. En cambio, el régimen recurrió a más vigilancia y represión. Agha traza paralelos entre la trayectoria de posguerra de Azerbaiyán y otros casos históricos en los que la victoria no llevaba a la paz sino a mayor autoritarismo. Por ejemplo, a muchos blogueros activistas que viven fuera del país les han iniciado investigaciones penales, que Agha sugiere muestran la creciente paranoia del Gobierno por las voces de oposición en el exilio.
En vez de ser un caso aislado, la sentencia de 15 años de Samadov es emblemática de un gobierno cada vez más amenazado por el desacuerdo, evidenciado por la extensa definición del Estado de traición, su alcance en las comunicaciones privadas, y su disposición de imponer prohibiciones de viaje e investigaciones de viaje abiertas.
Azerbaiyán busca su identidad de posguerra, y el destino de jóvenes pensadores como Samadov sugieren que la victoria en el campo de batalla no se ha traducido en confianza democrática sino en cada vez mayor represión, lo que deja a intelectuales, escritores e investigadores –dentro y fuera del país– con la sensación de que los intentos de silenciar sus voces pueden no solo ser para castigar personas, sino para borrar futuros alternativos.






