La herencia hundida de Sudán: La historia tras la gran presa de Egipto

Lake Nasser in Egypt. Photo by Carole Raddato on Flickr.

Lago Nasser, Egipto. Fotografía de Carole Raddato en Flickr (CC BY-SA 2.0).

Este artículo de Ahmad Matarik se publicó originalmente en árabe en Raseef22 el 7 de julio de 2025. Global Voices publica esta versión editada en virtud de un acuerdo de colaboración. 

Cuando Egipto inició sus importantes planes de construcción de la gran presa de Asuán en 1954, la atención del mundo se dirigió rápidamente a los tesoros de Nubia, las antiguas tierras que cruzaban las fronteras de Egipto y Sudán. En esta gran región, que se extendía desde Asuán hasta la cuarta catarata de Sudán, había templos, tumbas e inscripciones rupestres, restos de milenios de civilizaciones interconectadas. Pero la enorme reserva de la presa amenazó con engullir estas irreemplazables huellas de la humanidad bajo sus crecientes aguas.

No fue la primera vez que Egipto enfrentaba ese dilema. Ya en 1902, cuando se construyó la primera presa de Asuán, los ingenieros se apresuraron a apuntalar templos en peligro, como el de File, mientras que a algunas familias nubias las llevaban a terrenos más elevados, aunque sin perder por completo sus tierras ancestrales. Pero la presa estaba en una escala completamente diferente. El nuevo lago, conocido como el lago Nasser en Egipto y el lago de Nubia en Sudán, sepultaría cientos de miles de valles fértiles, yacimientos arqueológicos y comunidades enteras.

Black and white photo of the island of Philae, which was submerged because of the completion of the Aswan Low Dam.

La isla de File, sumergida debido a la presa de Asuán. Fotografía de Wikimedia Commons. Dominio público.

Una petición global para salvar el pasado

Gracias a la incansable presión política del ministro de Cultura egipcio Tharwat Okasha, la UNESCO quedó convencida de liderar una iniciativa internacional de rescate sin precedentes. En marzo de 1960, la organización creó un comité de expertos mundiales presidido por el rey Gustavo VI de Suecia, y inauguró lo que llamó «la mayor operación de rescate arqueológico de todos los tiempos».

Sin embargo, perdida entre muchas de estas narrativas triunfalistas, había una súplica de ayuda urgente, una que venía de Sudán.

La súplica silenciosa de Sudán

Solo seis meses después del llamado internacional de Egipto en 1959, Sudán lanzó su propio llamado para salvar su parte de Nubia. Este llamado, que fue menos conocido, buscaba rescatar templos, tumbas y arte rupestre en lo que, sin lugar a discusión, es la región arqueológica con más riqueza de Sudán, una tierra que durante siglos había sido vecina y socia de los antiguos reinos egipcios.

Pero Sudán enfrentaba una batalla mucho más ardua. El país logró su independencia recién en 1956, y tenía bastantes menos recursos y menos influencia internacional. Muchos de sus emplazamientos apenas se estudiaban o eran totalmente desconocidos. Como admitió la propia UNESCO luego, «la Nubia sudanesa, a diferencia de la Nubia egipcia, estaba prácticamente inexplorada».

Sudán se movilizó con rapidez. Antes de que los monumentos se desmantelaran, el Gobierno encargó una fotografía aérea de toda la zona que se veía amenazada —70 kilómetros del valle del Nilo— seguida de minuciosos estudios arqueológicos. Fue una carrera contra el reloj cuando las aguas de la presa comenzaron a moverse hacia el sur en 1964.

Templos en movimiento

Finalmente, cuatro templos y una tumba principesca fueron seleccionados para el traslado al nuevo Museo Nacional en Jartum. Bajo la dirección del arquitecto alemán Friedrich Hinkel, los equipos trataron las piedras desmoronadas químicamente, las desmontaron bloque a bloque, las trasladaron en barcazas hasta Wadi Halfa y las cargaron en trenes que iban a la capital.

The statue of Ramses the Great at the Great Temple of Abu Simbel is reassembled after having been moved in 1967 to save it from being flooded.

Reconstrucción de la estatua de Ramsés II en el templo de Abu Simbel tras su desplazamiento en 1967 para salvarla de la inundación. Wikimedia Commons: Dominio público.

Estos incluían el templo de Aksha, construido por Ramsés II, que llegó a Jartum en 1968, y Buhen, enorme templo-fortaleza erguido durante los reinados de Hatshepsut y Tutmosis III. El traslado de Buhen se extendió desde 1963 hasta 1969,  meticulosa tarea para salvar una estructura que una vez protegió la frontera del sur de Egipto.

Cerca de ahí, un antiguo grabado en una roca en Jebel Sheikh Suleiman registró la primera conquista de Nubia por la dinastía egipcia. Los trabajadores cortaron con cuidado la roca y la instalaron en el jardín del museo. A estas les siguieron dos templos de Semna y la tumba del príncipe Dyehutyhotep, adornados con vívidas tallas. Ya en 1970, estos monumentos estaban reconstruidos alrededor de un canal de agua artificial que buscaba representar el Nilo, una réplica agridulce de su tierra perdida.

Un sacrificio por el sueño egipcio

A pesar de estos logros, la mayor parte de la sumergida Nubia sudanesa se desvaneció. Como dijo el arqueólogo francés Christiane Desroches Noblecourt, «la gran mayoría de los templos se salvaron, y aún así una parte considerable de Nubia desapareció».

Esto no se trata solamente de piedras. Comunidades enteras en Nubia fueron desarraigadas. En Sudán, cerca de 54 000 personas fueron desplazadas a un asentamiento construido apresuradamente en el este llamado Nuevo Halfa. Como los habían arrancado de su entorno ribereño, muchos perdieron su lengua y sus patrones culturales. El escritor sudanés Osman Ahmed Nour narró cómo los manantiales de azufre de la región, que una vez fueron un lugar de peregrinaje de curación cerca de Dongola, se encuentran sumergidos para siempre. «Antes de la gran presa», escribió, «la gente venía de todas partes para estos baños terapéuticos. Más tarde, todo quedó bajo el agua».

Los nubios de Egipto sufrieron un destino similar, los llevaron a Kom Ombo, donde la separación de sus tierras ancestrales terminó por erosionar su lengua. Irónicamente, décadas más tarde, el Ejército egipcio utilizó el nubio como código secreto durante la guerra de 1973, que para entonces ya era ininteligible para la mayor parte de los egipcios.

La revelación de una Nubia escondida

Si hay un mínimo lado bueno para Sudán, es que la presa desencadenó una oleada de exploración arqueológica. En el período anterior a la inundación, el número de misiones del extranjero pasó de seis en 1960 a 22 de 17 países. Estos equipos desenterraron ciudades de la era cristiana, iglesias medievales y cementerios que ampliaron radicalmente la historia conocida de la Nubia sudanesa.

Una misión polaca descubrió una iglesia única y valiosos artefactos. Un equipo ghanés descubrió los restos de una gran ciudad cristiana cerca de Debeira. Un grupo yugoslavo rescató murales de una iglesia en Abd el-Qadir. Los exhaustivos estudios de Alemania Oriental registraron 40 lugares importantes en 140 kilómetros (87 millas), incluidos 13 que eran desconocidos hasta entonces. Encontraron también documentos multilingües en árabe, nubio y escrituras más antiguas que arrojan luz sobre el pasado literario de Sudán.

En 1971, el nuevo Museo Nacional de Jartum abrió oficialmente sus puertas, y ahora sus jardines albergan templos que una vez estuvieron cientos de kilómetros río arriba. A su alrededor yacen tesoros de Meroe y Wadi Halfa, un poderosa muestra de todas las civilizaciones de Sudán. La UNESCO señaló después que, para muchos sudaneses, este rescate «despertó un sentido de orgullo nacional en un pasado que podían reclamar como suyo».

Ecos de pérdida

Aún así, la herencia por sí sola no puede enmendar el sufrimiento del desplazamiento. Los nubios de ambos lados de la frontera han compuesto tristes cantos sobre sus tierras ahogadas. En Egipto, el músico Hamza El Din convirtió la difícil situación de Nubia en la pieza principal de su trabajo. En Sudán, los aldeanos han representado obras y canciones que conservan la pena de la migración forzada.

Hoy en día, mientras Sudán enfrenta nuevas revueltas, estos tesoros se ven amenazados. En 2024, los funcionarios revelaron que el museo de Jartum había sido saqueado, y que habían aparecido artefactos a la venta en Sudán del Sur.

Este es un crudo recordatorio: mientras se llevaban los templos de Nubia hacia la seguridad, las historias humanas — de exilio, lenguas perdidas y recuerdos ahogados— todavía buscan justicia. Para los nubios en Sudán y Egipto, la gran presa de Asuán es un monumento a un hondo e ignorado sacrificio.

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