
Imagen creada por Arzu Geybullayeva con Canva Pro.
El 2 de julio, Turquía conmemoró 32 años de la masacre de Sivas, en la que un grupo fundamentalista mató a 33 intelectuales y artistas, la mayoría alevíes, mayor grupo religioso minoritario de Turquía, junto a dos empleados del Hotel Madimak, en la provincia de Sivas. Miles de personas llevaron claveles al lugar para rendir homenaje e insistieron en convertir el hotel en un museo, como un desgarrador recordatorio de la historia de violencia religiosa del país.
Dos días antes, en Estambul, un grupo similar se reunió frente a las oficinas de LeMan, una de las últimas revistas satíricas activas en Turquía, para protestar contra una caricatura publicada en la edición del 26 de junio. En el dibujo se pueden identificar a Mahoma y Moisés saludándose en medio de un devastador paisaje de guerra en alusión a las guerras en Gaza e Irán, y las autoridades dijeron que «insultó los valores religiosos de manera pública». Esto desató una cadena de protestas, arrestos e investigaciones judiciales y financieras contra LeMan y su equipo de trabajo.
El 30 de junio, una multitud extremista protestó frente a la oficina de la revista ubicada en Estambul, corearon lemas de conducta de la sharía, arrojaron piedras e intentaron ingresar al establecimiento por la fuerza. No se tomaron medidas contra la turba, pero se detuvo a cuatro empleados de la revista.
Una campaña dirigida contra LeMan
A pesar de las afirmaciones del Gobierno de que la caricatura representaba profetas, el equipo editorial de LeMan refutó al instante estas acusaciones. En un tuit del 30 de junio, y luego en una entrevista con la AFP, el editor en jefe, Tuncay Akgün, aclaró que la caricatura no tenía nada que ver con el profeta Mahoma, sino que mostraba a un musulmán llamado Muhammad muerto en los bombardeos de Israel. Akgün subrayó que «hay más de 200 millones de personas en el mundo islámico que se llaman Muhammad» y que la revista «nunca asumiría un riesgo semejante».
El equipo de LeMan es consciente de los peligros que enfrenta. “Ya no quedan leyes bajo la cual [la revista] no haya sido procesada”, Akgün comentó en una entrevista con DW en 2016 y agregó: “Nos han encarcelado y amenazado”. Mientras que antes se hablaba de cargos comunes como “falta de respeto a los líderes o funcionarios del Estado”, nueve años después se suma “insultar públicamente los valores religiosos”.
La Policía detuvo a Ali Yavuz, gerente de LeMan, al editor Zafer Aknar, al caricaturista Dogan Pehlevan y a Cebrail Okçu, diseñador gráfico de la revista. El ministro de Interior, Ali Yerlikaya, difundió videos del operativo y declaró que los cuatro fueron aprehendidos por insultar los valores religiosos según el artículo 216 del Código Penal turco. Las autoridades allanaron la oficina, confiscaron ejemplares de la edición de junio e iniciaron una investigación financiera sobre los fondos de la revista. Mientras tanto, los manifestantes congregados frente a las oficinas de LeMan y que atacaban a personas en bares y coreaban lemas, pasaron desapercibidos frente a la autoridad.
La periodista Ezgi Başaran sugirió que era improbable que este suceso fuera «accidental». En un análisis personal, señaló que el grupo detrás del ataque pertenecía a una escisión del Frente Islámico de los Asaltantes del Gran Oriente (IBDA-C), el mismo grupo responsable del ataque en Sivas hace 32 años. Ezgi expresó: «Aunque haya estado inactivo los últimos años, el grupo tiene un historial documentado de ataques a instituciones laicas, como librerías, cines, redacciones, en especial durante la década de 1990″.
Entre quienes interpretaron el dibujo de manera diferente a la intención de LeMan está el ministro de Justicia, Yılmaz Tunç, que tuiteó: “Ninguna libertad concede el derecho de convertir elementos sagrados de una fe en objeto de humor vulgar”.
Prometió tomar «las acciones legales necesarias», y el 2 de julio confirmó el arresto de los cuatro miembros de la revista y emitió una orden de detención contra los dos integrantes que estaban en el extranjero.
En marcado contraste, los manifestantes islamistas radicales no enfrentaron ningún proceso penal. Başaran señaló esta impunidad y manifestó: “que una multitud alineada con un grupo militante prohibido pueda reunirse sin obstáculos en el centro de Estambul lo dice todo. No se trata de libertad de reunión, sino de la tolerancia selectiva del régimen hacia algunas concentraciones. Este es el mismo gobierno que ni siquiera permite que una docena de personas protesten, por ejemplo, por leche en mal estado, por miedo a que cualquier queja se transforme en oposición política y amenace el poder del Adalet ve Kalkınma Partisi (Partido Justicia y Desarrollo, conocido por sus siglas en inglés AKP)».
El presidente Recep Tayyip Erdoğan se pronunció sobre el asunto durante una reunión de líderes provinciales de AKP y calificó la caricatura como una “vil provocación”. Declaró: “La falta de respeto al profeta Mahoma (la paz sea con él) de algunos desvergonzados que no tienen los valores, la decencia ni las costumbres de esta nación es absolutamente inaceptable. Quienes muestren insolencia hacia nuestro profeta y otros profetas responderán ante la ley”.
La respuesta internacional fue rápida. Reporteros Sin Fronteras, y organizaciones como Cartooning for Peace y Cartoonists Rights, publicaron un comunicado de condena los arrestos como “un nuevo ataque a la libertad de prensa en Turquía”. Reporteros Sin Fronteras ha situado ubica a Turquía en el puesto 159 de 180 países en su índice de libertad de prensa.
Ecos de Sivas
Los paralelos entre el reciente incidente con LeMan y la masacre de Sivas de 1993 es evidente. En ambos casos, las acusaciones religiosas culminaron en una movilización violenta. La furia se desató por supuestas declaraciones ateas o islamofobicas durante el Festival Pir Sultan Abdal. El detonante de 2025 fue una caricatura satírica malinterpretada o distorsionada como una representación del profeta Mahoma.
La multitud cantaba: «Sivas será la tumba de los laicos» antes de incendiar el hotel. En LeMan los manifestantes coreaban frases como «o mueren ellos, o morimos nosotros». Mientras que la tragedia de Sivas derivó en violencia letal, este incidente llegó a una represión respaldada por el Estado, con detenciones policiales y el cierre del acceso a la plataformas de la revista. En ambos casos, las turbas quedaron en gran parte impunes.
En 1993, las fuerzas de seguridad observaron pasivamente cómo ardía el hotel. En 2025, el Gobierno turco accionó y tomó represalias contra el personal de la revista, pero ignoró las amenazas de los manifestantes. La Policía, que suele emplear toda su fuerza para dispersar a grupos defensores de derechos humanos o ciudadanos manifestantes contra la injusticia social, apenas empleó el método habitual para dispersar multitudes contra la turba extremista.
Respecto a la masacre de Sivas, se arrestó a 124 personas relacionadas con el incendio. En el juicio, que duró siete años, se condenó a muerte en primera instancia a 33 personas, cuyas penas se conmutaron por cadena perpetua agravada; se impusieron penas de prisión de entre dos y 15 años a 85 personas, y se absolvió a otras 37. El 13 de marzo de 2012, el Undécimo Tribunal Penal de Ankara archivó todos los cargos porque habían prescrito, a solicitud del fiscal.
La masacre de Sivas representó una aterradora ruptura entre el conservadurismo religioso y la expresión artística laica. Ahora, el caso de LeMan, que se desarrolla en una sociedad polarizada y amplificada a nivel digital, sugiere que las líneas de esa guerra cultural permanecen intactas. Lisel Hintz, profesora adjunta de Relaciones Internacionales en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, dijo: “podemos interpretar el ataque contra LeMan y cómo lo ha manejado el Gobierno como una intensificación de la guerra cultural que el presidente Erdoğan ha estado librando como una forma de vilipendiar y deslegitimar a la oposición en general”.
Aunque los métodos hayan cambiado, de cócteles molotov a órdenes judiciales, de turbas a campañas mediáticas, el mensaje subyacente permanece claro: disentir es peligroso y la sátira, que alguna vez fue una herramienta para burlarse del poder, ahora se considera un acto de rebelión.






