
Israel atacó algunas Teherán en junio de 2025. Foto de Meghdad Madadi/Tasnim News Agency vía Wikimedia Commons (BCC BY 4.0).
En sus cartas escritas desde la prisión, el escritor, político y filósofo marxista italiano Antonio Gramsci utilizó en sus cartas la frase «»el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad«, que se cree es una referencia al novelista francés Romain Rolland, ganador del Premio Nobel. En algún momento, este enunciado reflejó el espíritu de la resistencia, pero hoy se siente diluido, sobreutilizado y poco usado. El pesimismo intelectual fue ganando poder mientras que la voluntad quedó debilitada y absorbida por enormes estructuras burocráticas que devoran la acción ciudadana como dragones. Lo que alguna vez llamamos «la voluntad del pueblo» ya se evaporó. Solo queda la voluntad de gobernantes cínicos que, a su vez, se encuentran dominados por regímenes más cínicos aún. Cuanto más grande es el pesimismo, mayor el Estado y menor la voluntad ciudadana.
En junio, el jefe de Estado mayor del Ejército pakistaní, el general de campo Asim Munir, hizo un viaje relámpago a Estados Unidos. Fue directo al encuentro con Donald Trump sin pasar por el desfile por los 250 años del Ejército estadounidense. La prensa mostró el encuentro como una autopromoción del presidente para el Premio Nobel de la Paz. Munir, experimentado líder militar que tuvo un papel fundamental en las operaciones aéreas y de misiles pakistaníes contra India en mayo 2025, ya se había reunido con el jefe de Estado iraní, el general Mohammad Bagheri, que murió en el bombardeo de Israel en Teherán el 13 de junio. Dos semanas después, el 3 de julio, el comandante de las Fuerzas Aéreas, el general Zaheer Ahmad Babar, también viajó a Estados Unidos.
En Pakistán, hay un dicho popular para definir el poder triangular de la nación: «Alá, el Ejército, Estados Unidos«. Se ve a estas tres fuerzas como el pilar del Estado y reconoce al Ejército como quien marca el rumbo. Mientras que las Fuerzas Armadas pakistaníes mantienen fuertes lazos con Washington, China va aumentando su influencia en forma exponencial. La alianza chino-pakistaní nació de la rivalidad que comparten con India. El 4 de julio, el segundo jefe de Estado mayor del Ejército indio, el general Rahul Singh, sostuvo que China había ayudado a Pakistán en las tensiones recientes. También acusó a Turquía de haber dado apoyo militar, lo que dejó a India como sitiada por tres frentes. Así, la triada espiritual de Pakistán se ha convertido en geopolítica: religión, a través de Turquía; el Ejército, a través de China y Estados Unidos se mantiene firme. Pero este equilibrio está cambiando, impulsado por la rivalidad entre países vecinos y los realineamientos del poder mundial. Quizá ya no sea tanto sobre Pakistán o Irán, sino China y el papel que juega Pakistán dentro de una ecuación más amplia.
A Irán y Pakistán los separan una frontera de 909 kilómetros (565 millas), pero la propuesta para frenar el contrabando y los levantamientos es de cercar solo 90 kilómetros (56 millas). Pakistán no ha demostrado mucho interés en terminar su parte. Un tercio del diésel pakistaní ingresa por contrabando desde Irán, incluso el combustible para la aviación se comercializa de manera ilegal, que facilitan guardias de fronteras y contrabandistas de ambos lados. La comunidad étnica baluchí vive en ambos lados de la frontera, donde militan grupos como el Ejército de Liberación de Baluchistán y el Jaish al-Adl. El reciente ataque de Irán en territorio pakistaní fue contra posiciones vinculadas con estas agrupaciones. La militancia baluchí sigue siendo el punto principal de fricción entre Teherán e Islamabad. Hace poco, se informó que Pakistán permitió al Estado Islámico del Gran Jorasán, más conocido como ISIS-K, operar en la región para contener la militancia baluchí. Esto resultó en reiterados ataques sobre blancos de la militancia iraní.
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La situación de Baluchistán es delicada, sigue siendo una de las provincias menos desarrolladas y más marginales de Irán, étnica, religiosa y económicamente. A pesar de los arreglos diplomáticos, Irán y Pakistán nunca fueron verdaderos aliados. En la Operación Ciclón, liderada por la CIA y el MI6 entre 1979 y 1989, Pakistán fue quien proveyó de armas a los muyahidines afganos para combatir contra Kabul, que tenían el respaldo de la Unión Soviética. Luego de la revolución iraní, las prioridades estadounidenses cambiaron, y silenciosamente, Washington aceptó el programa nuclear de Pakistán. El consejero de Seguridad Nacional estadounidense, Zbigniew Brzezinski, fue quien generó la cercanía entre el presidente de su país, Jimmy Carter y la presidenta pakistaní, Benazir Bhutto. El científico nuclear pakistaní Abdul Qadir Khan admitió luego haber colaborado con las ambiciones nucleares de Irán.
Si bien Pakistán tomó partido por Irak durante la guerra Irán-Irak, también vendió a misiles Silkworm y Stinger a Irán, incluso desplegó una tropa de 40 000 soldados en Arabia Saudita. Luego de la caída del Shah, se disparó el valor estratégico de Pakistán para Estados Unidos. Después del -9/11, Pakistán se unió a la coalición liderada por el país de América del Norte y le facilitó a la OTAN acceso a Afganistán. Durante el primer mandato de Trump, se cortó la ayuda a Pakistán: primero, en enero de 2018, se suspendieron casi 2000 millones de dólares en asistencia en seguridad. En septiembre del mismo año, se cancelaron oficialmente 300 millones de dólares en ayuda militar. Esto solo se restauraría luego del acuerdo de Doha en 2020.
En Pakistán viven entre 20 y 25 millones de musulmanes chiitas, aproximadamente entre el 10% y el 15% de la población total. Es una comunidad que, por lo general, intensifica las tensiones religioso-políticas. Su presencia afecta significativamente la relación entre Irán y Pakistán ya que gran parte de la población iraní, aproximadamente el 90%, también es chiíta. Hasta el momento, no se ha concretado una conversación pacífica entre las dos naciones. Por el contrario, su rivalidad excedió las fronteras y se hace más notoria en el Cáucaso donde Pakistán se alió con Azerbaiyán e Irán con India.
Afganistán sigue siendo el punto más estratégico de Pakistán. La frontera oficial entre estos países, la línea Durand, es tema de disputa desde hace mucho tiempo. El servicio de inteligencia Pakistaní apoyó decididamente al Talibán antes y después de 2001. Los pastunes están asentados a ambos lados de la frontera, e Islamabad ha tratado con frecuencia de aprovechar esta conexión étnica, aunque los pedidos de una región pastún transfronteriza ha generado preocupación. Como India expandió sus influencias en Afganistán, Pakistán buscó respaldo en China para afianzar su posición. El proyecto de trasladar el puerto Chabahar de Irán a India hizo que Islamabad extendiera el corredor Gwadar al centro de Asia con el apoyo de Pekín. La relación entre Teherán y Nueva Deli se fortaleció, y el pacto de seguridad firmado durante las tenciones indo-pakistaníes irritó a Pakistán. A su vez, la alianza entre India e Israel complicó el panorama. La estrategia de Irán de equilibrar Oriente y Occidente no fue bien recibida en Islamabad; mientras Pakistán tomó partido por China en el Cáucaso, Irán se inclinó por Occidente y por Armenia.
En esta red de cambiantes alianzas, Pakistán se mantiene como un factor importante y un potencial «segundo Irán«. Es el único país de mayoría musulmana que tiene armas nucleares y tiene una firme postura contra Israel. Debe lidiar con levantamientos locales, grupos islámicos radicales y disturbios étnicos. Por limitar con países con la volatilidad de Irán y la inestabilidad de Afganistán, Pakistán es un punto estratégico. Desde las guerras con India, en la década de 1960, su relación con China se han profundizado. Pekín fue fundamental en el desarrollo militar de Pakistán y el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) fue de vital importancia para la expansión de China hacia Occidente. Aun cuando Cachemira está bajo control chino, Islamabad nunca lo ha usado como objeto de disputa.
Actualmente, Washington ve a Pakistán como lo vio 2001, un jugador frágil, pero esencial. Así como en algún momento Pakistán fue la puerta para llegar a Afganistán, hoy tiene una posición decisiva: aliado de China, socio reticente de Estados Unidos, crítico de Israel, rival de Irán y amigo de Arabia Saudita. A pesar de la oposición interna a Israel, en una posible guerra regional con Irán, Pakistán podría tener un rol sutil, puede quedarse en silencio o simplemente negar apoyo. Pero hay un trasfondo, y es la intención de Estados Unidos de contrarrestar a China. La inestabilidad interna de Pakistán, su proximidad a una Afganistán radical y su tensión con Irán podría empujar a una recalibración estratégica. Estos cambios podrían disminuir la influencia de China como ya lo insinúa la distancia que tomó de Turquía en el Cáucaso. En el caso de que haya una guerra a gran escala o se llegara a un acuerdo de paz, Islamabad ya sabe que llegará su turno. Las amenazas israelíes recientes indican esta trayectoria.
Entonces, la cuestión sigue siendo: ¿Pakistán se seguirá aferrando a su vieja trinidad de «Alá, el Ejército, Estados Unidos«, o virará hacia una nueva y volátil trinidad de «China, conflicto, caos»? ¿Será que estamos enfrentando el pesimismo del intelecto y de la voluntad? ¿Puede una región cuyo vientre porta tanto pesimismo dar a luz a un poco de optimismo, al menos? ¿O será que nuestro destino en el Medio Oriente siempre estará ligado al derramamiento de sangre y al desplazamiento?







