La sonrisa y la cicatriz: Migración, identidad y el selfie de Modi

Ira Mathur meeting India's Prime Minister Mahendra Modi. Photo by Curtis Chase, used with permission.

Ira Mathur se toma un selfie con el primer ministro de India Mahendra Modi. Foto de Curtis Chase, usada con autorización.

Por Ira Mathur

Esta historia se publicó originalmente en el periódico Trinidad Guardian el sábado 26 de julio de 2025. Global Voices reproduce una versión editada, cortesía de la autora.

Permítanme comenzar con el selfie: yo, parada al lado del primer ministro, Narendra Modi, después de su discurso en una sesión conjunta del parlamento de Trinidad y Tobago. La imagen que publiqué en redes sociales se interpretó como una celebración. Algunos dijeron que el momento fue histórico. Otros, personas que amo: familia y amigos de Pakistán, se disgustaron, me acusaron de estar junto a un hombre que presidió la violencia intercomunitaria contra musulmanes.

No era ni uno no otro.

Era capturar el momento. Estaba diciendo: no me borrarán. Sigo siendo una niña de la comunidad migrante de India, hija de un soldado hinduista y de una musulmana. Mi madre y mi difunto padre han sido condecorados por altos comisionados anteriores, pero no esta vez. Mi difunto padre, coronel Mahendra Nath Mathur, sirvió en tres guerras, la guerra sino-india de 1962 y las guerras indo-pakistaníes de 1965 y 1971, antes de migrar a Trinidad para construir la autopista Claude Noel y escribir el primer Plan Nacional de Preparación ante Desastres del país. Mi madre, la tataranieta de Sultan Jahan, begum de Bhopal, viene de una línea de matriarcas musulmanas que gobernaron con justicia. Mi madre no estaba invitada para conocer a Modi.

The late Col. Mahendra Nath Mathur and Anvar Zia Sultana of the state of Bhopal on their marriage in Birla temple in Delhi in 1962.

El difunto coronel Mahendra Nath Mathur y Anvar Zia Sultana en el estado de Bhopal en su matrimonio celebrado en el templo Birla de Delhi en 1962. Foto cortesía de Ira Mathur, usada con autorización.

El evento se hizo en el Velódromo de Couva, Trinidad Central, presentado como una reunión de la comunidad, en realidad era un comité cuidadosamente seleccionado por las Altas Comisiones de India, que entregaron invitaciones principalmente a inmigrantes indios adinerados o influyentes y a indo-trinitenses, considerados simpatizantes de la India azafrán de Modi. El resto de los puestos los llenaron con quienes quisieran asistir. Yo estaba ahí en los bordes.

Hombres vestidos con kurtas brillantes y chaquetas enjoyadas estaban parados en la pista interior; mujeres en saris con lentejuelas se tambaleaban hacia delante, con sus manos juntas en namasté, mientras Modi pasaba. El programa, con canciones de Bollywood, bhayan y gazal, redujo una identidad compleja de Trinidad y Tobago, compuesta por elementos de varios continentes, a un espectáculo. Una llamativa «indianada» sin significado.

Una lista de invitados con orden jerárquico dividido en clase, círculos íntimos y complicidad. Se descartó cualquier otro credo y raza. Un veneno para nuestra sociedad pluralista.

Esto, en una república donde mandirs, mezquitas e iglesias están a pasos de distancia, donde los polvos Phagwa se mezclan con pintura de carnaval, donde los vecinos rompen el roti juntos y ayunan juntos. Esto, en un país formado por los mismos traumas de esclavitud y aprendizaje, plurales por linaje, por nacimiento, por los rituales interconectados del día a día. No fue una actividad estatal. Era un escenario, y en ese escenario, nuestra población no india brillaba por su ausencia: musulmanes, afrotrinidenses, chinos, árabes. Todos faltaban.

No muy lejos, una pequeña protesta musulmana rompía este silencio. Y en los asientos del estadio, solo los favoritos se sentaban en medio del escenario. En Puerto España, trabajadores del Programa Comunitario de Protección y Mejora del Ambiente (CEPEP), en su mayoría descendientes africanos de zonas empobrecidas, protestaban contra el desempleo.

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Ya hemos pasado por esto antes. Imágenes similares, otras razas. Hemos visto esto antes. Mismas imágenes, otras razas. El primer ministro Patrick Manning construyó una pared para ocultar la carretera Beetham antes de la Cumbre de las Américas, como si la pobreza, y no la injusticia, diera vergüenza. Estaba calculando, cuidándose de la mirada extranjera. A.N.R. Robinson aceptó un cacique yoruba y se nombró él mismo Líder Africano, para arraigarse en la memoria ancestral, en una historia más antigua que la colonia. Manning ocultó. Robinson reclamó. Kamla Persad-Bissessar, en su segundo periodo como primera ministra, estaba serena vestida con saris, elegante y mostrando su linaje. Pero al tratar de honrar a su anfitrión, hizo que muchos de los suyos se sintieran fuera.

Qué desperdicio. ¡Lo que hubiéramos podido mostrarle a India! Imaginen, herencia. Sin necesidad de explicaciones. En el Parlamento —en la Casa Roja de Puerto España— el tono cambió cuando Modi, en un ambiente más sumiso, se dirigió a los líderes nacionales. Habló de la amenaza del terrorismo, sí, pero también de enfrentar el desequilibrio entre Norte y Sur, que indicaba una supremacía de India y su ambición de liderar. Ya había indicado un cambio.

En noviembre de 2024, fue condecorado con el mayor honor nacional de Guyana, la Orden de Excelencia, del presidente doctor Irfaan Ali, musulmán practicante. Fue un gesto en reconocimiento al liderazgo y la participación internacional de Modi, evidencia de que se movía al centro. La Comisión Superior malinterpretó el momento. Modi buscaba un lugar en el mundo que aceptaba la identidad, más que allanarla.

En la sede de Gobierno, los sistemas se mantuvieron. Las fuerzas armadas, el Poder Judicial, el protocolo ceremonial, todo se mantuvo firma. La Casa Roja, hermosamente restaurada, mostraba la gravedad de la historia. La primera ministra Kamla Persad-Bissessar fue astuta y se mantuvo firme.

Pero se perdió otra oportunidad. A la líder opositora, una mujer trinitense africana, vestida con un elegante traje indio, refinado y de presencia acogedora, no se le pidió hablar. Qué desperdicio.

En su tercer mandato, Modi enfrenta cada vez más agitación. En Cachemira, la revocación del artículo 370 sigue generando resentimiento. En Punyab y Manipur, las represiones del Gobierno y la violencia étnica han avivado el aislamiento y la crisis. En el sur y este de India, crece la resistencia a la imposición del hindi y el poder centralizado. Su visión de la unidad nacionalista hindú encuentra cada vez más rebelión regional y pedidos de autonomía.

Esta visita pudo haber logrado más. Pudo haber sido un modelo de cómo un Estado plural recibe a un líder controvertido sin perder su esencia. Pudo haber dicho: acá no tenemos violencia electoral. Acá hay una transferencia de poder pacífica. Acá no coreamos a los hombres. Cantamos por el país. Acá, no se lincha a los hombres por comer carne. Modi pudo haber aprendido de nosotros.

Hubo un momento de callada dignidad. La presidenta Christine Kangaloo, con un elegante traje occidental que representa quiénes somos en el trabajo, concedió con gracia el más alto honor de Trinidad y Tobago, la Orden de la República, al primer ministro Modi. Kangaloo no era teatral, ni complaciente, sino serena.

En hindi, le dije a Modi que mi padre era soldado. Se basaba en el respeto. Me tomé esa foto. Tenía el derecho de estar ahí, era lo que decía con esa imagen. Soy hija de una India plural, de una musulmana de ascendencia afgana y un soldado hindú. Vengo de Bangalore, Simla y Aligarh; de Londres, Toronto, Scarborough y Puerto España. Tengo en la sangre a millones de masacrados, hindúes y musulmanes que se enfrentaron durante la Partición, cuando un país se partió no solo por las fronteras, sino por la pena.

En una celebración a comienzos de agosto por los 90 años del novelista Earl Lovelace, su hijo Che recordó que le decían como niño mestizo: eres ambas. Con los años, mi familia se ha vuelto parte de la psiquis de la nación, entretejida en las cicatrices y legados de India, Africa, China, Siria y Europa.

Fui al Parlamento no para olvidar, sino para enfrentarlo todo. Como muchos, siempre he existido en las márgenes —una sudasiática formada por contradicción— musulmana e hindú, en el centro de la escena y en la periferia, vista y no vista. Una cachemir por metáfora, no por sangre, reivindicada y repudiada, suspendida entre mundos. Pero en estas islas, así que lo tenemos todo. Reclamamos todo.

No es una herencia de pérdida. En este mundo fracturado y reensamblado, es una herencia de ganancia. Es una lástima que no hayamos mostrado esto a nuestro invitado.

Ira Mathur es columnista de Trinidad Guardian y ganó el premio OCM Bocas por no ficción en 2023 . Visita www.irasroom.org.

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