“Tiempo de prueba”: Profanan y arruinan refugio rastafari en Jamaica

Construction taking place along the access road leading to the Rastafari Indigenous Village, located in Montego Bay Gardens, Portobello, Jamaica.

Obras de construcción a lo largo de la carretera de acceso a Rastafari Indigenous Village, en Montego Bay Gardens, Portobello, Jamaica. Foto de Arlene Alberga-McKenzie, usada con autorización.

Este artículo apareció originalmente en el blog de Petchary el 28 de julio de 2025. Global Voices reproduce una versión editada, con permiso de la autora.

Hay algo que llamo el “culto al desarrollo”. ¿Qué es el desarrollo para nuestros políticos? Bueno, es hormigón, acero, asfalto: carreteras, autopistas, edificios, centros urbanos, hectáreas llenas de casas pequeñas que parecen cajas, en ocasiones construidas en terrenos agrícolas. En 2022, el primer ministro Andrew Holness promovió la idea de una “ciudad nueva” en la hermosa y rural St. Elizabeth, en la costa sur de Jamaica, y la revivió en la “gran inauguración” de otro establecimiento má sde KFC en Black River, mientras afirmaba que su gobierno apoyaba por completo el “desarrollo urbano”. Parece que en estos últimos tiempos hemos dejado de lado la palabra “sostenible”.

En 2017, me invitaron a escribir tres artículos para el sitio web del Fondo de Inversión Social de Jamaica (JSIF) sobre un proyecto relativamente nuevo: la aldea indígena rastafari en Montego Bay Gardens, en Portobello, al noroeste de la isla. Parece que ahora el sitio web ya no está en línea. El JSIF es una agencia estatal fundada en 1996 como parte de la estrategia nacional del Gobierno para reducir la pobreza, dedicada a proyectos a pequeña escala destinados a crear empleo y a mejorar las condiciones de vida de las comunidades.

Fui al lugar para conocerlo mejor. La ruta estaba llena de baches, pero al llegar, el camino desembocaba en un claro sereno. Las construcciones eran de bambú y de otros materiales naturales, y se agrupaban en círculo, rodeadas de flores, huertas y árboles de gran altura. El río Montego fluía cerca y podía oírlo, caudaloso tras unas generosas lluvias.

Allí me enteré que la aldea se había inaugurado oficialmente en 2014, en parte gracias a la financiación inicial del Banco Mundial y a que la familia Nelson había cedido los terrenos; esto, según me contó “Firstman”, defensor del desarrollo sostenible al que entrevisté mientras estuve en ahí. En 2016, con mucho orgullo se hizo una visita guiada a los funcionarios del Banco Mundial, y el sitio fue recibido con entusiasmo por visitantes y lugareños.

Hasta la fecha, el espacio tiene valoraciones altísimas en TripAdvisor, donde los críticos suelen ser bastante exigentes: en la actualidad ocupa el puesto número 47 de las 360 cosas que hay para hacer en Jamaica, lo que no es poca cosa. Las fotos logran capturar lo mucho que se disfruta, y un turista describe la visita como “una experiencia cultural refrescante”. Al parecer, ha sido un gran éxito.

Mis artículos sobre la aldea se centraban en la cocina ital, las celebraciones rastafaris y la fabricación de tambores. Los lugareños eran amables, corteses y simpáticos, y organizaban habitualmente visitas guiadas para quienes fueran al lugar: caminar por el río descalzos, tomar clases de percusión, degustar comida ital, comer fruta fresca preparada de forma exquisita y, por supuesto, aprender más sobre las creencias y la cultura rastafari. Sin embargo, el proyecto ha caído al borde del camino, literalmente.

El pueblo no era solo una atracción turística: era un lugar donde la gente vivía. Cuando fui de visita, ya se sentía un ambiente acogedor en el que transcurrían las prácticas y las costumbres de cada día. Había un sentido de comunidad. Ahora avanzamos rápidamente hasta 2025, las fotos del sitio web de la aldea cuentan la historia completa, y es bastante impactante: excavadoras y ensordecedores camiones de la empresa China Harbour Engineering Company (CHEC), hombres con cascos, árboles y casas aferrados al borde de los precipicios de piedra caliza.

Para los lugareños y las comunidades vecinas es su “tiempo de prueba”. La construcción de la carretera ha causado todo tipo de daños al terreno que rodea la aldea. Además de la inevitable deforestación, también ha cambiado su contorno. Cuando llueve, el agua y los escombros se precipitan hacia la aldea por lo que antes era una carretera y desembocan en el antaño hermoso río Montego. Los aldeanos también han sufrido por la pésima calidad del aire, los ruidos impresionantes y el hedor de las alcantarillas dañadas.

Según las reglas del “culto al desarrollo”, esta circunvalación era necesaria porque había demasiados atascos (o sea, demasiados automóviles) en Montego Bay. Los embotellamientos frenaban el avance de —adivinaste— el desarrollo de la ciudad. Al menos un tramo se convertirá en una carretera de peaje para quienes puedan permitírselo. Mientras tanto, en YouTube, los videos promocionales proclaman: “¡Esta es la NUEVA Jamaica!”. ¡La circunvalación ya tiene su primera capa de asfalto! Hay muchos otros videos, algunos con imágenes tomadas con drones, incluido uno que describe cómo se va a “redirigir” el ahora contaminado río Montego. ¿En serio?

Existen algunos rumores imprecisos sobre la reubicación de este remanso de paz; veremos si sucederá. Mientras tanto está cerrado, ya que está muy complicado acceder allí.

No es que solo se pierden paisajes. Se destruye nuestro patrimonio cultural, no un edificio antiguo, ya de todos modos hay muchos destruidos, sino algo menos “tangible”, en palabras de la UNESCO. Es la pérdida de la fuerza, la resiliencia y la fe que se habían forjado en el pueblo. Es perder aquellas manos que protegen, preservan y sostienen ese patrimonio. Es parte de la erosión constante de la identidad, para los rastafaris y los jamaicanos en general, y en especial para nuestros jóvenes.

Es perder tradición oral, los cuentos que hacen que los jamaicanos sean quienes son, relatos medio olvidados que enseñan, iluminan y abarcan tanto: el rastafari, sí, pero también la compleja historia de los cimarrones y la necesidad de incluir su salvaje Cockpit Country bajo un manto protector. Nuestras múltiples relaciones con el océano, con las aves, las preciadas hierbas y la flora única… parece ser que las autoridades no valoran todo eso. Lo que cuenta es el número de habitaciones y de asientos en los aviones.

Los guardianes del patrimonio natural y cultural de Jamaica, estrechamente entrelazados, quedan ignorados mientras los líderes políticos se dejan deslumbrar por nuevos restaurantes de pollo frito, relucientes autopistas y edificios de gran altura. Eso es lo que quiere la gente, nos dicen, y los trabajos humildes que los acompañan.

Hace algún tiempo, asistí a una “consulta” en línea sobre la circunvalación planificada. Consistió en una larga presentación en la que se mostraron todos los mapas y planos, a lo que siguió una sesión de preguntas y respuestas de media hora en la que solo se respondieron una o dos y se ignoraron las inquietudes y comentarios más duros. Es por esto que Jamaica necesita ratificar el Acuerdo de Escazú, que habla de la necesidad de que exista una participación pública significativa. Este fue un ejemplo de cómo no debe hacerse, para luego marcar la casilla.

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Me da nostalgia el turismo comunitario de Jamaica de la década de 1990, cuando visitantes y lugareños ansiaban vivir experiencias auténticas, como siguen ocurriendo. Los turistas no quieren venir y ver más hormigón. Entonces, dime… ¿qué es lo que hace a Jamaica especial? Cuando los extranjeros piensan en nuestra isla, una de las primeras cosas que se les viene a la cabeza es Bob Marley y rastafari. Para los más curiosos, la aldea indígena le dio vida al rastafari, le dio sentido. Además, la cuestión era forjar lazos personales, no de la forma servil y desigual con la que los turistas interactúan con los jamaicanos en los hoteles con todo incluido, sino como seres humanos, como algo natural y real.

En nuestra búsqueda del “culto al desarrollo”, Jamaica está perdiendo el rumbo, está perdiendo su humanidad. Autos, camiones y hormigón se han alzado con la victoria. Les deseo a quienes viven en la aldea la mejor de las suertes en su intento por abrirse camino a través de las incomodidades de la burocracia. Les pido que no renuncien a la lucha por lo extraordinario y único que han cultivado, y que espero que vuelvan a cultivar.

En palabras de la cofundadora de la aldea, Arlene Alberga McKenzie: “El rastafari se interpone para recordarle a nuestro presente los muchos viajes de nuestro pasado […] Entendemos el valor del pasado en relación con el presente y nuestro futuro. Lo que se exige a la aldea es conexión: con la tierra, las plantas y los árboles, y con las historias de sobrevivencia”.

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