Raíces marchitas: Se deteriora la salud y la resiliencia de las mujeres olvidadas en Afganistán

Mujeres afganas participan en curso de obstetricia antes de que los talibanes lo clausuraran en 2024. Captura de pantalla de YouTube.

En 2014, la profesora de agricultura Sophia Wilcox, de la Universidad de Maryland, inició el programa Mujeres en Afganistán (WIA) para enseñar a las mujeres afganas a cultivar la tierra. Fue una semilla de esperanza en un suelo árido, devastado por décadas de agitación. A través de ella, conocí y entrevisté a varias mujeres cuyas vidas se han desmoronado bajo el régimen talibán: una activista embarazada que vive escondida, una matrona a la que se le ha prohibido trabajar y una defensora de la lucha contra la poliomielitis que ya no puede salvar a más niños.

Por razones de seguridad, se han modificado sus nombres en este artículo.

Después de que Estados Unidos se retiró de Afganistán en 2021, a los afganos en riesgo se les ofrecieron tres opciones para resguardarse: el saturado programa de Visados Especiales para Inmigrantes (SIV), las limitadas remisiones de refugiados de Prioridad 1 (P1) y la vía de Prioridad 2 (P2), que requiere que los trabajadores de la sociedad civil se trasladen a un tercer país. Sin embargo, el vecino Pakistán ha comenzado a detener y deportar a afganos indocumentados. La situación empeoró cuando el gobierno de Trump congeló indefinidamente la admisión de refugiados de Afganistán.

Los relatos de estas mujeres revelan las consecuencias del abandono político y de un sistema de salud en crisis bajo el nuevo régimen. Las voces que intentan alzarse con más fuerza quedan sofocadas antes de lograr ser escuchadas.

Cuando cultivar el cambio se vuelve imposible

A los 17 años, el deseo de cambio de Fátima (nombre cambiado por razones de seguridad) se materializó cuando desafió las expectativas de su familia y decidió estudiar ingeniería química. Su hermano la acompañaba todos los días a la universidad hasta que se convenció de que ella no estaba haciendo nada haram (prohibido en el islam). Con el apoyo de su padre, Fátima continuó y después se dedicó a transformar la forma en que las familias veían la educación de las niñas.

El progreso educativo en Afganistán siempre ha sido frágil. Antes de la invasión soviética en 1979, la escolarización se extendía lentamente. Los soviéticos introdujeron reformas, pero el prolongado conflicto militar entre las diferentes facciones muyahidines revirtió esos avances. Durante el primer régimen talibán (1996-2001), la escolarización de las niñas quedó completamente prohibida. Con la invasión estadounidense de 2001, las escuelas reabrieron sus puertas. Hoy, Afganistán es el único país del mundo que prohíbe a las niñas acceder a la educación secundaria y universitaria.

Tras graduarse, Fátima fundó una organización de base dedicada a promover la educación y la participación ciudadana. Su equipo buscó el respaldo de los imanes (líderes religiosos islámicos) y se apoyó en el Corán, que alienta la búsqueda de conocimiento para los musulmanes. Además, se convirtió en movilizadora comunitaria, fue elegida diputada del consejo y llegó a conducir un programa en una radio local.

Su inquebrantable dedicación al impacto social, documentada en numerosas entrevistas y publicaciones en redes sociales, llamó la atención de los talibanes. Bajo la República Islámica de Afganistán, en aquel entonces, logró sortear los riesgos. Sin embargo, desde que los talibanes derrocaron la república en agosto de 2021, su vida corre peligro.

Su provincia cayó en manos de los talibanes en menos de tres meses. Huyó brevemente, pero luego regresó a una comunidad donde los talibanes habían comenzado a realizar registros. Sus familiares le advirtieron que unos hombres armados estaban haciendo preguntas. Después llegaron las amenazas: una llamada le informó que habían decapitado a sus colegas, y otra ofrecía a un antiguo compañero un puesto entre los talibanes a cambio de delatarla.

Su padre instó a su prometido, que antes era el responsable de seguridad del proyecto WIA, a que la ayudara a escapar. Se casaron en secreto, se escondieron y vendieron todo lo que tenían para sobrevivir, pero no pudieron salir del país. Mientras tanto, la muertes selectivas han aumentado sin precedentes y siguen apareciendo cadáveres de personas que conocía.

Fátima no ha visto a su familia en casi cuatro años; pasa sus días confinada en casa y solo sale cuando es estrictamente necesario.

Sus dificultades se agravan aún más por la enfermedad renal grave de su hijo y por un embarazo muy complicado, que la ha dejado demasiado débil para someterse a un aborto seguro.

Fátima esperaba que su familia fuera evacuada mediante el proceso P2, un visado especial para afganos que habían colaborado con las fuerzas estadounidenses durante la guerra. El gobierno de Trump suspendió este programa, y eso la golpeó con la misma fuerza que el colapso del Gobierno afgano. En aquel entonces, las mujeres no tenían esperanza, y hoy siguen atrapadas en la misma situación.

Su trabajo anterior le daba un propósito, pero hoy la ata al peligro. “Siento que me estoy derrumbando”, escribió por WhatsApp. “¿Cómo puedo cuidar a mi hijo enfermo? ¿Cómo puedo darle una buena vida al que crece en mi vientre?”.

Antes, Fátima era quien defendía a los demás, pero ahora está en una situación en la que se siente impotente. Al igual que la mayoría de las mujeres olvidadas en Afganistán, es prisionera en su propia casa.

Incluso en circunstancias tan difíciles, se esforzó por ponerme en contacto con una trabajadora de salud, lo que demuestra la fortaleza y la resiliencia que la caracterizan.

Sus habilidades eran un salvavidas, ahora son una amenaza

Para la doctora Zahra (nombre cambiado por motivos de seguridad), la obstetricia era más que una profesión: era una promesa. Había visto morir en silencio a mujeres durante el parto, privadas de medicamentos y dignidad. La tradición imperaba, a menudo a costa de vidas humanas.

Durante décadas, la doctora Zahra se dedicó por completo a este campo. Como joven matrona, pudo ampliar sus capacidades mientras pasaba los días viajando, a veces completamente sola, y las noches en la oscuridad de hospitales remotos.

El acceso al campo de la medicina en Afganistán bajo la República Islámica comenzaba con la aprobación del examen nacional Kankor tras el duodécimo grado. Las puntuaciones altas permitían acceder a estudios de medicina. Sin embargo, las matronas no asistían a la facultad de medicina y, a menudo, recibían formación a través de programas de dos años, como el Programa de Formación Comunitaria en Obstetricia, respaldado por el Ministerio de Salud Pública y ONG internacionales.

Afghan women attend a midwifery course before it was shut down by Taliban forces in 2024. Screenshot from YouTube.

Mujeres afganas participan en curso de obstetricia, luego clausurado por las fuerzas talibanes en 2024. Captura de pantalla de YouTube.

Durante mucho tiempo, el sistema de salud de las mujeres en Afganistán ha reflejado la inestabilidad política del país. Bajo el primer régimen talibán, se prohibió a las mujeres acceder a atención médica. El periodo respaldado por Estados Unidos trajo clínicas y formación, pero solo mientras duró la ayuda extranjera. Desde entonces, muchos profesionales han huido.

Actualmente los talibanes permiten que las mujeres trabajen en hospitales, pero bajo severas restricciones: deben usar uniformes estrictos, y si el equipo de “promoción de la virtud” las sorprende conversando con un compañero de trabajo, ambos pueden ser interrogados o detenidos.

Con manos entrenadas para salvar vidas y un corazón marcado por la pérdida, la doctora Zahra se ha visto relegada a las sombras. Es una de las miles de matronas que ahora han quedado marginadas por un régimen que considera la salud como una rebelión.

Desde el frente de lucha contra la polio hasta la exploración de nuevos territorios

La doctora Maryam encontró su vocación en las campañas de vacunación puerta a puerta. Durante dos décadas, trabajó como responsable provincial de la lucha contra la polio.

Su trabajo nunca fue fácil. Muchos creían que las vacunas eran un complot occidental para causar infertilidad, y otros le preguntaban por qué traía medicamentos y no alimentos, pero ella regresó una y otra vez hasta que la confianza se afianzó.

A baby gets a polio vaccination in Afghanistan

Bebé recibe vacuna contra la polio en Afganistán. Imagen de DVIDS. Dominio público.

La polio sigue siendo endémica solo en dos países: Afganistán y Pakistán. Bajo el régimen talibán, muchas campañas de vacunación han quedado suspendidas o restringidas.

La doctora Maryam escapó a Estados Unidos hace 13 meses gracias al caso SIV de su marido. Trabaja como profesora sustituta y está estudiando para obtener un certificado en salud pública. Espera volver a ejercer su profesión, esta vez entre la población inmigrante y desfavorecida de Estados Unidos.

Pero su corazón sigue con los olvidados: compañeros de trabajo desesperados, amigos a quienes se impide trabajar y niños en riesgo de contraer enfermedades que antes estaban casi erradicadas.

Estas mujeres, antes pilares de la comunidad, ahora se ven privadas de las herramientas necesarias para servir. Estados Unidos las invocó cuando necesitaba sus habilidades y las abandonó en momentos de necesidad. El futuro que estaban construyendo se ha esfumado.

Sus historias nos obligan a asumir el costo de las promesas rotas. Debemos actuar ahora para restablecer sus derechos, reabrir caminos hacia la seguridad y cumplir las promesas hechas a quienes lo arriesgaron todo por el cambio.

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