
Manifestación en Frankfurt, Alemania, contra el genocidio en Gaza. Los manifestantes llevan una pancarta que dice: “Detengan la criminalización de la resistencia y la solidaridad palestinas”. Foto de conceptphoto.info en Flickr (CC BY 2.0).
Por Dalia Ismail
En los últimos meses, ha surgido por toda Europa un cambio notable, ya que varios Gobiernos han mostrado su voluntad de presionar a Israel y avanzar hacia el reconocimiento de un Estado palestino.
Francia anunció que formalizaría el reconocimiento ante la Asamblea General de Naciones Unidas, lo que desató peticiones similares de otros países europeos. En Alemania, el principal aliado de Israel en Europa, un destacado legislador de la coalición de Friedrich Merz incluso propuso posibles sanciones contra Israel, que incluyen suspender las exportaciones de armas.
Aunque estas medidas aún no se traducen en cambios políticos concretos, sí reflejan la creciente necesidad de los líderes progresistas de la Unión Europea de distanciarse del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que se ha convertido en el punto central de culpa internacional. Al aislarlo como el único artífice del genocidio, la Unión Europea evita enfrentar su propia complicidad estructural –mediante venta de armas, vínculos económicos y protección política– que por mucho tiempo han permitido las acciones de Israel hasta ahora.
Ponerle atención a la responsabilidad personal de Netanyahu permite a estos países reescribir la narrativa sobre el genocidio como una cuestión de fracaso del liderazgo, en lugar de tener en cuenta el sistema de apoyo más amplio que ha permitido el genocidio en Gaza.
Este cambio de narrativa se ve reforzado aún más por la promoción del desacuerdo interno israelí, que funciona para delinear las atrocidades actuales como una excepción dentro de la política israelí, con lo que se preserva la legitimidad internacional del Estado y oscurece la continuidad estructural de sus políticas hacia los palestinos.
El uso estratégico de los críticos israelíes internos
Los principales medios de la Unión Europea y de Estados Unidos han dado un significativo espacio a figuras políticas y militares israelíes, como el ex primer ministro israelí Ehud Olmert y el líder del partido Demócrata, Yair Golan, a quienes presenta como alternativas éticas a Netanyahu.
Recientemente, Olmert y Golan criticaron abiertamente a Netanyahu por sus crímenes en Gaza. Golan calificó las acciones del Gobierno de «alimento del antisemitismo y odio a Israel», y lo acusó de «matar bebés como pasatiempo». Olmert también condenó el liderazgo de Netanyahu y dijo explícitamente: «Israel está cometiendo crímenes de guerra».
Sin embargo, tanto Olmert como Golan jugaron papeles claves durante las masacres israelíes anteriores en Gaza —2008-2009 (Operación Plomo Fundido) y 2014 (Operación Borde Protector) que fueron, y continúan siendo, objeto de investigaciones de crímenes de guerra por parte del Consejo de Derechos Humanos y la Corte Penal Internacional, documentadas en informes de Abogados por los Derechos Humanos Palestinos (LPHR), el Centro Al Mezan para Derechos Humanos y muchas otras organizaciones palestinas e internacionales.
Su condición de contrapesos morales sirve para enmarcar las atrocidades actuales como una variación, lo que minimiza la continuidad de la política militar israelí y los crímenes cometidos por ex primeros ministros y generales militares israelíes.
Su oposición también podría cumplir una función estratégica. Al distanciarse, podrían estar intentando mitigar una posible responsabilidad legal en el marco de investigaciones internacionales. Esto puede considerarse parte de una estrategia legal más amplia para demostrar su no intervención o falta de intención en las agresiones militares pasadas.
Recalibración moral a través de narrativas familiares
Al amplificar las voces disidentes, especialmente las de Olmert y Golan, las instituciones de la Unión Europea y los grandes medios contribuyen a un proceso de reajuste moral que beneficia a sus audiencias en todos sus países. Estas cifras se presentan como evidencia de un sólido debate interno, que este modo refuerza la imagen de Israel como una democracia funcional, capaz de autocrítica y autocorrección, y sugiere que los crímenes contra los palestinos solo comenzaron el 7 de octubre de 2023, en el gobierno de Netanyahu, no antes.
Este planteamiento le permite al público europeo interpretar el genocidio en curso no como producto de una estructura colonial sistémica, sino como una excepción temporal. En esta narrativa, el genocidio se presenta como algo nuevo, y borrado lo que el profesor Ilan Pappé ha descrito como un “genocidio progresivo” perpetrado desde al menos 1948.
Desigualdad epistémica y la marginación de voces palestinas
De forma simultánea, las voces palestinas (periodistas, académicos, sobrevivientes, abogados y defensores de los derechos humanos) siguen marginadas en el discurso europeo.
A pesar del genocidio en curso y la creciente visibilidad de las voces palestinas a través de las redes sociales, sigue siendo cierto lo que el crítico literario palestino Edward Said argumentó en su ensayo “Permiso para narrar” de 1984: las voces israelíes todavía se perciben como más precisas y autoritarias cuando se trata de criticar a Israel y exponer sus crímenes contra los palestinos.
Los periodistas Romana Rubeo y Ramzy Baroud dieron a conocer un ejemplo emblemático de este fenómeno en The Palestine Chronicle: cuando Israel asesinó en el campo de refugiados de Jenin a la icónica periodista palestina Shireen Abu Akleh, su colega Ali al-Samoudi, que presenció el asesinato y resultó herido en el mismo ataque, describió públicamente desde su cama de hospital lo que había sucedido: que no había enfrentamientos armados cercanos, que ambos periodistas llevaban chalecos de prensa claramente marcados y que los disparos vinieron directamente de soldados israelíes, no de ningún fuego cruzado con combatientes de la resistencia palestina.
A pesar de ser el testigo más cercano, su versión fue desestimada. Las autoridades israelíes negaron su responsabilidad, y gran parte de los medios europeos y estadounidenses hicieron lo mismo. Aunque después, investigaciones de organizaciones internacionales y una reticente admisión israelí confirmaron que la versión de al-Samoudi era veraz.
Dar mayor visibilidad y credibilidad a un disidente israelí que a uno palestino que denuncia el mismo suceso refuerza una persistente jerarquía racializada de credibilidad. Esto no solo margina las voces palestinas, sino que también debilita la responsabilidad: si el sufrimiento de los palestinos solo se toma en serio cuando se filtra a través de las voces israelíes, la justicia se retrasa o se niega por completo.
Como resultado, rara vez se le exige responsabilidades a Israel de manera significativa, porque a las propias víctimas no se les considera lo suficientemente creíbles como para desencadenar consecuencias reales.
Reescribir los hechos para contener la culpa
Delegar la responsabilidad de los horrores cometidos en Palestina únicamente a Netanyahu y a unos cuantos más funciona como un mecanismo de defensa psicológica. Al atribuir la culpa a un grupo limitado, las sociedades europeas se distancian de su propia complicidad y preservan una imagen de integridad moral.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el proceso de desnazificación de Alemania se concentró principalmente en enjuiciar a destacados funcionarios nazis. El filósofo Karl Jaspers, en La pregunta sobra la culpa alemana, argumentó que esta atribución selectiva de culpa le permitió a los alemanes reconstruir su identidad nacional sin enfrentar una mayor culpabilidad política y moral que compartían las instituciones y ciudadanos comunes y corrientes.
Jaspers diferenció cuatro tipos de culpa: criminal, política, moral y metafísica. Mientras que la culpa criminal es punible por ley, la culpa política implica la responsabilidad colectiva de una sociedad; la culpa moral se refiere a las fallas éticas personales, y la culpa metafísica implica una falla existencial más profunda para oponerse a la injusticia.
Al limitar la culpa a la responsabilidad penal, Jaspers advirtió que las sociedades corren el riesgo de evitar el reconocimiento ético y permitir así una forma de negación colectiva.
La respuesta actual de Europa al genocidio palestino refleja este mismo patrón. La indignación pública se dirige contra Netanyahu, pero el prolongado apoyo político, económico e institucional a las políticas israelíes permanece sin examinar. Los palestinos están marginados, y se siguen utilizando narrativas falsas, como las que rodean el 7 de octubre de 2023, para desviar la atención y la responsabilidad. Esta culpa selectiva externaliza la culpa y protege a las sociedades europeas de afrontar sus propias funciones.







