Cultura o crueldad: ¿Puede la comunidad internacional detener la mutilación genital femenina?

A teenage girl chose not to undergo FGM and was supported by her family. More and more activists are pushing back on this harmful practice which can cause lifelong distress and medical complications.

Una adolescente en Burkina Faso decidió no someterse a la mutilación genital femenina y recibió el apoyo de su familia. Cada vez más activistas se oponen a esta práctica dañina, que puede provocar complicaciones permanentes. Foto de Wikimedia Commons (licencia: CC BY 2.0).

No tenía una enfermedad. No corría peligro. Nació niña, y eso bastaba.

Hoy, en muchas partes del mundo, ser una niña todavía conlleva uno de los ritos más brutales que se puedan imaginar: la mutilación o ablación genital femenina. Se creía que esta costumbre habría terminado hace décadas. Pero no ha sido así. Es más, todavía se practica y está profundamente arraigada en muchos países.

La mutilación genital femenina es un problema global que ocurre en más de 90 países en África, en el sur, sudeste y oeste de Asia, y en  sus comunidades en todo el mundo.

Según UNICEF, la mayoría de los casos de mutilación genital femenina se concentra en 30 países, principalmente en África, sobre todo en Somalia, Nigeria y Gambia. Le sigue Asia, que suma casos en Medio Oriente, donde millones de niñas aún corren peligro.

La mutilación genital femenina implica extirpar parcial o totalmente los genitales externos femeninos con fines no médicos. En algunos casos, el orificio vaginal se bloquea completamente. Este procedimiento se denomina infibulación y trae consecuencias permanentes.

No aporta ningún beneficio para la salud. Solo daño.

La mutilación genital femenina causa un dolor intenso, trauma y consecuencias permanentes en el cuerpo y la mente de una niña. Internacionalmente, se la reconoce como una importante violación a los derechos humanos. Sin embargo, por tradición, honor y control, se sigue practicando hasta hoy, a menudo en niñas de tan solo cinco años.

Los datos más recientes de UNICEF revelan que más de 230 millones de niñas y mujeres actualmente vivas han sido mutiladas. A pesar de la indignación mundial, las leyes internacionales y los años de lucha, todavía hay millones que corren el mismo peligro, muchas incluso antes de tener la edad suficiente para expresar su opinión. Sigue siendo una crisis.

Como señaló la activista Waris Dirie, «no es justo que exista tanto abuso y el resto del mundo se quede sentado y diga ‘es cultural'». Sus palabras destacan una verdad dolorosa: la tolerancia del mundo en nombre de la tradición permite que continúe este delito contra las niñas.

Aún se lleva a cabo mutilación genital femenina en muchos países, y para detenerla es esencial comprender por qué.

Dónde se mantiene crítica la situación

La mutilación genital femenina existe en todo el mundo, pero es común principalmente en algunos países en los que se relaciona con antiguas tradiciones culturales. A pesar de las prohibiciones legales y las consecuencias para la salud de las que advierten instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS), con frecuencia se considera esta práctica como un ritual iniciático más que un abuso.

En esos lugares, el progreso va lento y la mutilación genital femenina sigue vigente de forma alarmante.

Somalia

La mutilación genital femenina es casi universal en Somalia, afecta a alrededor del 99% de las mujeres de entre 15 y 49 años. Es común la forma más extrema, la infibulación (tipo III). Si bien la Constitución Provisional de 2012 condena la práctica, no existe ninguna ley nacional aplicable en su contra.

La aprobación y aplicación de leyes como esta toman tiempo, en parte por la inestabilidad política y la fragmentación, las tensiones regionales y la debilidad del Gobierno central. Estas condiciones hacen casi imposible legislar consistentemente.

Safiya Abukar Ali conducting an FGM awareness session at the Walalah Biylooley camp in Somalia. Image from Wikimedia Commons. License: CC0

Safiya Abukar Ali dicta una sesión sobre mutilación genital femenina en el campo de Walalah Biylooley, Somalia. Foto de Wikimedia Commons (licencia: CC0).

Guinea y Mali

Guinea tiene una de las mayores tasas de mutilación genital femenina mundo, llega al 97%, seguida de cerca por Mali, con un 89%. En ambos países, suele mutilarse a las niñas con instrumentos no médicos antes de llegar a la edad escolar. Guinea desarrolló una ley que prohíbe el procedimiento, pero su aplicación es deficiente.

En Mali no existe ninguna prohibición nacional y hay quienes se resisten a los intentos por penalizarla. La presión social y las tradiciones fuertemente arraigadas mantienen viva esta práctica.

Gambia

Alrededor del 75% de las niñas de entre 15 y 19 años en Gambia han sido mutiladas, a menudo antes de que lleguen a comprender qué está sucediendo. Otra encuesta indica que el 56% de las niñas de entre 0 y 14 años también han estado sometidas al procedimiento. En 2015, se aprobó una ley que la prohibía, pero un proyecto de ley de 2024 amenaza con revertirla.

Por la fuerza que conservan las creencias y tradiciones, los activistas temen que ese retroceso legal puede deshacer los avances logrados en estos años para proteger a las niñas.

Una violación mayor: derechos denegados, vidas descarriladas

Más allá del sufrimiento físico, la mutilación genital femenina representa una falla mayor del sistema al proteger los derechos de las niñas a la salud, la seguridad y la autonomía. En zonas de alta prevalencia, las niñas mutiladas con frecuencia terminan en matrimonios muy jóvenes, abandonan los estudios y pierden oportunidades sociales y económicas para siempre.

Según la OMS, las consecuencias de la mutilación genital femenina suelen incluir riesgos maternos como parto laborioso, hemorragias posparto y hasta muerte neonatal. Las sobrevivientes tienen mayores probabilidades de abandonar los estudios y menor acceso a la independencia económica.

Como observó Phumzile Mlambo‑Ngcuka, exdirectora ejecutiva de la ONU Mujeres:

FGM is an act that cuts away equality.

La mutilación genital femenina es una práctica que quita la igualdad.

Con esa afirmación, resalta el problema central: la mutilación genital femenina no es solo cultural. Por el contrario, es un medio para instalar estructuras de poder según el género y despojar a las niñas de la autoridad sobre su propio cuerpo.

A pesar de los repetidos compromisos internacionales para eliminar la mutilación genital femenina antes de 2030, su aplicación tiende a ser deficiente. La grieta entre los compromisos diplomáticos y la protección absoluta sigue creciendo y deja a millones de niñas vulnerables, no solo al acto violento, sino también a toda una vida que queda limitada.

Por qué se demora el cambio

En Nigeria y Sierra Leona, la mutilación genital femenina está muy arraigada en la cultura. Se cree que es esencial para conservar la supuesta castidad de una niña, su potencial matrimonial y el honor de la familia. En Nigeria, por ejemplo, se suele practicar la mutilación genital femenina para conseguir aceptación social y un buen matrimonio, aunque la religión no la exija.

Algunas voces locales revelan cuán enraizadas están estas ideas. Una trabajadora social del estado de Cross River explica:

It is a thing of pride and recognition and a sign that the girls who are mutilated have become women.

Es una cuestión de orgullo y reconocimiento, y un signo de que las niñas mutiladas se convirtieron en mujeres.

Por esta mentalidad es muy difícil avanzar. Las consecuencias son devastadoras: los efectos inmediatos, como dolor intenso, hemorragias, conmoción e infecciones se transforman en malestares crónicos, como complicaciones en el parto, infertilidad, enfermedades urinarias, dolor menstrual, trastorno de estrés postraumático, depresión y disfunciones sexuales.

A veces, la práctica llega a tener legitimidad de profesionales médicos. En algunos países, los profesionales de la salud realizan hasta el 25% de las mutilaciones. Pero esta «medicalización» no disminuye el daño a largo plazo. Solo esconde la violencia detrás de un contexto clínico.

Los conflictos y los Gobiernos debilitados retrasan aun más el progreso en Estados como Somalia y Sudán, que atraviesan dificultades internas. Incluso en lugares como la Unión Europea, donde 14 de los 27 Estados miembros prohíben la mutilación genital femenina, la aplicación de leyes es inconsistente. A menudo las familias actúan antes de que las leyes lleguen a proteger a las niñas, lo que demuestra que no es solo un problema en África o Asia, sino también en las comunidades migrantes en todo el mundo.

Signos de esperanza: Dónde el progreso surte efecto

En algunos países, se ven avances reales en la lucha contra este problema tan extendido. En Burkina Faso, la prevalencia de la mutilación genital femenina ha pasado del 75,8% al 56,1%. En Kenia, la tasa entre adolescentes ha decaído bruscamente en la última década. En Etiopía, el número de casos se ha reducido en un 40%.

También están cambiando las posturas: alrededor de dos tercios de la gente en países de alta prevalencia ahora dice estar en contra de esta práctica. Líderes locales, personalidades religiosas y campañas impulsadas por mujeres son claves para este cambio.

A local midwife in Burkina Faso speaks out against FGM in a meeting with her community. Image from Flickr.

Partera local en Burkina Faso se expresa contra la mutilación genital femenina en una charla con su comunidad. Foto de Flickr (licencia: CC BY 2.0).

La mutilación genital femenina no es un suceso único, es una sentencia de por vida. Las niñas viven con las cicatrices emocionales y físicas durante décadas. Muchas sufren en silencio, ya que el estigma, el miedo o la falta de apoyo no les permiten expresarse. A pesar de los años de compromisos internacionales, leyes y lucha, hay demasiadas niñas que siguen expuestas a la mutilación genital femenina, lo que representa el fracaso del compromiso global hacia los derechos de niñas y mujeres. Ya lo advirtió Waris Dirie, sobreviviente de mutilación genital femenina y activista:

Female genital mutilation is still occurring because the world is turning a blind eye to a crime against children.

La mutilación genital femenina sigue ocurriendo porque el mundo hace la vista gorda a un delito contra las niñas.

Sus palabras subrayan la tragedia principal: esto no es cultura, es violencia. Y, sin embargo, por la falta de acción e indiferencia, este abuso continúa sin dificultades.

Pese a las décadas de esfuerzos, el avance es irregular, y el número de sobrevivientes sigue aumentando por el rápido crecimiento de la población en las regiones afectadas.

Para enfrentar de verdad este dañino rito, los países deben implementar soluciones firmes y prácticas que van más allá de simplemente dar a conocer la situación.

Cada año que pasa sin medidas más concretas significa otra generación de niñas que corren peligro en el nombre de la tradición. Para ponerle fin a la mutilación genital femenina hay que invertir en los derechos, la dignidad y el futuro de las niñas. Hay que exigir que nunca más se use la cultura como excusa para lastimar, porque ninguna niña debería sufrir solamente por haber nacido mujer.

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