
Manifestación por el Día de la Nakba en Palestina, Berlín, 2015. Foto de Montecruz Foto en Flickr (CC BY-SA 2.0).
Por la doctora Shahd Qannam
Si preguntas a un palestino si es un «apátrida», la respuesta nunca es simple. Al sistema internacional le encantan sus etiquetas. «Apátrida», «refugiado», «desplazado», «residente», «ciudadano». Cada una está definida con esmero en los tratados, en los informe de Naciones Unidas y en los manuales burocráticos.
Estas etiquetas circulan como moneda corriente en documentos políticos, conferencias e informes de donantes. Son categorías que no son neutrales, sino instrumentos de control; son parte del aparato que perpetúa el desplazamiento forzoso de los palestinos y la negación de sus derechos, más que categorías que reflejan la realidad política, histórica y la experiencia real de nuestra existencia como nación. En verdad, son parte de la maquinaria que crea nuestra condición de apátridas.
Los manuales suelen definir la apatridia como una condición jurídica verificable, determinada por la falta de nacionalidad bajo el marco normativo de un Estado. Sin embargo, para los palestinos, esta condición no es un vacío legal accidental: es la consecuencia directa de un proyecto colonialista que se inició bajo el Mandato británico, que se materializó brutalmente en la Nakba palestina de 1948, que se intensificó con la ocupación de Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental en 1967, y que hoy en día persiste a través de fragmentación territorial y política, expansión ilegal de los asentamientos y denegación sistemática del derecho al retorno.
La “apatridia” palestina no es ni técnica ni incidental. Es estructural, deliberada y mantenida por la manipulación de pasaportes, estatus de residencia y clasificaciones administrativas.
Estados de apatridia
Para los palestinos, las etiquetas se difuminan, se superponen y se quiebran en dislates que dicen menos sobre nosotros que sobre el mundo colonial que las produjo. Estamos presentes en todas las categorías, a veces en varias a la vez: apátridas pero documentados, ciudadanos sin igualdad, residentes sin permanencia, refugiados para la eternidad. Estas etiquetas deberían explicar nuestra situación jurídica, pero en realidad, le quitan sentido a nuestra historia.
Investigadores, conocidos y colegas bienintencionados me han preguntado antes: “¿Te consideras apátrida?”. Y, cada vez, espero un instante antes de responder, no porque no esté segura de qué contestar, sino porque la pregunta en sí misma me parece demasiado superficial con respecto a la verdad. La realidad de ser palestina no puede aprisionarse en un simple “sí” o “no”.
¿Qué significa la palabra “apátrida” cuando eres palestino? ¿Se refiere al habitante de Gaza que vive asediado y bajo un genocidio continuo, cargando un documento de viaje que no le permite cruzar ninguna frontera? ¿O al refugiado palestino en el Líbano a quien se le prohíbe ejercer decenas de profesiones y tener propiedades? ¿O al palestino de Cisjordania que lleva un pasaporte de la autoridad palestina, un documento que dice “Estado de Palestina”, pero que no le garantiza la entrada ni salida de su propia patria sin el permiso de su colonizador?
¿O tal vez se refiera al palestino de Jerusalén que tiene la situación surrealista de “residente permanente” en su propia ciudad, una ficción jurídica que lo trata como extranjero en su lugar de nacimiento, que puede revocarse si vive demasiado tiempo en el extranjero, si trabaja en otro país o incluso si se casa fuera de la ciudad? ¿O podría ser el palestino de Jordania que tiene un pasaporte temporal, un documento que le permite traspasar la frontera pero que no le concede derechos políticos en el lugar que lo expidió, un limbo disfrazado de nacionalidad?
Y luego están los palestinos que tienen la ciudadanía israelí. Ciudadanos, sí, pero del Estado que desplazó a sus antepasados por la fuerza y que aún sigue discriminándolos. Su ciudadanía no es una garantía de igualdad, sino el recordatorio constante de que viven bajo un sistema al que deben rendir cuentas y que los cataloga con un rango menor.
Por último, los palestinos en el exilio con pasaportes extranjeros. Viven en la paradoja de tener todos los documentos, pero están desplazados por la fuerza. Puede que sean “apátridas” solo en el sentido político, y que sus documentos les abran todas las fronteras, salvo las que les permitirían volver a casa.
Los límites de los marcos jurídicos
Cada una de estas realidades tiene su propio nombre jurídico, pero todas apuntan al mismo sistema deliberado que nos fragmenta como nación, restringe nuestros movimientos y dirige sus ataques a nuestra iniciativa nacional. En el lenguaje del derecho internacional, la apatridia es un defecto, un vacío legal que debe subsanarse con la documentación adecuada. En el lenguaje de la historia palestina, es una herramienta política, una condición impuesta que sirve a los intereses coloniales, militares y geopolíticos.
El derecho internacional, tal como se aplica, puede reconocer el hecho de nuestra “apatridia”, pero rara vez su causa. Nuestra condición de apátridas, nuestra condición de refugiados, nuestras residencias revocables, nuestros pasaportes temporales, nuestras ciudadanías de segunda clase, nada de esto es un accidente de la historia o del derecho. Son productos deliberados del colonialismo de asentamiento, diseñados para mantener una agenda política imperialista a expensas de las personas y las tierras que ocupan ilegalmente.
Entonces, si alguien me pregunta si soy “apátrida”, mi respuesta siempre será “soy palestina”. Esa es la única identidad política que me importa. No es una declaración romántica ni un gesto simbólico, sino que es la única descripción precisa de nuestra realidad política e histórica. El mundo tal vez insista en juzgarme por los documentos que tengo, pero estos jamás han determinado quién soy. Por eso, es fundamental recordarles a todos que cada uno de los papeles que portamos, cada posición que ocupamos es provisional, condicional y, a menudo, revocable. Solo la afirmación de nuestra identidad como palestinos resiste estas manipulaciones.
Comprendo la necesidad de utilizar la palabra estratégicamente. El sistema internacional se guía por categorías. La apatridia se reconoce, se documenta, se contabiliza. Se puede invocar en reclamos legales y en resoluciones de Naciones Unidas. Sin embargo, usarla tiene un costo. Nos obliga a traducir nuestra lucha al lenguaje de las víctimas, y cambiar lo político por lo administrativo.
La experiencia palestina expone los límites de los marcos jurídicos internacionales. Los instrumentos jurídicos nos clasifican, nos rastrean, nos documentan, pero no logran desmantelar los sistemas que han producido nuestra “apatridia”. El artículo 1 de la Convención sobre el Estatuto de los Apátridas de 1954 puede reconocernos formalmente como “apátridas”, aunque ignora el despojo político que alimenta nuestra marginalidad.
Se considera que los pasaportes temporales, las residencias permanentes o el registro en la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo) son una solución, pero no es así. Son formas de contención y mecanismos creados por las instituciones para controlar una población cuya destrucción siguen facilitando. Una nación cuya mera existencia enfrenta el orden colonialista.
Si vamos a utilizar este lenguaje, debe ser en nuestros propios términos. Para nosotros, la apatridia no es solo la falta de nacionalidad. Es la cara legal de un delito político. Es el puesto de control que se interpone entre una madre y la escuela de su hijo. Es el asedio que convierte el mar Mediterráneo en un muro. Es el sello del burócrata que decide si puedes asistir al funeral de tu padre. Sobre todo, es la negativa a dejarnos vivir como nación en nuestra patria, la que nos fue arrebatada por la fuerza.
Soy palestina
Entonces, ¿qué significa para mí la apatridia? Significa llevar mi identidad en la memoria, en las historias familiares, en la obstinada e incesante negativa a olvidar. Significa saber que los papeles que llevo en el bolsillo no son mi libertad. Significa pertenecer a una geografía que ha sido fragmentada en el mapa, pero que sigue existiendo y siempre estará entera en nuestra conciencia colectiva nacional.
Termino con un poema que escribí en enero de 2024, luego de que funcionarios israelíes nos llamaron “hijos de la oscuridad”, al comienzo del actual genocidio contra los palestinos en Gaza. Titulé mi poema Hija de la oscuridad como recordatorio de que ninguna etiqueta, ninguna definición legal, ninguna categoría internacional jamás importará más que la verdad que llevamos dentro: “Somos palestinos”. Esto es lo único absoluto, todo lo demás es temporal.
Soy una hija de la oscuridad,
un animal humano,
una incivilizada.
Soy una hija de la oscuridad,
una refugiada de tercera generación,
una apátrida.
Mi piel es morena.
Mi pasaporte, un testimonio inquietante
de mi viaje entre las sombras
de la apatridia,
de la otredad,
del exilio.
Mi legado de nacimiento: el desplazamiento forzoso y el despojo.
Mis raíces: entrelazadas con el colonialismo, el racismo y la iniquidad.
Mi lucha: por la sobrevivencia, por la dignidad, comenzó mucho antes de que yo existiese.
Soy una hija de la oscuridad.
Pero los estereotipos coloniales nunca, jamás, podrán determinar quién soy
ni definir a mi pueblo.
Quizás no tengamos voz frente a quienes buscan apagarnos.
Quizás seamos invisibles para quienes nos pintan en una esquina.
Quizás seamos impotentes ante quienes solo ven fuerza en la opresión.
Pero jamás nos someteremos a sus reyes.
Jamás nos amarrarán sus cadenas.
Somos los que proclamamos nuestra verdad.
“Yousef, mi hijo de siete años, melena rizada, piel clara y guapo”.
«يوسف ابني عمره ٧ سنين شعره كيرلي وأبيضاني وحلو»
“Esta es mi madre; la reconozco por su cabello”.
«هاي أمي بعرفها من شعرها»
“Mis hijos murieron antes de que pudieran comer”.
«أولادي ماتوا بدون ما ياكلوا»
“El alma de mi alma”.
«هادي روح الروح»
“Mis tres hijos, por favor, búsquenlos. Tal vez pueda encontrar a uno con vida”.
«أولادي ثلاثة يا عالم دوروا بلكي بلاقي واحد عايش»
“Vengan a mí en sueños. ¡Dios, cuánto los extraño!”.
«تعالولي في المنام، والله بشتاقلكم»
“Estaba organizándole una fiesta de cumpleaños”.
«كنت ناوي اعملها عيد ميلاد»
Somos 2,3 millones en Gaza.
Somos 14 millones en el mundo.
Cada uno de nosotros es una historia, varias historias, galaxias, el universo.
Los horrores que soportamos superan vidas enteras, desbordan las fronteras de la imaginación.
Pero seguimos siendo.
No soy poeta
ni escritora.
Soy un ser humano abrumado por la ira y el dolor, que busca refugio en el frágil arte de traducir estas emociones en palabras.
Los ecos de la injusticia se han convertido en mi pluma, y los gritos de los apátridas, mi tinta.
Mi historia,
nuestra historia,
la historia palestina
no es una de derrota.
Es la historia del triunfo contra toda adversidad.
Déjame contarte la historia de Hind Rajab.
La inocente flor a la que cortaron antes de su hora.
Refaat Alareer escribió: “Si yo debo morir,
tú debes vivir”.
Y por eso nos levantamos de las cenizas de la opresión.
Nuestra historia se escribirá en los anales de la justicia.
A mí no, a nosotros no, a los palestinos no
nos definen las heridas que nos han infligido,
sino el valor con el que las superamos.
A medida que los ecos de mis palabras se extinguen en el silencio,
recuerda esto:
cuando el mundo se atreva a referirse a nosotros como
incivilizados
animales humanos
hijos de la oscuridad,
recuerda esto
En el interior de esta hija de la oscuridad, el olivo sigue arraigándose en lo más profundo del corazón.
En el interior de esta hija de la oscuridad, las palmas de la mano se aferran a las llaves de los hogares robados.
En el interior de esta hija de la oscuridad,
la memoria nos lleva sobre piedra y cielo.







