¿Por qué debe importarte Palestina?

Palestine solidarity demonstration, London, May 15, 2021. Photo by Socialist Appeal on Flickr (CC BY 2.0).

Manifestación de solidaridad por Palestina. Londres, 15 de mayo de 2021. Foto de Socialist Appeal en Flickr (CC BY 2.0).

Este artículo colectivo, producido en colaboración con el Instituto de Apatridia e Inclusión, consulta a personas con diferentes luchas por qué les interesa Palestina y revela un factor común de solidaridad contra la apatridia, la opresión y la violencia colonial.

Areej al-Shammiry, Movimiento Global contra la Apatridia

Mi primera marcha fue por Palestina durante la Segunda Intifada. Estaba en cuarto grado [tenía aproximadamente 10 años] en Kuwait, y canté junto a cientos de estudiantes en el patio de la escuela: “بالروح، بالدم، نفديك يا فلسطين” (con nuestras almas y sangre, nos sacrificamos por ti, oh Palestina”).

En ese entonces, no entendía por completo lo que estaba sucediendo, pero recuerdo la imagen de Mohammad Al-Durrah de 12 años, asesinado en televisión en vivo, y observar a los palestinos resistir los tanques israelíes con piedras. Entendí algo: estaban invadiendo Palestina e Israel era el invasor. Este hecho fue suficiente para saber mi posición. De niña, por supuesto, no tenía poder, pero cantar todos juntos en el patio de la escuela era nuestra única manera de expresar solidaridad.

Mi conciencia política por Palestina creció junto con la conciencia por mi propia apatridia. Aunque no sean idénticas, nuestras luchas comparten condiciones de desahucio, marginación, eliminación y negación de derechos. Como vengo de una región que ha sido colonizada, dividida y plagada por guerras subsidiarias para mantener la hegemonía global estadounidense, conozco perfectamente las raíces coloniales de nuestras luchas.

Los palestinos representan uno de los casos más largos y grandes de apatridia del mundo. Sin embargo, Palestina muchas veces ha quedado al margen de las discusiones sobre la apatridia. Quizás porque revelan los límites de los refugiados internacionales y de los regímenes de derechos humanos, que se centran en adquirir ciudadanía en vez de los derechos colectivos o de autodeterminación. Palestina demuestra que la apatridia no es una anomalía legal, sino que está relacionada con la violencia colonial, las fronteras militarizadas y la complicidad global.

Desde hace casi dos años, se transmite en vivo el genocidio que Israel ha emprendido en Gaza, que marca un Nakba continuo que derivó en desplazarlos y hacerlos apátridas, Palestina ha expuesto las formas más extremas de violencia estatal para facilitar el colonialismo de asentamiento, el genocidio y la limpieza étnica, lo que priva a los palestinos de su derecho a la autodeterminación, la nacionalidad y el derecho al retorno. Hablar sobre la apatridia de los palestinos requiere mencionar la violencia estructural del colonialismo de asentamiento, el desplazamiento forzado y el genocidio.

La resistencia palestina a esta violencia estructural ha desatado la solidaridad global: pueblos nativos que enfrentan el colonialismo de asentamiento, luchas por la liberación negra, y otras luchas en Asia occidental y en el norte de África, al igual que en el resto del mundo. Los movimientos como boicot, desinversión y sanciones (BDS) muestran que la acción colectiva puede traspasar fronteras cuando los Gobiernos no hacen responsable a Israel, o peor, son cómplices.

Así, Palestina se presenta como un crudo ejemplo de injusticia global y una inspiración de resistencia. Para las comunidades marginalizadas y apátridas, la lucha palestina nos deja muchas enseñanzas: reivindicar la acción política por encima de la victimización, generar solidaridad como sobrevivencia y enfrentar al poder con la verdad a pesar de la represión. Para quienes lidian con la apatridia, es también un llamado a reflexionar sobre nuestros propios fracasos y comprometerse a hacer las cosas de manera distinta. Debemos tomar en serio estas enseñanzas si queremos formar un futuro donde no haya lugar para la violencia.

Sihle Nxumalo, activista sudafricano

El impacto por la continua violencia, destrucción y discriminación sistémica hacia el pueblo palestino tendrá consecuencias a largo plazo que afectarán a múltiples generaciones en el futuro. El apartheid sudafricano “acabó” en 1994, pero el resultado, el trauma y el legado aún permanecen hasta hoy, incluida la discriminación constante de los colonizadores blancos contra la población nativa de Sudáfrica.

Podemos marcar claras semejanzas entre las antiguas políticas  de apartheid sudafricanas y las prácticas discriminatorias de Israel contra los palestinos. Israel ha creado un brutal estado de apartheid en el que los derechos de los palestinos se eliminan sistemáticamente a favor de los colonizadores ilegales: las políticas de segregación física, el desplazamiento forzado y el embargo ilegal de tierras repiten el mismo trato que se dio a las personas negras en Sudáfrica.

Los resultados de estas prácticas son visibles hasta el día de hoy, muchas personas negras siguen viviendo en chozas de lata dentro de comunidades congestionadas. Las personas blancas en Sudáfrica, que solo conforman cerca del 10% de la población, actualmente aún son dueñas de cerca del 70% de la tierra, incluso después de 30 años de “democracia”. Sudáfrica es conocida por tener la sociedad más desigual del mundo, con graves disparidades económicas que persisten en el país.

El legado del apartheid aún afecta a la población negra de hoy con altas tasas de desempleo, recursos limitados, desigualdad de oportunidades y malas condiciones de vida. La próxima generación de palestinos, desafortunadamente, heredará una carga intergeneracional de trauma generalizado y destrucción, que pesará mucho en su bienestar físico y emocional.

Para acabar con el apartheid en Sudáfrica, se requirió una revuelta interna en masiva, además de apoyo masivo y condena de la comunidad internacional. Esta presión forzó al Gobierno sudafricano a reconsiderar sus políticas e ir a la mesa de negociaciones para abrir camino a un país libre y democrático para todos sus ciudadanos.

La respuesta global a la discriminación y al genocidio en Palestina es extremadamente inadecuada. Se necesita desesperadamente el mismo apoyo y solidaridad global que Sudáfrica recibió para presionar a los poderes globales a hacer algo tangible, incluidas sanciones económicas legítimas y un alto inmediato a la venta de armas a Israel.

Es evidente por el caso de Sudáfrica que acabar con la violencia y la discriminación es solo el primer paso hacia un largo y tormentoso camino a la libertad.

Palestina libre.

Aleksandra Semeriak Gavrilenok, ex no ciudadana de Letonia

Al crecer apátrida, como no ciudadana de Letonia, entendí a una temprana edad lo que significa cuando los derechos solo existen en papel, solo para aquellos considerados como idóneos, solo para aquellos que pertenecen por su etnicidad y no por nacimiento. Ya más grande, aprendí que esta exclusión no era accidental, sino que se establece y mantiene deliberadamente por injustas dinámicas de poder y por actores estatales que se sienten con la autoridad de ignorar el estado de derecho.

La apatridia despoja a las personas del sentir de pertenencia, el poder social y político, acceso a la justicia e incluso al reconocimiento de su existencia. Pero, como ser humano, tengo el derecho a existir. Por eso es que Palestina me interesa.

En España, también he visto la lucha del pueblo saharaui. Por décadas, los saharauis han sido desplazados de manera forzada, y se les ha negado sus derechos a la nacionalidad y a la autodeterminación. En Palestina y Sahara occidental, la apatridia se ve violentamente agravada por la colonización y la deshumanización sistemática; esto revela lo ineficaz e indiferente que se ha convertido el orden internacional.

Sí, los mecanismos internacionales existen, pero se han vuelto inútiles. En lugar de acciones para evitar violaciones a los derechos humanos y hacer responsables a los opresores, desafortunadamente, las resoluciones de la Naciones Unidas se han convertido en algo parecido a cartas de condolencias. Aun así, como alguien que aún cree en la promesa de su fundación “a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, quiero mantener la esperanza de que la justicia prevalecerá. Es por esto que Palestina me interesa.

He tenido la suerte de conocer, en Europa y alrededor del mundo, a una comunidad muy diversa y aún así unida que ha vivido la apatridia. Sus historias, hermosas y a la vez dolorosas, me han enseñado más sobre las múltiples capas de discriminación y de luchas interseccionales. Vi personas apátridas, con pocos recursos, que aún así desafiaban y cambiaban el sistema. Eso me hizo enfrentar una realidad: la justicia, el reconocimiento y la igualdad de derechos no vienen solo de las instituciones, sino desde la solidaridad entre todos nosotros. Como alguien que fue apátrida, expreso mi solidaridad hacia quienes han sido impactados por la apatridia. Es por eso que me interesa Palestina.

Bueno, me han preguntado por qué Palestina me interesa, pero ¿por qué no te interesa a ti?

Fawzi Abdul Fayaz, activista rohinyá

Palestina me interesa profundamente porque la lucha de su pueblo resuena profundamente con la de mi propia comunidad, los rohinyás. Palestinos y rohinyás han aguantado décadas de persecución sistemática, desahucio y desplazamiento. Nos unen nuestras experiencias en común de exilio, y también la constante eliminación de nuestras identidades a través de la violencia estatal y de delitos atroces. Palestina no es solo “su” lucha, es también un espejo de la nuestra. Ciertamente, a Arakan —la tierra natal de los rohinyás— a menudo se le describe como la “Palestina del Oriente” por las sorprendentes semejanzas de las tragedias de nuestro pueblo por desplazamiento forzado y genocidio.

A los rohinyás se les suele describir como “el pueblo más perseguido del mundo”. La ley birmana de 1982 nos ha privado de nuestra ciudadanía, nos han negado nuestros derechos básicos y sometido a olas de campañas militares, y hemos enfrentado un continuo genocidio. Las atrocidades de 2017 —asesinatos en masa, violencia sexual sistemática y la quema de cientos de aldeas— forzaron a más de 700,000 rohinyás a escapar hacia Bangladesh. Hoy, la mayoría de los niños rohinyás han nacido en el exilio, en campos de refugiados superpoblados como Cox’s Bazar, sin siquiera poner un pie en nuestra tierra ancestral de Arakan. Y, aún así, como los palestinos, nuestro vínculo con nuestra tierra natal permanece inquebrantable.

Nacer y crecer en el exilio es heredar la pérdida y la resiliencia. Nuestros padres y personas mayores pasan de generación en generación historias de nuestras aldeas, nuestro idioma y nuestras tradiciones, con lo que aseguran que nuestra identidad sobreviva a los intentos de borrarnos. Esta memoria intergeneracional es más que nostalgia, es resistencia. Tal como los palestinos conservan sus leyendas, sus canciones y las historias orales, los rohinyás conservamos nuestra cultura y nombre como un acto de resistencia contra el genocidio.

Esta resistente conexión a nuestra tierra natal da forma a nuestra identidad, memoria y resistencia. Nos recuerda que el desplazamiento no hace desaparecer la pertenencia, lo refuerza. Ser rohinyá o palestino en el exilio es ser un ejemplo de rehusarse a ser olvidado, cargar el dolor del desahucio y la firme esperanza de justicia y retorno.

Abdul Kalam Azad, activista escolar trabajando con la comunidad miya en Assam, India

Palestina me interesa porque soy un ser humano. Los seres humanos están programados por naturaleza para sentir empatía cuando ven el genocidio de otros seres humanos que se transmite en directo por casi dos años.

No soy solo yo, estoy seguro de que millones alrededor del mundo ven la situación de Palestina como una fuente de horror sin fin. A menudo siento que la mayoría del mundo comparte la misma sensación de impotencia al ver esta actitud de intimidación de poderes coloniales e imperiales.

Como activista escolar que trabaja en la comunidad miya en Assam, India, la situación en Palestina ha influido en cómo pienso y trabajo hoy en día. Alguna vez tuve fe en el orden mundial, con leyes internacionales y gobernanza global establecidas, y creí que otro genocidio nunca sería posible.

Creí genuinamente que las injusticias cometidas contra los marginados, incluidos los miembros de mi propia comunidad, podrían frenarse si sus historias se contaran al mundo, si nuestros amigos y aliados se organizaran, y formaran una opinión global, nos ayudaría a convencer a nuestros Gobiernos nacionales de defender la constitución diligentemente y de proteger los derechos de nuestros conciudadanos. La situación actual en Palestina ha destruido esta esperanza.

Hoy, miembros de mi comunidad están sometidos a violencia estructural y física. Somos millones que nos hemos convertido en apátridas por leyes, políticas y prácticas discriminatorias. Cientos de miles de nuestros hogares han sido demolidos, muchos están languideciendo en campos de detención o son deportadas de manera forzada a punta de pistola hacia otros países. Cada aspecto de nuestras vidas —sustento, comida, refugio, movilización, religión y cultura— está en control y vigilancia constante. Ni siquiera se puede formar una opinión propia, casi nadie está autorizado a hablar sobre estas injusticias.

Al contar esto, no trato de hacer un paralelismo con el sufrimiento de nuestros hermanos palestinos. Lo que trato de hacer es enfatizar el colapso del orden mundial, la extrema erosión del compás moral de los poderes coloniales e imperiales y la desesperanza resultante, que contribuye a la injusticia perpetua en todo el globo.

Es por eso que detener el genocidio ahora no es solo por la libertad de los palestinos, sino también por mantener la fe en la lucha contra la injusticia.

Observaciones finales: Lubnah Shomali, activista por los derechos humanos de los palestinos y administrador de la unidad de apoyo en BADIL Centro de Recursos para la Residencia Palestina y los Derechos de los Refugiados

El régimen de apartheid colonial israelí ha perpetuado casi dos años de genocidio en la Franja de Gaza a la vez que revela por completo sus intenciones y planes de eliminar a lo que queda de palestinos en la histórica Palestina.

Y, aún así, los Estados no solo no actúan, sino que son cómplices del genocidio, desplazamiento, colonización y apartheid. La lucha de los palestinos por la liberación ha expuesto esta complicidad, inacción, fracaso y sabotaje al orden internacional legal.

Lo que los palestinos han estado enfrentando y viviendo no es nuevo ni exclusivo, como indican las palabras anteriores. La realidad es que las políticas y las prácticas coloniales se han impuesto en muchas otras partes del mundo, incluida la manipulación del orden internacional legal para servir a la agenda política y económica de los Estados coloniales occidentales.

Es por esto que la lucha de los palestinos por la liberación se extiende más allá de los palestinos y de nuestra tierra natal de Palestina histórica, resuena entre mucha gente oprimida y grupos alrededor del mundo cuyos derechos y libertades han sido negados y transgredidos para promover las agendas coloniales.

La lucha de los palestinos por la liberación reafirma lo que se ha demostrado históricamente y lo que se conoce actualmente: la lucha por la liberación, los derechos humanos básicos, las libertades y la justicia requiere más que promesas vacías y condenas, acuerdos frustrados y gestos simbólicos.

Nuestra lucha por la liberación requiere que los Estados cumplan sus obligaciones para proteger a los indefensos, impongan sanciones completas contra los perpetradores de crímenes internacionales para hacerlos responsables y mantener el orden internacional legal.

También sabemos que los Estados no lo harán por propia voluntad, especialmente si estas acciones son perjudiciales para sus planes coloniales. Por lo tanto, se vuelve el deber del oprimido resistir y el de nuestros aliados entregar solidaridad. Juntos, a través de aumentar acciones directas que interrumpen la situación colonial, todos seremos libres.

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