La huella estéril de la transición verde

Illustration of story on 'green transition’s barren footprint' showing bare mountains, a flamingo and a pair of eye glasses. Image by Liz Carrigan and Safa, with visual elements from Alessandro Cripsta, used with permission.

Imagen de Liz Carrigan y Safa, con elementos visuales de Alessandro Cripsta, utilizada con autorización.

Este artículo de Liz Carrigan se escribió para la serie ‘Digitized Divides’ y se publicó originalmente en TacticalTech. Global Voices reproduce una versión editada en virtud de un acuerdo de colaboración.

El cambio climático ha sido documentado por científicos de una forma u otra durante siglos. Ya a principios del siglo XIX, el físico francés Joseph Fourier sostuvo que las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por el ser humano podían alterar el clima. Desde las primeras afirmaciones de Fourier, los científicos han ampliado su trabajo en los últimos 200 años, a medida que la situación climática de la Tierra se ha vuelto más grave y urgente. Sin embargo, el efecto invernadero en particular, no ha sido refutado. Los investigadores del informe Estado del clima 2024 advirtieron: “Estamos al borde de un desastre climático irreversible. Esta es una emergencia global sin lugar a dudas. Gran parte del tejido mismo de la vida en la Tierra está en peligro. Estamos entrando en una fase crítica e impredecible de la crisis climática”.

Para mitigar el creciente impacto del cambio climático, es crucial reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto requiere una transformación en la producción de energía, alejarse de los combustibles fósiles y adoptar fuentes sostenibles. Se ha determinado que las baterías de iones de litio son fundamentales en la transformación hacia la “energía verde”, ya que ayudan a reducir las emisiones en el sector del transporte y de energía. La minería desempeña un papel vital en esta transición hacia las energías renovables, pues brinda materias primas para diversas tecnologías, desde baterías para dispositivos hasta vehículos eléctricos. Se considera que China lidera indiscutiblemente la minería de minerales raros, sector que incluso ha pasado de extracción terrestre a la minería en aguas profundas.

Si bien la razón más urgente para la transición hacia las energías renovables es la supervivencia de todas las especies del planeta, también existe una dimensión económica. Ante el aumento de los conflictos bélicos y la baja inversión del sector privado, países como Alemania han entrado en recesión. La aceleración de la transición energética renovable es, en parte, un intento de enfrentar estas crisis económicas. Como el cobre, el litio es otro mineral fundamental para dejar de lado una economía basada en combustibles fósiles.

Extraer litio… y tierra

La distinción entre los sectores de energía tradicional y renovable aún no está claramente definida. Aunque existe gran variación entre productores, la extracción de minerales sigue dependiendo de los combustibles fósiles, especialmente pues los yacimientos se encuentran en lugares cada vez más remotos y profundos. Como destaca Martín Arboleda en Planetary Mine, la minería continúa dependiendo en gran medida de fuentes de energía tradicionales, dependencia que se prevé que aumentará. Un informe de Naciones Unidas de 2024 predice que la minería global de materias primas aumentará en un 60% para 2060. Para dar una idea de los requerimientos materiales de los autos eléctricos, el mismo informe sugiere que estos vehículos requieren entre seis y diez veces más minerales que los motores de combustión.

No es casualidad que la mayor parte de la producción mundial de litio, excepto en Australia y Portugal, se lleve a cabo en países en desarrollo. Latinoamérica tiene una larga historia de extracción de recursos. Más del 80% de los proyectos de litio y más de la mitad de los proyectos de cobre, zinc y níquel están ubicados en tierras de pueblos indígenas, por lo que es fundamental considerar los derechos humanos en el contexto de la transición “verde”.

Durante más de una década, el Centro de Recursos sobre Empresas y Derechos Humanos registró más de 600 presuntos abusos de derechos humanos directamente vinculados a la extracción de materiales para la transición energética, la mayoría ocurridos en África, Centro y Sudamérica. Los investigadores escribieron que “a pesar de su presentación, el lenguaje de la transición verde también se está utilizando para ocultar y “maquillar con tintes ecológicos” un militarismo intensificado, incluso en las fronteras de Europa, con los llamados materiales críticos ‘verdes’ terminando por satisfacer las necesidades de la creciente industria armamentística y de seguridad”, Al igual que el sector de energía tradicional, la minería de materiales para energías renovables no está libre de violaciones a los derechos humanos ni de problemas ambientales. Aunque la mayoría puede identificar los daños sociales y ambientales de los combustibles fósiles (tanto en el lugar de extracción como en el de combustión), existe una preocupación creciente por la minería de materiales para energías renovables.

En el norte de Chile está el salar de Atacama, delicado ecosistema desértico que alberga especies únicas que no hay en ningún otro lugar del planeta, un verdadero punto caliente de biodiversidad. Comunidades indígenas, como el pueblo lickanantay, han habitado Atacama por más de 11,000 años. Chile es el segundo mayor productor de litio del mundo. En particular, en el salar de Atacama, la extracción de litio, con su enorme demanda de agua, está transformando profundamente el paisaje. Se extrae salmuera desde el subsuelo del desierto junto con agua dulce, lo que ejerce creciente presión sobre los salares y el frágil ecosistema.

Con el tiempo, las comunidades locales han sido testigos del impacto que esta extracción ha provocado, y ahora las imágenes satelitales revelan un paisaje que se está hundiendo. Aunque los desiertos suelen representarse como lugares áridos y sin agua, este recurso no solo es esencial para la sobrevivencia de los habitantes y del entorno, sino que también está profundamente entrelazado con la vida cultural y espiritual del pueblo lickanantay. “Es la riqueza de la cultura y el espíritu comunitario lo que está desapareciendo. Ya no es como antes, y nunca volverá a ser como era. Ya no veo un futuro tan prometedor”, dijo un miembro de la comunidad indígena de 72 años. Las preocupaciones sobre el reparto de los recursos naturales incluso llevaron a los chilenos a replantearse su modelo económico, lo que derivó en un referéndum nacional sobre si este tema debía incluirse en la Constitución.

¿Es realmente posible una utopía tecnológica inmaterial?

Así como la inteligencia artificial y otras tecnologías digitales se presentan como inmateriales, el volumen y la escala de la minería necesaria para la transición hacia energías renovables —y su impacto ambiental— suelen minimizarse o quedar eclipsados por el entusiasmo y las promesas de sostenibilidad, sin prestar atención a quién se beneficia y quién sale perjudicado. Las personas con múltiples dispositivos electrónicos y conducen autos eléctricos pertenecen a un grupo muy distinto al de las comunidades que viven (o vivían) en las zonas donde están las minas.

Cuando se trata del producto final, los beneficios de estas tecnologías están lejos de distribuirse equitativamente. Las comunidades que viven cerca de las minas suelen llevarse la peor parte de la contaminación, la degradación ambiental y la inestabilidad económica provocada por los ciclos de auge y caída, mientras que los usuarios finales y los propietarios disfrutan de las ganancias económicas y ambientales. En 2025, una represa que contenía desechos ácidos de una mina de cobre de propiedad china en Zambia colapsó, con consecuencias desastrosas. El arroyo, que conecta con un importante río que abastece de agua a cinco millones de personas, quedó contaminado; y murió la fauna local, que incluía peces y aves. La minería de níquel en Indonesia ha dejado a las comunidades locales en Bahodopi luchando por subsistir y enfrentando infecciones respiratorias generalizadas. La declaración de Human Rights Watch para la COP26 destaca que la minería de litio suele estar vinculada a la destrucción ambiental, la contaminación del agua dulce y la pérdida de medios de vida para las comunidades locales: “Una economía de energía verdaderamente limpia, justa y equitativa requerirá […] que la transición hacia la energía limpia no reproduzca los mismos sistemas que busca reemplazar y que ayude a generar soluciones climáticas que prioricen a las comunidades, los trabajadores y el ambiente”.

De manera similar, en otra publicación de Human Rights Watch titulada “Si los autos eléctricos son el futuro, hagámoslos de forma responsable”, el investigador Jim Wormington pide regulaciones más estrictas para evitar abusos a los derechos humanos, como el desplazamiento de comunidades y el daño ambiental en regiones ricas en litio. “Las empresas automotrices deberían estar obligadas a rastrear y dar a conocer minas y refinerías en su cadena de suministro, hacer y revisar evaluaciones rigurosas e independientes sobre el respeto a los derechos humanos y al ambiente en esas instalaciones, y asegurarse de tomar medidas correctivas frente a los abusos”.

Estos ejemplos subrayan una preocupante tendencia global: mientras la extracción de recursos impulsa el progreso tecnológico y genera ganancias para actores lejanos, la carga recae de forma desproporcionada sobre quienes viven más cerca de las minas.

Para complicar aún más las cosas, no solo la fase de producción de los autos eléctricos genera altas emisiones, sino que empresas como Tesla obtienen ganancias por vender créditos de emisiones de carbono. Los incentivos regulatorios permiten que compañías como Tesla adquieran y vendan créditos de compensación que reciben pero no necesitan. En teoría, las compensaciones de carbono son una forma de “compensar” las emisiones generadas por una actividad (como volar) con compra de créditos para reducir emisiones en otro lugar. Sin embargo, se ha demostrado que muchos de estos proyectos de compensación “climáticamente positivos” han desplazado a pueblos indígenas de sus tierras. “El 41% de la superficie de Camboya esta catalogado como zona protegida, pero el país presenta una de las mayores tasas de deforestación del mundo, lo que muestra que las zonas protegidas que no son gestionadas por las comunidades no benefician ni a las personas ni a la naturaleza”.

Estas iniciativas suelen presentarse como iniciativas de “conservación”, y suelen apoyarse en narrativas que describen algunas tierras como vacías o “escasamente pobladas”, lo que justifica usarlas para proyectos de energía “verde” mientras se ignoran las comunidades, culturas y ecosistemas que ya existen en esos lugares. La realidad de los minerales de tierras raras y los métodos utilizados para extraerlos deja huellas estériles masivas que nuestro planeta tal vez no podría recuperar.

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