
Destrucción en Gaza. Foto de Jaber Jehad Badwan en Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
Por Masum Mahbub
Finalmente, se firmó un alto al fuego. Las organizaciones humanitarias han aumentado las operaciones para atender a las familias que enfrentan hambruna tras dos años de incesantes bombardeos y bloqueo. El mundo dirige su atención a la reconstrucción.
Pero la destrucción de Gaza no es solo una tragedia humanitaria. Ha desencadenado uno de los desastres ambientales más graves del siglo XXI. Los dos años de constantes bombardeos han demolido vecindarios, envenenado el suelo y contaminado el agua y el aire. Mientras el mundo se moviliza para reconstruir, debemos entender que el desafío que enfrentamos no es solo humanitario o político.
Como líder de una organización que ha trabajado durante décadas en el nexo entre la respuesta a emergencias humanitarias y el cambio climático, he visto que el deterioro ambiental puede perjudicar a una comunidad. Sin embargo, lo que estamos viendo en Gaza es algo completamente diferente. No es simplemente el daño colateral de una guerra; es la destrucción deliberada y sistemática de todo un entorno.
Esto es ecocidio, empleado como arma para hacer que una tierra se vuelva inhabitable y hacer que el futuro para una sociedad palestina autosuficiente sea algo imposible.
Destrucción sistemática
En la última década, los palestinos habían hecho notables avances en la resiliencia climática en Gaza pese al sofocante bloqueo. Gaza ha elaborado una de las mayores concentraciones de paneles solares en el mundo, una solución fundamental para la crisis de energía de manufactura. Se han implementado planes para gestionar la escasez de agua y adaptarse a un clima que se vuelve más caluroso. Estas iniciativas mostraban su perseverancia, pero la campaña militar israelí ha destruido sistemáticamente este progreso.
Esto no son actos de guerra aleatorios. La aniquilación de casi el 70% del terreno agrícola de Gaza, la destrucción de antiguos olivares, de tuberías de agua y de las cinco plantas de tratamiento de aguas residuales son ataques calculados contra los cimientos de la vida.
Cuando las fuerzas israelís bombean agua de mar en los túneles subterráneos, se arriesgan al envenenamiento salino permanente del único acuífero significativo de Gaza, la principal fuente de agua potable para más de dos millones de personas. Cuando las bombas apuntan a los paneles solares en los tejados, cortan el sustento de electricidad independiente en casas y hospitales.
Hecho monumental relacionado con el carbono
El daño ambiental trasciende las fronteras de Gaza, crea una huella de carbono con consecuencias globales. Solamente en los primeros 60 días, el conflicto generó una cantidad estimada de 281,000 toneladas métricas de CO2, superior a la huella de carbono anual de más de los 20 países más vulnerables al cambio climático combinados.
Más del 99% de estas emisiones se atribuyen a operaciones aéreas y terrestres de Israel. Y el costo climático continuará mucho después de que caiga la última bomba.
Se prevé que la reconstrucción de Gaza sea un evento monumental en términos de emisiones de carbono. Reconstruir los 100,000 edificios destruidos podría liberar 30 millones de toneladas de CO2 adicionales, a la par con las emisiones anuales de países como Nueva Zelanda.
La hambruna en Gaza es una consecuencia directa de este conflicto ambiental. La inanición no es un resultado colateral del conflicto; es una herramienta. Cuando se destruyen granjas, se arrasa con el 70% de la flota pesquera y se contaminan fuentes de agua con 130,000 metros cúbicos de aguas residuales, el resultado es hambre. Cuando se vierten sobre la tierra 37 millones de toneladas de escombros tóxicos y artillería sin detonar, se hace que la propia tierra sea una amenaza para sus habitantes. El aire es denso por el hormigón pulverizado, el amianto y los metales pesados. Con decenas de miles de cuerpos que se descomponen bajo los escombros, los patógenos seguirán filtrándose en la tierra y el agua subterránea durante años.
¿Cómo hacer Gaza habitable de nuevo?
Por tanto, el costo de reconstruir Gaza no es como nada que hayamos vivido antes. Va más allá de ladrillos y argamasa. ¿Cómo se descontamina un acuífero entero? ¿Cómo se restaura la mantilla que ha sido demolida y envenenada sistemáticamente con fósforo blanco? ¿Cómo se limpian las millones de toneladas de desechos mezclados con agentes cancerígenos?
Hacer que Gaza vuelva a ser habitable requerirá un esfuerzo global en una escala sin precedentes, que no solamente se dedique la infraestructura, sino también a una restauración ecológica profunda.
Reconstruir Gaza no solo pondrá a prueba nuestra compasión, sino también nuestra conciencia colectiva. Un alto al fuego puede haber silenciado las bombas, pero no ha terminado con el daño a la tierra, el agua o la atmósfera que todos compartimos. Lo que pase a continuación mostrará si el mundo ha aprendido algo de esta catástrofe.
Podemos reconstruir paredes y carreteras, o podemos reconstruir responsablemente a través de sanar el ambiente de Gaza y de atribuir responsabilidades a quienes deben responder por este ecocidio y genocidio.







