
Musulmanas con burkas en el patio de la mezquita del Shah, en Isfahan, Iran. Foto de LBM1948 en Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
A lo largo de los continentes, las mujeres enfrentan la misma lucha con nombres diferentes. A algunas se les dice que se cubran los rostros en el nombre de la moralidad, a otras que los descubran en nombre de la libertad. El resultado es el mismo. El derecho de la mujer de elegir aún está en manos de hombres y legisladores, no en las de ellas.
El año 2025 empezó con el mandato de Suiza de prohibir del uso de la burka a nivel nacional. Poco después se sumó Portugal y ahora Canadá se agrega a la lista de países con las leyes de laicidad en Quebec. La idea que subyace a estas prohibiciones a menudo se plantea como un acto de liberación, aunque el resultado parezca más una restricción. En estas sociedades, que se autodenominan “libres”, a las mujeres, una vez más, se las somete a imposiciones sobre lo que pueden y no pueden usar.
En Quebec, el Gobierno acaba de reforzar su política de laicidad con una ley nueva que prohíbe a estudiantes, profesores, e incluso voluntarios de las escuelas públicas cubrirse el rostro o llevar símbolos religiosos. Aunque las autoridades defienden esta medida como necesaria para garantizar la igualdad y la neutralidad, se convirtió en un obstáculo para la educación y el empleo de las mujeres musulmanas que visten el hiyab o el niqab. A quienes antes enseñaban o cuidaban niños, hoy se las excluye por practicar su fe.
La política se extendió más aún en el ámbito del cuidado infantil. El Gobierno planea prohibir los símbolos religiosos en las guarderías, con el argumento de que protege a las mentes jóvenes de la influencia religiosa. Sin embargo, los directores y el personal de las guarderías sostienen que esta medida agrava la escasez de personal y hace que los trabajadores expertos abandonen sus puestos de trabajo. Una maestra que lleva un pañuelo en la cabeza no predica un sermón, se dedica a cuidar a los niños. La idea de que su vestimenta es una amenaza a la neutralidad revela un miedo más profundo a la diversidad visible.
La disputa política en Quebec agravó el problema. El Partido Quebequés prometió hace poco prohibir los símbolos religiosos para los alumnos de primaria si lo eligen. El partido gobernante, Coalición Futuro de Québec, también planea restringir las oraciones en público. Ambos partidos presionan a las minorías hacia la marginalización y promueven tales medidas en la lucha por el secularismo.
Este debate está ahora en poder de los tribunales. El Gobierno federal cuestiona el hecho de que Quebec recurra a la “cláusula de derogación” para proteger el proyecto de Ley 21. Ottawa sostiene que esta cláusula, utilizada en reiteradas ocasiones, debilita la Constitución canadiense y socava los derechos de las minorías.
Los especialistas legales siguen divididos. Algunos califican el uso de la cláusula de preventivo y peligroso; otros afirman que mantiene la independencia provincial. El fallo inminente de la Corte Suprema no solo decidirá los límites de la libertad religiosa, sino también hasta qué punto los Gobiernos pueden influir en las decisiones personales.
Esta ola de prohibiciones no se limita a Canadá o Europa. En algunos países del oeste y sur de Asia, el control funciona en sentido contrario. En Afganistán, las mujeres están obligadas por ley a usar burka. En Irán, enfrentan castigos por no llevar hiyab. En Arabia Saudita, aunque algunas restricciones se atenuaron, las mujeres aún viven bajo presión moral. Incluso en lugares como Siria, Jordania o Egipto, las presiones culturales llevan a las mujeres a cumplir con las normas. A lo largo de las fronteras, el mensaje es el mismo. Ya sea que se las obligue a llevar el velo o a no llevarlo, la imagen de las mujeres sigue siendo el campo de batalla de las agendas políticas y culturales.
Las contradicciones son impresionantes. Mientras las democracias occidentales condenan la extorsión religiosa en el extranjero, imponen sus propios códigos de vestimenta. Sostienen que quitarse el velo ayuda a la integración, pero al hacer esto, marginan aún más a las mujeres. Una musulmana que elige llevar un pañuelo en la cabeza en París o Toronto no tiene que defender su elección más que alguien que decide no llevarlo en Teherán. La clave de la libertad es la capacidad de decidir sin miedo ni castigo.
Argumentar que estas prohibiciones protegen la igualdad es endeble. A la igualdad la garantizan las oportunidades, no la homogeneidad. Excluir a las mujeres de aulas, oficinas y guarderías por la vestimenta les quita su independencia económica. También transmite el mensaje de que la religión y el servicio a los demás no son compatibles. Cuanto más controla el Gobierno el pensamiento de las personas, menos tolerante se vuelve la sociedad. Tal como la historia nos enseña, cuando un pueblo empieza a perder la libertad, pronto se verá limitado.
La mayoría de los líderes occidentales prometen defender los derechos de las mujeres en otros países, pero no defienden los propios. Los mismos reclamos sobre el conservadurismo religioso en el oeste de Asia son elogios a las leyes, que limitan la libertad de expresión religiosa en Europa y Norteamérica. Esta doble moral pone de manifiesto la naturaleza política del debate. La religión no es la amenaza verdadera, sino el miedo a la diferencia.
Falta que las mujeres alcen la voz en estos debates. Pocos políticos se preguntan cómo se sienten ellas al decirles cómo vestirse, ya sea en Kabul o en Quebec. Para algunas, el hiyab es un acto de fe. Para otras, es una cuestión cultural o personal. La respuesta correcta no es eliminarlo o imponerlo, sino respetar la elección que hay detrás. Cuando una mujer decide por sí misma, eso es libertad. Cuando otros deciden por ellas, eso es dominio.
El desafío de hoy es proteger la libertad individual sin convertirla en otra forma de dominación. Los Gobiernos deben dejar de utilizar el secularismo o la religión como herramientas de manipulación social. No se trata de si una mujer se cubre el rostro o no, sino si es posible que viva sin que la juzguen o la discriminen.
La libertad no depende de la geografía ni de la ideología. Debería significar lo mismo en Toronto, Teherán o Kabul. La medida auténtica de una sociedad libre es simple. No es cómo se ven las mujeres, sino cuánto control tienen ellas sobre sus propias vidas.
Para concluir, la lucha por el velo se convirtió en un espejo que refleja los miedos y las inseguridades de la sociedad. Diferentes partes del mundo afirman que defienden la dignidad, pero niegan a las mujeres la capacidad de decidir por sí mismas. La libertad verdadera solo llegará cuando la imagen de la mujer deje de ser objeto de debate público o políticas estatales. Hasta entonces el mundo no dejará de discutir sobre la libertad, mientras en la práctica la niega.







