En la COP30, la sociedad civil tuvo líderes reales, no solo simbólicos

Indígenas em marcha carregam cartazes que dizem "O futuro é indígena" e "Climate emergency, we are the answer"

Marcha Global durante la COP30 en Belém, Brasil. Foto: Bruno Peres/Agência Brasil/Uso autorizado.

La autora es directora de conocimiento de Ashoka, red global de emprendedores sociales, e integra el consejo de directores del grupo de expertos Washington Brazil Office (WBO). Asistió a la COP como representante de la sociedad civil.  

La COP30, Conferencias de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, realizada entre el 10 y el 21 de noviembre 2025 en Belém, en el estado de Pará, en plena Amazonía brasileña, se vio marcada por la fuerte presencia de la sociedad civil organizada en los espacios oficiales, en eventos paralelos y en las calles.

Tras varias conferencias con restricciones y tensiones entre Gobiernos y movimientos sociales, la edición brasileña abrió espacio para que organizaciones de base, colectivos urbanos, pueblos indígenas, quilombolas (descendientes de esclavos organizados en comunidades tradicionales) y ribeirinhos (comunidades tradicionales de las orillas de los ríos) ocuparan la ciudad con sus programas.

Que Brasil haya sido elegido como sede puede haber favorecido ese ambiente, en un momento de mayor valorización institucional de la participación de grupos sociales. Además, Belém impone un ritmo singular, ya que es imposible estar en la ciudad sin percibir la presencia de comunidades que históricamente se han visto afectadas por el impacto directo de las políticas ambientales, y ahora se sienten legitimadas para hablar en primera persona.

Belém es una capital amazónica con 1,3 millones de habitantes, en la desembocadura del río Guamá, cerca de la confluencia con el río Amazonas, unos de los mayores del mundo. La navegación marca la vida cotidiana, conecta comunidades ribereñas, quilombolas e indígenas con la ciudad. Esa diversidad aparece en la gastronomía, los mercados públicos, las lenguas y los sonidos, y ayuda a explicar la fuerza de los territorios en la COP de 2025.

La Cúpula de los Pueblos tuvo un papel central en ese proceso. Funcionó como un espacio político para articular posiciones, construir consensos y pedidos que muchas veces no entran en las negociaciones formales, conducido por movimientos sociales, colectivos urbanos, comunidades nativas y locales que trabajan con justicia climática y territorial.

En la clausura, representantes entregaron una carta con los principales pedidos de los movimientos, con la presencia de representantes oficiales de la COP y del Gobierno brasileño.

La Cúpula de los Pueblos hace historia en la COP de la Amazonía, con comunidades campesinas, bosques y ciudades de los territorios más variados de todo el mundo. Este viernes 13 de noviembre, la Cúpula sigue con la programación de la reunión plenaria y enlazadas con las intersecciones más diversas, que ubica a los pueblos como factores de resolución de crisis globales.

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El contraste con las últimas COP es claro. En 2021, en Glasgow, Escocia, la participación de la sociedad civil de los países en desarrollo se vio limitada por costos, cuarentenas y retrasos en las visas. El año siguiente, en Sharm el-Sheikh, Egipto, las restricciones impuestas por el Gobierno prácticamente impidieron las protestas. En 2023, en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, la presencia dominante del sector fósil redujo el espacio político de los movimientos. En 2024, en Bakú, Azerbaiyán, a pesar de los avances en el debate sobre financiamiento, la participación de la sociedad civil tuvo poca visibilidad.

En Belém, la sensación fue de reaproximación con las calle y con la propia idea de que la conferencia va más allá de las negociaciones entre Gobiernos.

“Las demandas aparecieron de forma articulada, lo que muestra que la sociedad está observando y creando soluciones concretas”, comentó Rafael Murta Reis, director de Ashoka Brasil, organización social global de la que da también formo parte.

Voces indígenas

Indígenas en la Marcha Global por el Clima durante la COP30. Foto: Bruno Peres/Agência Brasil/Uso autorizado.

La participación indígena, visible y estructurada, también fue destacada. Una de esas voces llegó por río: la flotilla Yaku Mama, compuesta por más de 60 líderes indígenas (brasileños e internacionales) y activistas, recorrió 3000 kilómetros durante cerca de un mes, desde Ecuador, Perú y Colombia hasta Belém. El viaje se hizo en barcos y canoas, y agregó una capa simbólica al debate climático en relación a ríos y territorios.

Según la organización de la COP, más de 900 indígenas estuvieron acreditados para la zona oficial de las negociaciones, un aumento significativo con relación a la reunión anterior, que fue de poco más de 300 asistentes. El texto final de la conferencia generó un marco político importante: reconoció que los derechos territoriales indígenas son parte de la estratégica climática, pedido antiguo de los movimientos.

Painel Programa Kuntari Katu, Zona Verde COP 30. Foto: Isabela Carvalho/Usada com permissão

“Brasil vive una nueva diplomacia de los pueblos indígenas», comentó Lucas Marubo, del pueblo marubo, de la región de frontera entre Brasil, Pero y Colombia, en el panel de Zona Verde de la COP30. “Salimos de la COP30 con la misma certeza con la que entramos: cualquier mecanismo, fondo o acuerdo solo tiene legitimidad si está fundamentado en la soberanía territorial de los pueblos indígenas. Nuestra vigilancia continúa, porque no luchamos por lucro, luchamos por la vida”, dice Marubo, que es parte del Programa Kuntari Katu, iniciativa del Gobierno brasileño que prepara líderes indígenas para conferencias internacionales.

“Las principales urgencias son garantizar nuestros territorios como fundamento de la adaptación, fortalecer la soberanía alimentaria y el cuidado de nuestros ríos, apoyar la infraestructura comunitaria pensada para enfrentar esos tiempos, fortalecer los planes de adaptación que hemos creado, y reconocer que salud, conocimiento tradicional y bienestar también son políticas de adaptación. Todo eso lo estamos haciendo los pueblos, con muy poco”, afirma Josimara Baré, del pueblo baré, que vive en Rio Negro, en la frontera entre Brasil y Venezuela, también integrante de Kuntari Katu.

El tono en la Marcha y en las mesas

Jóvenes en la Marcha Global por el Clima muestran sus demandas. Foto: Bruno Peres/Agência Brasil/Uso autorizado.

La Marcha Global por el Clima, tras los primeros días de la COP, fue el momento más visible de esa reanudación de la presencia ciudadana. Cerca de 70,000 personas caminaron por la calles de Belém, con sus listas de justicia climática, territorial, racial y económica.

A lo largo de la caminata, era posible ver carteles por la protección del Cerrado y la Amazonía (biomas brasileños), por la demarcación de tierras, contra las minas, en defensa de los derechos de la mujer y niños negros e indígenas, por la responsabilización de grandes empresas, por la reforma agraria, por el fin de los combustibles fósiles (vinculados a la principal causa del calentamiento global y cambio climático) y contra la inversión en guerras. La Cúpula de los Pueblos, cuyo manifestó fue firmado por más de mil organizaciones de todo el mundo, ayudó a organizar esas voces.

Se presentó a Tropical Forests Forever Facility (TFFF) como un anuncio ambicioso de la COP30, fondo que busca crear un flujo permanente de recursos para conservar selvas tropicales, al que se adhirieron más de 50 países. La idea es que los países con selvas tropicales que las mantuvieron “en pie» recibieron pagos por hectárea protegida o restaurada.

Marcha - 15 de novembro

La Marcha Global del 15 de noviembre reunió a movimientos sociales. Foto: Isabela Carvalho/Usada con autorización.

Los líderes indígenas recibieron el anuncio como un reconocimiento de la importancia de las selvas, pero con cautela. El entusiasmo se mezcló con una deuda antigua: que esos recursos lleguen directamente, simples y compatibles con la gobernanza de los propios pueblos. La crítica a la intermediación de los grandes fondos es la burocracia, que dificulta el acceso de las comunidades, apareció en la conferencia.

Otro punto, la guía global para eliminar los combustibles fósiles, uno de los debates más esperados de la COP, no avanzó como se esperaba por divergencias entre Gobiernos. En respuesta, Brasil anunció que seguirá preparando un documento propio, junto con el Mecanismo de Acción de Belém (BAM, Belem Action Mechanism), para orientar una transición justa para economías de bajo carbono sin dejar atrás a trabajadores y comunidades locales.

Entre victorias y frustraciones, la lectura fue que la COP30 tuvo un presencia fuerte de actores de territorios, y no solo de oficinas. El término “cambio sistémico” apareció muchas veces para defender un nuevo paradigma en la que desarrollo y naturaleza no se tratan como campos separados. El mensaje que recorrió la conferencia fue que no existe desarrollo real sin que la naturaleza sea parte importante de las decisiones

Los debates sobre combustibles fósiles, mitigación, adaptación y financiamiento quedaron lejos de lo que muchos líderes esperaban, y eso dejó frustraciones claras. De todas maneras, hay que ver el proceso como un todo. Voces que antes casi no aparecían ocuparon salas, influenciaron conversaciones y asumieron un lugar concreto en el desarrollo de la conferencia. Eso no resuelve las dificultades, pero amplía el horizonte de quien participa y de quien observa.

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