La seguridad que no vemos: Llamado a la solidaridad, no a la compasión

Graffiti in the subway, underground in Vienna’s Favoriten district: ‘Solidarity not charity’ and ‘EU disarm!’ Photo by Herzi Pinki on Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Inscripción en el metro, subterráneo en el distrito Favoriten de Viena, Austria: «Solidaridad, no caridad» y «¡Desarme de la Unión Europea!».  Imagen de Herzi Pinki en Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Nota del autor: Escribo este artículo desde un lugar cercano. Mi hermano trabajó como médico de urgencias en zonas rurales fronterizas de Turquía, lo que me permitió (con su consentimiento) acceder a las realidades y perspectivas de primera línea. He visto cómo perder una comida puede resultar en un día de no asistir al colegio, lo que puede llevar a un turno nocturno cargado de tensión para alguien en la sala de urgencias. A través del trabajo de mi hermano y mis estudios en relaciones internacionales y política, he hablado con profesores, funcionarios municipales, comerciantes y familias atrapadas entre sistemas inoperantes y sobrevivencia. No ofrezco respuestas fáciles sino conexiones comprobadas entre seguridad alimentaria, atención de salud, educación y política. Este es un llamado a la solidaridad más allá de la frontera y el tiempo porque lo que ocurre en Van o en los alrededores de Turquía, refleja las luchas que se libran en todas partes. Comprender cómo los sistemas fracasan o tienen éxito en un lugar nos enseña cómo apoyarnos unos a otros en todos los lugares. 

El frágil cuerpo de un bebé se apoya en el hombro de su madre, con los labios resecos y agrietados como la tierra seca. El biberón aguado que hay en la bolsa es un intento desesperado por convertir la pobreza en sobrevivencia. El débil llanto del bebé es más desgarrador que cualquier grito. Con cada nuevo desastre, los estómagos que rugen, los sueldos sacrificados y los autobuses que nunca llegan, la crisis se intensifica brutalmente. Cuando llegan a la recepción, agotados y exhaustos, ya no son solo estadísticas, sino personas reales que se cuelan en nuestro fin de semana, en nuestras vidas.

Lo demás es una ilusión. Nos engañamos pensando que los problemas humanitarios se limitan a un mundo aparte llamado «el extranjero», y que la seguridad pertenece a otro mundo llamado «el hogar». Pero la verdad es que estos dos mundos se entremezclan. No estoy sugiriendo que solo debamos preocuparnos por la ayuda porque nos mantiene a salvo. Lo que digo es que debemos afrontar la realidad de que nuestro mundo está conectado. Cuando las necesidades básicas se satisfacen antes de que estallen las crisis, nuestras comunidades permanecen en paz, no porque haya más vigilancia, sino porque menos personas se ven empujadas a tomar decisiones desesperadas.

¿Cómo se propagan las crisis? Hay tres formas: en primer lugar, las cadenas de suministro. La sequía, el bloqueo o la mala cosecha en una región se traducen en alzas de precios en otra. Las colas para conseguir pan allí se convierten en facturas de supermercado aquí. En segundo lugar, se propagan rápidamente a través de las líneas temporales y los algoritmos. La indignación viaja más rápido que el contexto. La desinformación encuentra a personas que ya están cansadas, ansiosas y enfadadas, ya sea en Gaziantep o en Glasgow. En tercer lugar, las rutas de movimiento humano. Cuando se bloquean las vías seguras y legales, la gente no deja de moverse, sino que se mueve de formas más peligrosas, lo que da poder a los traficantes y al crimen organizado.

Nada de esto es abstracto si eres profesor, enfermero o comerciante. Se nota en la asistencia, en las salas de espera y en las recetas. Invertir en necesidades básicas por adelantado da dividendos en seguridad, no en vigilancia. Al dar comidas escolares, logramos que los niños vuelvan a las aulas, en lugar de quedarse en la calle. Las ayudas económicas estabilizan los gastos mensuales y alejan a los prestamistas usureros. Cuando los municipios colaboran más allá de las fronteras, ambos barrios afrontan el frío con menos crisis. No se trata de predicar la generosidad, sino de analizar con claridad cómo funciona el sistema.

Entonces, ¿qué es lo que realmente ayuda? Saber que este problema existe nos da derecho a tomar medidas. Al dar a conocer y exigir responsabilidades a los líderes, podemos influir en las políticas y generar un cambio significativo. No se trata de grandes gestos, sino de pequeñas acciones colectivas: una publicación en las redes sociales, un breve mensaje a un representante o una pequeña donación para apoyar una causa digna. Lo más importante es recordar que los afectados son seres humanos, no solo números. Solo cuando estén a salvo podremos sentir verdaderamente la armonía. Tal vez esto no sea un lema llamativo, pero es un objetivo realista y factible.

Hoy en día, con el auge de la inteligencia artificial y la vigilancia, la creciente importancia de las fronteras nacionales y el surgimiento de líderes que solo se preocupan por sí mismos, debemos pensar los unos en los otros. No podemos permitirnos renunciar a nuestra solidaridad, ni siquiera por un segundo. Este es el momento en el que estamos más conectados que nunca con personas al otro lado del océano. Tenemos que permanecer unidos, o algún día enfrentaremos crisis que nunca pensamos que serían posibles en nuestra vida. Nuestra dignidad, nuestra humanidad, nuestros valores y nuestras familias están en juego. Debemos defender los derechos de las personas en todo el mundo. Somos uno, y solo tenemos que recordarlo.

Vuelvo a la sala de urgencias, donde esperan dos hermanos somnolientos. La habitación huele a ceniza húmeda que viene de la estufa que trajeron adentro cuando llegó la ola de frío, y la factura se disparó. El oxígeno los revive y les despeja la vista. Una calefacción más segura y la ayuda invernal podrían haberlos mantenido a salvo y calientes en casa. Cuando ignoramos las dificultades de los demás, los problemas evitables se convierten en costosas emergencias. No se trata de entrar en pánico o sentir lástima, sino de estar alerta y detectar las conexiones entre un mensaje de Twitter a altas horas de la noche en Londres, una fila para recibir pan en el norte de Siria y una sala de espera abarrotada en el este de Turquía, conexiones que tienen su origen en cadenas de suministro, plazos y políticas que realmente podemos cambiar.

Necesitamos claridad, no caridad ni miedo. Solidaridad, no compasión. Así, cuando llegue la primavera del año que viene, más personas podremos caminar por las calles con serenidad.

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