
Manifestaciones de mujeres en Senegal contra la violación en 2021. Captura de pantalla del canal de Le Dakarois 221 en YouTube.
Por Bowel Diop
En Senegal, una mujer víctima de violación puede ser condenada por haber querido tomar el control de su vida si decide abortar.
Como muchos otros países africanos, el 27 de diciembre de 2004, Senegal ratificó el Protocolo de Maputo, tratado de la Unión Africana destinado a promover y proteger los derechos de mujeres y niñas en África. Según las disposiciones de su artículo 14, los Estados signatarios deben:
(…) autoriser l’avortement médicalisé en cas d’agression sexuelle, de viol, d’inceste, ou lorsque la poursuite de la grossesse met en danger la santé mentale ou physique de la mère ou la vie de la mère ou du fœtus.
(…) autorizar el aborto terapéutico en caso de agresión sexual, violación, incesto o cuando el embarazo pone en peligro la salud mental o física de la madre o del feto.
Sin embargo, en Senegal, ese derecho es letra muerta. Organizaciones de defensa de derechos humanos, como la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), la Liga Senegalesa de Derechos Humanos (LSDH) y el Encuentro Africano para la Defensa de los Derechos Humanos (RADDHO), ONG nacional con sede en Dakar, denuncian el incumplimiento del Estado de sus compromisos internacionales. En su informe Double peine, publicado en 2024, las tres organizaciones alertan que el artículo 14 del Protocolo de Maputo no se aplica en la legislación nacional, y que en consecuencia, las mujeres víctimas de violación o incesto se ven obligadas a llevar su embarazo a término.
Los artículos 305 y 305 bis del Código Penal de Senegal prohíben el aborto, salvo en casos terapéuticos muy raros para salvar la vida de la madre. Esta situación lleva a muchas mujeres, incluidas las víctimas de violación o incesto, a prácticas clandestinas, peligrosas, a menudo mortales.
Según Prison-Insider, plataforma francesa de producción y difusión de información sobre las prisiones del mundo, hasta el 46% de las mujeres detenidas en la prisión Liberté VI en Senegal están condenadas por infanticidio, lo que demuestra la extensión del fenómeno.
Es difícil que el derecho al aborto tenga reconocimiento, por razones que no son solamente jurídicas, también son socioculturales.
Argumento religioso
El argumento religioso no es el que más se invoca para justificar la prohibición del aborto: aunque más del 95% de la población senegalesa es musulmana; el país es una república laica, como estipula el primer artículo de su Constitución:
La République du Sénégal est laïque, démocratique et sociale. Elle assure l’égalité devant la loi de tous les citoyens, sans distinction d’origine, de race, de sexe, de religion. Elle respecte toutes les croyances.
La República de Senegal es laica, democrática y social. Asegura la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, sin distinción de origen, raza, sexo, religión. Se respeta a todas las creencias.
En un marco laico, el debate debería quedar en el campo médico y jurídico. En medicina, se distingue en un principio un feto. Cabe destacar que algunas tradiciones musulmanas estiman que el alma se infunde después de 120 días de la aparición de un embrión, por lo que interrumpir un embarazo antes de ese plazo no equivale a poner fin a una vida.
En cualquier caso, cada mujer tiene el derecho de decidir sobre su cuerpo sin coerción religiosa colectiva. ¿El argumento según el cual el niño por nacer no tiene voz debe eliminar el derecho de una mujer a quien no le ha pedido consentimiento?
¿Por qué sacrificar una vida consciente, ya lastimada, por una vida potencial? Eso razonamiento no se sostiene cuando se considera la dignidad, la salud mental y física de la mujer. El derecho a la autonomía corporal debe primar. Pedirle a una víctima de violación o de incesto de llevar un embarazo no deseado a término en nombre de un “valor social” es hipócrita, violento y profundamente injusta.
Preservar la moral
Otro argumento que se cita con frecuencia con respecto al aborto es el de la tradición. ¿Qué «moral» se trata de proteger? Si preservar la “moral” significa controlar el cuerpo de la mujer, entonces esa moral debe dejarse de lado. La verdadera “moral” a preservar es la dignidad y la libertad de la mujer, no un conservadurismo patriarcal.
La verdadera pregunta es la del patriarcado, que sigue decidiendo lo que la mujer debe hacer con su cuerpo. La fuerza de esta ideología es tal que algunas mujeres la defienden, incluidas las que tienen educación. Eso prueba hasta qué punto las normas patriarcales están interiorizadas, incluso por quienes deberían deconstruirlas.
En África, los argumentos con el aborto son asombrosamente similares y directamente vinculadas a tres rubros: religión, tradiciones y “valores africanos». Se debilitan en torno a la prohibición de matar que existe en las tres religiones monoteístas, en torno a la idea de que el aborto es una práctica importada, ajena a la cultura local y que amenaza el orden moral tradicional que valoriza la maternidad, considerada como una bendición. Otro argumento corriente es que el feto, inocente y sin defensa, no debe pagar por las circunstancias del embarazo.
Sin embargo, esos discursos se fundamentan principalmente en emociones, tabús, una forma de conservadurismo, y casi nunca en ciencia, los derechos fundamentales ni la realidad de la violencia sexual. En Senegal, JGEN, ONG que lucha contra la violencia de género, multiplica la defensa para dejar de criminalizar a las víctimas de violación e incesto, y respetar el Protocolo de Maputo.
Como mujer, estoy a favor del derecho al aborto sin condiciones. Porque cada mujer debe poder decidir libremente lo mejor para su cuerpo, su vida, su salud y su futuro. Y particularmente en el caso de violación o incesto: elegir no debería ser un lujo, sino un derecho.







