Redes sociales avivan movilización en las calles de Argentina

Students protest with a banner saying ‘Science and public university are people's rights.’ Photo by Diario UNO

Protesta estudiantil. Foto de Diario UNO, usada con autorización.

Este artículo del activista Facundo Rodriguez es parte del programa Youth Voices for Digital Rights, dirigido por Forus. Global Voices lo publica en virtud de una asociación editorial.

En un contexto global en el que el derecho a la protesta enfrenta cada vez más presión, la experiencia argentina con manifestaciones juveniles, en un momento en que la generación Z se manifieste con protestas alrededor del mundo, ofrece una perspectiva para ver cómo se organiza la participación juvenil y cómo puede emerger de la “oscuridad del espacio cívico».

Las reciente protestas universitarias de Argentina empezaron en 2024, el primer año del gobierno de Javier Milei, motivadas por la austeridad, inflación y cortes de presupuesto a la educación superior pública, que puso en peligro el rol histórico de las universidades públicas como motores de movilidad social. Más de un año después, ahora se fusionan con movilizaciones más recientes que reflejan preocupaciones generacionales más profundas sobre justicia de género, acceso igualitario al conocimiento, movilidad social y el futuro de las instituciones públicas.

A diferencia de movimientos de décadas anteriores, las protestas juveniles de Argentina se organizan cada vez más digitalmente a través de plataformas como TikTok, Instagram y WhatsApp, y ya no tanto a través de sindicatos o partidos políticos. La Marcha Federal Universitaria de abril de 2024 —repetida en octubre— se difundieron rápidamente con etiquetas como #MarchaFederalUniversitaria, coordinadas por grupos estudiantiles y redes abiertas en todo el país.

Defender la educación pública se ha vuelto central. Este movimiento lo impulsa una generación consciente de que el bajo financiamiento de las universidades públicas afecta directamente su acceso a educación superior de calidad.

En las recientes marchas masivas de defensa de las universidades, el factor de “organicidad” volvió a quedar en evidencia. La participación masiva no se debió solamente a organizaciones estudiantiles o sindicatos (“orgánico”), sino también a decenas de miles de estudiantes independientes, no activistas, que se sintieron llamados individualmente a unirse. La organización de estas protestas combinó acción callejera con numerosas iniciativas en medios sociales (videos de TikTok, hilos en X, contenido gráfico) para dar a conocer el asunto.

El 17 de septiembre de 2025, decenas de miles marcharon en Buenos Aires para exigir la restauración de financiación de las universidades públicas y la salud pediátrica como parte de mayores protestas contra medidas de austeridad dirigidas a la educación y la salud. Las publicaciones y llamados en medios sociales se movilizaron con lemas como “Nuestro futuro no se veta”, asociados con el plan de protesta.

Datos recientes de la iniciativa EU SEE indican una tendencia en la que las nuevas generaciones se moviliza a través de modelos híbrido, con mecanismos de participación tradicionales y digitales que coexisten con formas descentralizadas, horizontales y explosivas de acción cívica.

Al mismo tiempo, la presión en el espacio cívico, las organizaciones de la sociedad civil, la polarización y las campañas de desinformación dan forma a la participación y la moldean. Pero ninguna forma de participación cívica es estática, y en toda la región vemos que emergen nuevos modos de protesta: coaliciones intergeneracionales, campañas digitales y acciones juveniles que combinan movilización  en línea y presencia en las calles.

La generación Z, los nacidos entre finales de la década de 1990 e inicios de la década de 2010, ahora representa cerca de la cuarta parte de la población de Latinoamérica, o cerca de 160 millones de jóvenes, uno de cada cuatro latinoamericanos. Como nativos digitales, han desarrollado nuevas formas de interacción parasocial en línea y tratan asuntos importantes, como crisis climática, injusticia social, de género y económica, y mayores presiones económicas.

Las protestas juveniles en Argentina, particularmente las de la generación Z, operan con este modelo de acción, un camino dual en el que las calles y los medios sociales no compiten sino que se refuerzan y amplifican entre sí. Aunque estos movimientos heredan tácticas del activismo tradicional, las reinterpretan con su propia lógica.

A diferencia de las movilizaciones dirigidas por los actores tradicionales, como sindicatos o partidos políticos, que siguen una estructura inorgánica, jerárquica y planeada, la participación juvenil suele ser mucho menos estructurada, más individual y la inician hechos específicos que generan participación masiva. De todos modos, estos actores jóvenes también colaboran con estructuras tradicionales, que brindan apoyo político y organizacional a los movimientos.

Sign reading 'It's legal' ‘We made it. It's a law!’ In 2020, Argentina approved a law to permit the interruption of pregnancy.

En 20202, Argentina aprobó la ley que permite la interrupción del embarazo. Foto de Iro Bosero en Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

La ‘marea verde’

La campaña para un aborto legal, seguro y libre, bajo el movimiento de la Marea Verde, entre 2015 y 2020, es muy ilustrativa de esta dinámica. Aunque hubo una coordinación central a través de una campaña nacional, lo que aseguró su éxito y llamado masivo fue una dinámica social que se volvió autónoma y orgánica.

El movimiento Ni Una Menos en particular unió a millones a enfrentar la violencia sexista y machista, desde 2015. Un tuit se convirtió en lema y etiqueta viral, que se difundió a través de medios sociales y se transformó en un movimiento masivo. La generación Z y activistas milénicos no solo amplificaron el mensaje en línea. También impulsaron grandes movilizaciones fuera de línea.  Para muchos jóvenes argentinos, el movimiento fue un punto de entrada definitoria al feminismo, e inspiró su participación no solo en marchas contra el feminicidio, sino también en campañas relacionadas, como la lucha exitosa por los derechos reproductivos. El movimiento se volvió un fenómeno de identidad cultural.

Esta marea se movió simultáneamente en dos frentes. En las calles, con protestas masivas, “pañuelazos” y vigilias que mostraron fuerza física y presencia territorial. Y en medios sociales, el pañuelo verde se convirtió en un símbolo y un continuo generador de contenido, que enseñó, presionó a los representantes y dio forma a la agenda de los medios.

La misma dinámica impulsada digitalmente ha dado forma a otras protestas intergeneracional e interseccionales. En octubre de 2025, miles se reunieron en Buenos Aires para exigir justicia por tres muchachas cuyas tortura y asesinatos fue transmitido en línea. En ambos casos, los jóvenes argentinos están usando las herramientas de su generación para transformar la indignación en línea en acción colectiva en el mundo real, enraizada en conectividad y movilización rápida.

El contexto político es decisivo. El periodo 2015–2021 fue el punto más alto de la lucha feminista, que logró generar debate público y asegurar los derechos reproductivos, luchar contra la violencia de género y los feminicidios en el centro del plan nacional. El actual periodo político en Argentina ha buscado restringir algunas de estas discusiones.

Por su parte, el legado de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo sigue dando forma a los movimientos de hoy en el país. En plena dictadura entre 1976 y 1983, estas mujeres tomaron las calles para exigir el regreso seguro de sus hijos y nietos desaparecidos, causa que continúa hasta ahora.

Sin embargo, el gobierno de Milei ha intentado retrotraer aspectos de la agenda feminista, ha reducido el apoyo institucional para políticas de género, retirado el financiamiento de programas y cuestionado la legitimidad de las demandas feministas.

Esto ha llevado a muchos otros movimientos vinculados a igualdad económica, social y ambiental a una renovada urgencia de responsabilidad estatal. Los movimientos feministas también están activos y buscando recuperar impulso en este contexto.

El cambio contextual

Esta lógica de movilización cívica, aunque con sus propias características, tiene precedentes en otras provincias y contextos. En Entre Ríos, las protestas para proteger humedales y ríos son una característica central de la agenda pública, a los que dio forma particularmente la geografía de la región, con sus muchos canales de agua potable y humedales.

Aunque con menos alcance y sin el impulso juvenil de la Marea Verde, estos movimientos comparten rasgos de autoconvocatoria. También se estructuraron sobre un precedente histórico fundamental en la provincia: la masiva resistencia de los ciudadanos de Gualeguaychú contra la instalación de la planta de celulosa de UPM-Kymmene Oyj (antes Botnia), que demuestra la capacidad de la sociedad civil de organizarse sosteniblemente fuera de las estructuras tradicionales.

La mayor dificultad de este modelo híbrido es el riesgo de estructuras puramente simbólico, la ilusión de que el activismo digital (publicar una historia, firmar una petición en línea) es suficiente en sí misma, que reemplaza la acción colectiva en el terreno.

Los propios movimientos juveniles muestran que la calle pública y física siguen siendo fundamentales y irremplazables. La marca del orgullo LGBTQ+, que moviliza a cientos de miles de personas en todas las provincias argentinas cada noviembre desde 1992, en memoria de la fundación de Nuestro Mundo, la primera organización LGBTQ+ en Latinoamérica en 1967, es una prueba de esto. Aunque podría existir como una actividad digital, la reunión física, la celebración de cuerpos en el espacio público, y la manifestación de números siguen siendo actos políticos irremplazables.

El futuro de las movilizaciones de la generación Z en Argentina no parece ser puramente digital o puramente análogo. Tiene este camino dual: redes sociales para organizar, sensibilizar y formar identidad; las calles para ejercer presión, hacer visible la fuerza colectiva y materializar el cambio.

 

Deslinde de responsabilidad: Esta publicación fue financiada en parte por la Unión Europea. Su contenido es de responsabilidad exclusiva de Facundo Rodríguez y Forus, y no necesariamente reflejan las opiniones de la Unión Europea.

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