Nepal, un viaje a la bondad que me enamoró

 

Sauraha-Nepal, Parque Nacional Chitwan, diciembre de 2024. Los turistas pueden comprar a la entrada del Parque bambú para dar de comer a los elefantes bebés. Foto de autora.

Hace un año visité Nepal con el objetivo de participar en el encuentro internacional sobre medios digitales, conocimiento y activismo global de Global Voices. Previamente a este evento, me dediqué a explorar las rutas y parques de este país, sumergiéndome en la riqueza de su fauna. 

Recordar este viaje que realicé hace un año (2024) es volver a vivir la emoción y gratitud de cada aventura. En mi segundo día en este país, una frase se me quedó impregnada en mi mente y corazón: “tú eres una invitada de nuestro país”. Estás palabras resumen la increíble hospitalidad que experimente. 

Todo empezó en un minibús que viajaba al sur de Nepal, de camino a Sauraha. Allí conocí a dos amables mujeres: una madre y su hija, que llevaba a su hijo en brazos Compartimos asientos, pese a ser completamente desconocidas, la conexión fue inmediata.

Zapateando con sabor andino

Quise compartir un poco de mi cultura andina y le pedí permiso al chofer para poner música ecuatoriana. Él accedió, y enseguida sonó “Zapateando Juyayay” del grupo de folklore andino Jayac. Ellas, reían con alegría y comentaban lo festiva que es nuestra música. Luego, hicimos una parada para almorzar. Mis nuevas amigas me recomendaron comer una sopa de fideos y, por supuesto la bebida típica de Nepal: masala tea (té con leche y especias). Mientras degustabamos la comida, les confesé que su gastronomía era exquisita, pero para mi paladar ecuatoriano tenía un alto nivel de picante. “No tengo elevada la tolerancia al picante”, les dije con una sonrisa nerviosa.

Gesto inolvidable

En ese momento, me repetía: “chulla vida”, la frase que usamos los ecuatorianos cuando nos encontramos en situaciones complicadas, aunque sea con un toque de humor. El picante era intenso que, a pesar de disfrutar del sabor, no pude controlar que se me salieran unas lágrimas. Una de ellas me dijo con ternura: “no comas si está muy picante”. Le respondí: “mi papá me enseñó siempre a comer todo” y sonreí. Al terminar, me levanté y, la hija con su bebé en brazos me detuvo: “deja que nosotras pagamos”. Insistí, pero ella silenció la conversación con una frase imborrable: «No, no, tú, eres una invitada de nuestro país”.

Sin conocerme me trataron como a una de las suyas. Fue un gestó de bondad y solidaridad que me estremeció profundamente y que nunca antes me había pasado. Les pedí una foto, les reagradecí su gesto y les recalqué que, desde que aterricé en su país la amabilidad y hospitalidad de su gente era evidente. En ningún momento de mi viaje me sentí extranjera.

La oscuridad de la carretera y la calma interior

Continuamos el viaje. Mis maravillosas amigas se despidieron una parada antes de mi destino final, deseandome suerte. De repente, me encontré sola con el chófer, un hombre serio y callado.

La noche había caído. Me anticipó que haría una parada para cargar de batería el minibús eléctrico. Miré por la ventana: estábamos en un lugar lleno de vegetación en medio de la oscuridad. El miedo, un miedo instintivo, comenzó a estremecerme. Era un miedo producto de la inseguridad que, lamentablemente, se vive en mi país Ecuador.

Mientras él cargaba el minibús, ese miedo me saltó. Pero media hora después, el chófer regresó, y, al arrancar, inició a entablar una conversación, me preguntó mi origen, se mostró amable. Poco a poco mi mente se calmaba y me repetía en mi interior: No me va a pasar nada…

Tras siete horas de haber iniciado la travesía, mire por la ventana las luces de Sauraha, mi destino final. El chofer, con una amabilidad inesperada, se ofreció a dejarme en la puerta de mi hotel.  Mi primera gran lección en Nepal: es un país muy seguro y confiable para una mujer que viaja sola. 

Turismo consciente en Sauraha

Al llegar al Hotel Butterfly, me recibieron con una calidad taza del delicioso té típico. Allí, me ayudaron a organizar mi visita al criadero estatal de elefantes bebés. Este lugar es un ejemplo de turismo responsable y ético, ya que cuidan a los bebés, los alimentan y, sobre todo, no los maltratan. 

Este criadero alberga elefantes huerfanos o rescatados que, en el caso de las crías permanecen con sus madres hasta que están listos para ser reincorporados a una mandada. Fue agradable poder interactuar con ellos y observarlos desde una distancia prudente.

Es importante recalcar que, existen criaderos privados que utilizan a los elefantes para “diversión turística” (montar y baños con elefantes), lo cual es un evidente maltrato. No lo recomiendo. Elegir hacer un turismo responsable ayuda a un ecosistema sostenible.

Otra de las actividades importantes al visitar el Parque Nacional Chitwan es el safari, ya sea en camioneta, caminata o en cano. Es una gran experiencia que permite comtemplar a los animales del hábita como: los monos, rinocerontes, ciervos y, con mucha suerte, hasta tigres.

Anhelar volver

Se me eriza la piel de la emoción al recordar cada anécdota vivida. Mi estancia completa desde la capital Katmandú, con sus templos y sus calles impregnadas de una rica cultura étnica y religiosa, hasta el sur natural: fue maravillosa. Como ecuatoriana deseo volver algún día. 

En esta travesía conocí a personas maravillosas, amables y solidarias. Hicieron que me enamore de Nepal. Cada anécdota vivida en este país asiático es una aventura que, sin duda, les contaré a mis nietos algún día. Gracias amigos y amigas nepalíes, por demostrarme que en el mundo aún podemos seguir creyendo en la bondad, honestidad y hospitalidad de la gente.

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