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Gilbert Martina es un educador en salud ancestral y exejecutivo de salud que quedó profundamente afectado por la crisis de ENNIA en Curazao y St. Maarten. Esto lo motivó a buscar una sanación más profunda a través de prácticas chamánicas, regulación del sistema nervioso, enseñanzas ancestrales, y su misión para ayudar a la gente a reconectar con la sabiduría antigua para sanar física, emocional y culturalmente.
Estamos viviendo una era de una gran turbulencia, bulla y distracción. Todos los días estamos inundados con información, aunque de alguna manera, parecemos estar perdiendo la conexión con nosotros mismos, con el otro, y las raíces más profundas que nos sostienen juntos como caribeños. Cuando veo los retos sociales y emocionales que nuestra región enfrenta, como violencia, estrés, desigualdad, depresión, y enfermedades crónicas, no puedo evitar preguntar qué hay debajo de la superficie. Para mí, la respuesta comienza en un espacio tanto antiguo como íntimo: las heridas de nuestros ancestros.
Finalmente, la ciencia moderna está comenzando a ponerse al día con lo que muchas sociedades tradicionales han sabido siempre. Los traumas no solo son emocionales; se pueden convertir en biológicos. Los estudios de Experiencias Adversas de la Niñez muestran que el trauma temprano afecta los sistemas de estrés del cuerpo para toda la vida. Cambia cómo nuestro cerebro procesa el miedo y memoria, y cómo nuestro sistema inmunológico responde al mundo. El estrés crónico inunda el cuerpo con la hormona cortisol, que crea una inflamación que se ha relacionado con cardiopatía, diabetes e incluso con cáncer.
Los neurocientíficos han identificado los caminos entre el cerebro y el cuerpo que hacen esto posible, y mostrado que el dolor emocional puede sentirse como sufrimiento físico y real. Sabemos por la ciencia que la mente puede crear enfermedades psicosomáticas —hay mucha investigación científica sobre la conexión entre la mente y el cuerpo—, y también sabemos por recientes investigaciones científicas que la mente puede crear salud psicosomática.
Estos hallazgos reflejan lo que los ancianos caribeños han dicho por mucho tiempo en palabras más simples: cuando la mente no está en paz, el cuerpo no puede estar bien. Como escribió el emperador y filósofo romano Marco Aurelio: “Cuanto más cerca está un hombre de una mente tranquila, más cerca estará de la fuerza”. Ahora, la ciencia está de acuerdo. Las prácticas que calman la mente, como meditación y pasar tiempo en la naturaleza, ayudan a regular el estrés y a restaurar el equilibrio del sistema nervioso. Lo que nuestros abuelos practicaban instintivamente con plegarias, canciones y tiempo en el mundo natural, ahora lo está validando la neurociencia con escáneres cerebrales e información.
Como alguien que alguna vez trabajó en los sectores de cuidado de la salud y financieros, me entrenaron para mirar los problemas lógica y sistemáticamente. Pero cuando pasé por transité una crisis personal años atrás, ninguna hoja de cálculo ni tratamiento médico podría explicar por qué sentí un dolor tan profundo en mi cuerpo. Fue solo cuando miré hacia adentro, con meditación, sabiduría chamánica y prácticas ancestrales, que comencé a ver que experiencias no sanadas, mías y otras que tenían generaciones antes que yo, estaban formando mi sentido de seguridad, identidad y pertenencia.
A través del Caribe, veo signos de esta misma herencia. La colonización, esclavitud, desplazamiento y desigualdad social han dejado huellas en nuestras economías e instituciones, y también en nuestra psiquis colectiva. Muchos cargamos miedos heredados, enojo, o patrones de sobrevivencia que alguna vez fueron necesarios, pero que ya no nos sirven. Esto es trauma ancestral, y se ve en todo, desde cómo nos relacionamos con la autoridad a cómo manejamos el conflicto o verdad. El dolor es inevitable; todos estaremos expuestos a alguna forma de dolor en nuestra vida. La mayoría de las veces, los hechos traumáticos suceden más allá de nuestro círculo de influencia o poder, pero frecuentemente nos guían a la clave para el crecimiento espiritual, tenemos que abrazar nuestro dolor y preguntarnos qué es lo que podemos aprender de ahí.
A través de la región, las comunidades están encontrando maneras de reconectar con la sabiduría ancestral como un camino a la sanación. La Comisión de Reparaciones del Caribe provocó una conversación más profunda sobre responsabilidad histórica y reparación emocional. El festival Bocas Lit, el festival literario Calabash Internacional y otros festivales sostienen que contar historias es una manera de procesar el dolor y reimaginar lo que puede ser. En Curazao, los proyectos comunitarios están utilizando tamborileo, danza y rituales para restaurar un sentido de identidad compartida. Las comunidades en el extranjero, las generaciones más jóvenes están regresando a hierbas tradicionales, música, ceremonias para enraizarse en la cultura y la memoria.
La investigación científica sustenta estos planteamientos. Un estudio de 2022 sobre alzhéimer y demencia reveló que entre las comunidades amazónicas indígenas en Bolivia, las tasas de demencia son de menos de 1% en adultos mayores de 60 años, comparado con el 8-11% en países occidentales. Estas comunidades viven con fuertes lazos sociales, dietas con alimentos no procesados, actividad física diaria y una fuerte conexión con la naturaleza. Su forma de vida protege el cerebro con su estilo de vida, y con pertenencia y significado. Estos hallazgos no son un llamado para romantizar el pasado, sino para recordar que la salud emocional, física y social son inseparables.
Durante siglos, la medicina occidental ha separado la mente del cuerpo, lo espiritual de lo científico. En verdad, no existe esa división. El cerebro se comunica con el sistema inmunológico, los intestinos y el corazón a través de constante conversación química. Cuando el trauma perturba esa armonía, viene la enfermedad. La sanación debe incluir más que medicina; debe incluir a la memoria. La sanación ancestral nos ayuda a hacer las paces con el pasado, a reconocer que llegó antes que nosotros —dolor, pérdida, coraje, resiliencia— y integrarlo con el presente. En esencia, la sanación ancestral es hacer las paces con el pasado para liberar el presente y el futuro.
Cuando trabajo con gente o hablo a las audiencias sobre esto, frecuentemente hago una simple pregunta: «¿qué historia cargas que no es tuya, pero todavía vive en ti?”. Algunas veces la respuesta viene con lágrimas, a veces con silencio. Pero una vez que la historia es nombrada, puede transformarse. A través de rituales, reflexión guiada o trabajo comunitario, la sanación ancestral permite a liberar el dolor heredado y acceder a la fortaleza heredada. No se trata de venerar adorar el pasado, sino de liberar el futuro.
Si deseamos construir sociedades caribeñas más sanas, debemos ir más allá de tratar síntomas, y comenzar a sanar la raíz que los causa. Esto significa enseñar inteligencia emocional a los niños tanto como éxito académico, brindar a las comunidades acceso al cuidado de la salud mental que honra la cultura, y crear espacios donde los mayores pueden dar a conocer la sabiduría antes de que desaparezca. También significa reconocer que los mismos descubrimientos científicos, que ahora se hacen en universidades y laboratorios, han existido desde hace mucho en nuestras tradiciones orales, nuestras canciones y nuestras ceremonias.
Nuestros ancestros sobrevivieron lo inimaginable. Nos dejaron sus cicatrices, pero también su fortaleza. Al entender la biología del trauma y la sabiduría de la sanación ancestral, tenemos una oportunidad para unir esos dos mundos. Así podemos restaurar algo que ha faltado por mucho tiempo: un sentido de pertenencia con nosotros mismos, con nuestras comunidades y con las generaciones que vendrán.







