Entre la sobrevivencia y la decencia: Cómo un terremoto reveló la disparidad de género en Bangladesh

A society policing women’s bodies even in moments of survival. Cover Remix by Abhimanyu Bandyopadhyay.

Una sociedad que controla los cuerpos de las mujeres, incluso en situaciones de vida o muerte. Diseño de portada de Abhimanyu Bandyopadhyay, utilizado con autorización.

La mañana del 21 de enero de 2025, un devastador terremoto de magnitud 5,7 azotó a Bangladesh y causó la muerte de al menos diez personas y dejó más heridos. Las oficinas acababan de abrir y algunos seguían en sus casas cuando muebles y decoraciones empezaron a temblar a las 10:38 horas.

Desde Narsingdi hasta Daca, Mymensingh, Khulna y Sylhet, la gente huyó de sus oficinas y hogares mientras los temblores sacudían el país. Muchos declararon que nunca habían vivido un temblor tan intenso como el que arrasó el centro de la capital. Rápidamente, las redes sociales se colmaron de publicaciones que describían el miedo y la confusión del momento.

Sin embargo, el choque de las placas tectónicas no fue la única colisión. Poco después, las políticas de género de Bangladesh también comenzaron a quebrarse. Mientras los edificios oscilaban y el país entero corría para buscar un lugar seguro, la comunidad en línea del país decidió que era el momento perfecto para hacer una pregunta extremadamente urgente: ¿deberían las mujeres cubrirse con un hiyab o pañuelo antes de correr para salvarse? La respuesta de algunos grupos fue que sí. Cuando el suelo se agrietaba, un sector del país estaba más preocupado por saber si las mujeres estaban lo suficientemente “cubiertas” mientras evacuaban las estructuras colapsadas. A los pocos minutos, se formaron dos bandos en las redes sociales de Bangladesh: uno insistía que los hiyabs y pañuelos deben usarse incluso durante un terremoto, mientras que el otro preguntaba por qué se les exige a las mujeres que carguen con esta responsabilidad en medio de un desastre natural.

Una mujer declaró que se negó a evacuar porque la tela de su salwar era demasiado fina. Otra mujer lamentó la ansiedad cultural que se manifiesta en esa eterna pregunta: “¿qué dirán?”. La activista Seema Akhter fue directo al grano: “Cuando arrasa un terremoto, todos intentan salvarse. Las mujeres de Bangladesh buscan sus pañuelos”. Ojalá estuviese equivocada.

Cada vez que el suelo tiembla, Bangladesh encuentra la forma de convertir una catástrofe en un referéndum sobre la vestimenta de la mujer. Este caso no fue diferente. Antes de formular planes de emergencia o de realizar un estudio de la integridad estructural, el país se encontró inmerso en otra guerra cultural sobre el uso del pañuelo o hiyab. Luego, inevitablemente, llegó el coro de los autoproclamados guardianes de la moral, los hombres cisgénero, heterosexuales y musulmanes de Bangladesh, a dar lecciones de devoción a las mujeres durante una emergencia nacional. Muchos aseguraron que lo primero que debe hacer una mujer es cubrirse, ya que el terremoto fue una señal de “la ira de Alá”, y argumentaron que la decencia de toda mujer es más importante que su seguridad. Si este es el discurso que predomina durante un desastre natural, ¿qué esperanza nos queda? Sus publicaciones se viralizaron. Su soberbia empeoró.

Aclaremos, no soy experto de la religión. Naturalmente, hice lo que cualquier persona razonable del siglo XXI haría: lo busqué en Google. Sorprendentemente, no existe mandamiento alguno en el islam que exija que las mujeres se detengan en medio de una evacuación para buscar un pañuelo. Es más, la jurisprudencia del islam es muy precisa en lo relativo a las emergencias. El principio fundamental del islam determina que preservar la vida es primordial. Si una mujer se encuentra en peligro, debe priorizar su supervivencia antes que su decencia.

Esta lógica no es tan difícil de entender. Si toda persona puede detener una oración para escapar de un terremoto, una mujer puede evacuar un edificio sin encontrarse en un estado perfecto de decencia. La vida siempre es una prioridad. Pero, al parecer, el patriarcado es aún más importante que la vida.

Entonces, ¿por qué las mujeres siguen buscando sus pañuelos durante las catástrofes? La respuesta es que el patriarcado y las normas sociales han inculcado la decencia, la vergüenza y el miedo de tal manera que, incluso al correr riesgo de muerte, la opinión pública representa una amenaza más grave que la inestabilidad del suelo.

¿Deberíamos burlarnos de estas mujeres? Por supuesto que no. Son víctimas de un sistema que fue diseñado para disciplinarlas. ¿Deberíamos atacar a quienes expresan su frustración en línea? Tampoco. Su ira también está justificada. Lo que debemos cuestionar es la cultura que obliga a las mujeres a elegir entre sobrevivir y “ser respetables”. Al fin y al cabo, lo importante es que cada persona pueda tomar sus propias decisiones. Siempre que todos se mantengan sanos y salvos, se debe aceptar y rezar a Alá para que brinde misericordia y seguridad.

Bangladesh no es un país mayoritariamente musulmán, por lo que la ley no obliga a las mujeres a respetar el código de vestimenta del islam. Sin embargo, muchas mujeres aún se ven presionadas por sus familias, de forma sutil pero persistente. Si se niegan a cubrirse, suelen ser humilladas por familiares, vecinos y extraños. Aunque el artículo 28 de la Constitución de la República Popular de Bangladesh prohíbe la discriminación de género y consagra la igualdad entre los hombres y las mujeres en todas las esferas de la vida pública, este derecho no existe en la práctica. Las mujeres sienten que no pueden ejercer su derecho sagrado a ser libres e independientes por la estructura patriarcal de la sociedad.

Un estudio reciente de la Fundación Manusher Jonno y DNET, reveló el trasfondo de esta cultura:

44% believe women in hijab are “good girls.”

66% say women who follow religious rules are “good girls.”

63% brand women in “western clothing” as “bad girls” destroying society.

El 44% cree que las mujeres que usan hiyab son “buenas chicas”.

El 66% considera que las mujeres que respetan las normas religiosas son “buenas chicas”.

El 63% describen a las mujeres que usan “vestimenta occidental” como “malas chicas” que destruyen la sociedad.

Al considerar estadísticas como estas, ¿realmente nos sorprende que, incluso ante un terremoto tan catastrófico, el país no se haya obsesionó con los sistemas de respuesta a las emergencias o la seguridad de los edificios, sino en quién usó un pañuelo y quién no?

Es importante mencionar que, desde el colapso del mandato de Sheikh Hasina en agosto de 2024, la violencia de género en Bangladesh se ha incrementado drásticamente. Asimismo, los islamistas más radicales se están beneficiando de la inestabilidad política y están utilizando la religión como excusa para gobernar, silenciar y controlar a las mujeres. En los deportes, en el entretenimiento y en la vida pública, a las mujeres las están desplazando los hombres.

El terremoto del 21 de enero no causó esta disrupción; la expuso.

Tal vez el ejemplo más claro de la doble moral de Bangladesh se encuentra en las imágenes de CCTV del Salón Shahidullah, una de las residencias más antiguas de la Universidad de Daca. Durante el temblor, los universitarios hombres bajaron rápidamente las escaleras con toallas, pantalones cortos o incluso con el pecho descubierto. Nadie los reprendió por su falta de decencia. Nadie los acusó de invocar la ira divina. Nadie les exigió que se cubrieran.

¿Qué ley los controlará? ¿Qué fetua los humillará?

Esta doble moral prospera en el contexto político, que es cada vez más hostil hacia las mujeres. El 23 de mayo de este año, Hefazat-e-Islam (un grupo de activismo islamista del movimiento deobandi) convocó a los bangladesíes a protestar a favor de que se descarte el informe de la Comisión de la Reforma de las Mujeres, a la que llaman la “Comisión de Prostitutas”.

Igualmente, en julio, el Banco de Bangladesh emitió un aviso oficial en el que exigía a sus empleadas el uso de un sari o salwar kameez con un pañuelo, prohibía las mangas cortas y los pantalones ajustados, y regulaba el largo de su ropa. Considerando la situación actual, no es difícil entender el porqué de estas pautas. Desde la revolución de julio en Bangladesh, muchos se empeñaron en construir e implementar una cultura determinada. Lo que vemos ahora refleja ese esfuerzo colectivo.

Para saber qué tan lejos puede llegar esto, observemos lo que sucede en Afganistán. Cerca de la medianoche del último día de agosto, el país fue azotado por un catastrófico terremoto que provocó la muerte de aproximadamente 2000 personas, dejó miles de heridos y dañó establecimientos de salud y hogares. A través de los pueblos devastados del distrito montañoso de Nurgal, en Kunar, las mujeres permanecieron bajo los escombros sin ser examinadas, ya que no había mujeres entre el personal de salud, y el régimen talibán prohíbe que los hombres las toquen. Mujeres perdieron la vida porque las normas de los hombres eran más sagradas.

¿Bangladesh está destinado a caer en ese mismo abismo? Quizás aún no. Pero es indudable que, poco a poco, el país se está convirtiendo en una utopía para la supremacía de los hombres cisgénero y heterosexuales. Ante el descontrol ocasionado por el colapso del mandato de Sheikh Hasina, apareció un nuevo modelo de masculinidad musulmana en Bangladesh, caracterizado por una postura contraria a la Liga Awami y al laicismo, y partidaria de la ortodoxia, la misoginia y el ultranacionalismo bangladesí. Esta figura, frecuentemente conocida como “el hombre musulmán Tauhidi”, ha asumido un papel de árbitro moral: regula la vestimenta de las mujeres, restringe sus movimientos e impone códigos religiosos estrictos en su vida pública y privada. La psiquis de este tipo de musulmán bangladesí aún percibe a los hombres como “todos” (la mayoría) y a las mujeres como «nadie» (la minoría), y considera al patriarcado como el orden natural en lugar de un sistema. Esconde la misoginia detrás de una fachada de moralidad religiosa. Así, asegura que las mujeres internalicen estas exigencias y las impongan por sí mismas.

Por lo tanto, es esencial olvidar todo lo aprendido. Las mujeres, usen el hiyab o no, deben cuestionar su propia misoginia internalizada, el adoctrinamiento que las responsabiliza de su honor, decencia y pureza. Durante años, la religión y la cultura han sido excusas para la discriminación de género. Las mujeres deben unirse para rechazar esta carga. Si no resisten ahora, la regresión social solo empeorará.

El cambio no llegará de un día para el otro. Pero no llegará nunca si las mujeres continúan acorraladas por los debates de pañuelos mientras la nación sufre un colapso económico, político y moral.

La mañana de aquel viernes, el suelo tembló. Pero lo que más nos desequilibró fue que, en una situación de vida o muerte, Bangladesh no le preguntó a las mujeres “¿están bien?”, sino “¿se cubrieron?”.

Y, hasta que desaparezca esa pregunta, ningún plan de gestión de desastres puede salvar al país.

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