Comunidades indígenas de Nepal pagan un alto precio por intervenir en comercio ilegal organizado de vida silvestre

Two greater one-horned rhinoceroses at Chitwan National Park in Nepal.

Dos rinocerontes de un cuerno en el parque nacional de Chitwan, en Nepal. Imagen de Wikimedia Commons (licencia CC BY-SA 4.0).

Este artículo se presentó en el marco de la convocatoria Justicia Climática de Global Voices, que reúne a periodistas de países de habla china y de la mayoría global para investigar los efectos de los proyectos de desarrollo chinos en el extranjero. Más historias aquí.

El comercio ilegal de especies silvestres, que la Interpol valoró en 20,000 millones de dólares al año en 2023, es la cuarta industria delictiva y de tráfico más lucrativa, solo por detrás de las drogas, los seres humanos y las armas. La mayor parte de especies silvestres acaba en China y el Sudeste Asiático, donde se utilizan principalmente en la medicina tradicional o como carne de caza.

Nepal es tanto el origen como el lugar de tránsito del tráfico de vida silvestre, y durante mucho tiempo ha prosperado como ruta para el comercio ilegal. Si bien las autoridades han logrado proteger a mamíferos emblemáticos y carismáticos, como tigres, rinocerontes y leopardos, el país sigue siendo un importante punto de tránsito para especies silvestres menos populares.

Por eso, Nepal tiene algunas de las leyes más estrictas en materia de delitos contra la fauna silvestre. Por ejemplo, quien sea sorprendido participando en matanza, caza furtiva, transporte, venta o compra del pangolín, que figura en la lista de especies protegidas del país, será castigado con una multa de un millón de rupias (6900 dólares) y hasta 15 años de cárcel.

A pangolin, which can be found on the Indian Subcontinent.

Un pangolín, especie rara en peligro de extinción que se puede encontrar en el subcontinente indio. Imagen de Animalia.com (licencia CC BY 4.0).

Sin embargo, en la mayoría de los casos, los miembros de las comunidades indígenas a quienes se recluta habitualmente para la caza furtiva de diversos animales y plantas en peligro de extinción acaban detenidos y procesados, mientras que los principales responsables y cabecillas rara vez son capturados. Muchos de quienes se han visto involucrados en este comercio no son delincuentes empedernidos, sino personas normales que esperan ganar dinero extra para sobrevivir.

En 2019, en una entrevista con Nepali Times, Bishnu Adhikari, de 24 años, que cumplía condena en la cárcel central de Katmandú, dijo:

My friend came to me with the package and suggested we go together to sell it, and split the money. I knew it was pangolin scales but didn’t know that punishment was so harsh if we were caught. I was doing it for money, anyone would — it is difficult raising a family.

Mi amigo vino a verme con el paquete y me propuso que fuéramos juntos a venderlo y nos repartiéramos el dinero. Sabía que eran escamas de pangolín, pero no sabía que el castigo era tan severo si nos atrapaban. Lo hice por dinero, cualquiera lo habría hecho, es difícil mantener a una familia.

Bikash Chhetri, de 17 años, estudiante de undécimo grado, también fue acusado de contrabando del pangolín. Viajaba en motocicleta con unos amigos de la universidad cuando fueron interceptados por agentes de la Oficina Central de Investigación de Nepal, que descubrieron escamas de pangolín en la mochila de uno de sus amigos.

«Sabía que el contrabando de pangolines era ilegal, pero no sabía que él lo llevaba», dijo Chhetri en una entrevista con este autor. «Nunca se me ocurriría revisar las pertenencias de mi amigo. Confiaba en él. No sé si podré pagar la fianza, pero espero que el Estado me proteja y tenga en cuenta mi situación».

Tanto Adhikari como Chettri fueron condenados a cinco años de prisión. Y aunque ambos tenían algún conocimiento sobre los pangolines y su situación, la mayoría de los indígenas y la población local suelen desconocer la situación de protección o la importancia de la fauna silvestre para cuyo contrabando, manipulación y transporte se les recluta.

«La mayoría de los indígenas que participan en el comercio de vida silvestre en Nepal no lo hacen tanto por motivos delictivos sino porque es su medio de subsistencia o una fuente de ingresos adicionales, y la mayoría de las veces se trata de matanzas oportunistas», afirma el investigador de vida silvestre Kumar Paudel, de Greenhood Nepal, en entrevista con Global Voices. «Y, en la mayoría de los casos, son explotados por los altos mandos del crimen organizado, ya que suelen proceder de comunidades más pobres que viven cerca de la fauna silvestre o en zonas cercanas a la frontera».

Tras entrevistar a más de 150 personas condenadas por delitos contra la fauna silvestre en Nepal, donde descubrió que la mayoría eran pobres, analfabetos y pertenecían a grupos marginados, Paudel presentó una petición ante el Tribunal Supremo en 2018 en respuesta a la posesión privada de partes de animales silvestres y la exhibición pública de las mismas por parte de miembros influyentes de la sociedad. Tras cinco años, la Corte Suprema falló a favor de Paudel y ordenó al Gobierno que aplicara la ley de manera plena, justa y coherente.

Población indígena y fauna silvestre

A beach in Chitwan National Park, where local Indigenous communities have been recruited in helping to protect wildlife and facilitate tourism to the park.

Una playa en el parque nacional de Chitwan, donde se ha reclutado a comunidades indígenas locales para ayudar a proteger la vida silvestre y facilitar el turismo en el parque. Imagen de Wikimedia Commons (licencia CC BY-SA 4.0).

En las colinas del oeste de Nepal vive la comunidad indígena seminómada Chepang, que tiene una larga tradición de comer pequeños murciélagos frugívoros. Desde hace más de 15 años, Dibesh Karmacharya, del Centro de Dinámica Molecular de Nepal en Katmandú, investiga las enfermedades emergentes y reemergentes, y esta comunidad del distrito de Makwanpur, junto al parque nacional de Chitwan, fue seleccionada por su comportamiento de alto riesgo.

«Se sabe que los murciélagos albergan muchos virus y bacterias que no son perjudiciales para ellos, pero cuando los seres humanos se exponen a estos microbios, pueden mutar y convertirse en patógenos, y algunos con una transmisibilidad muy alta. Ese fue precisamente el caso de muchas epidemias y pandemias que conocemos, como el ébola, el VIH, diversas gripes e incluso los coronavirus», explica Karmacharya a Global Voices.

Mientras el equipo de Karmacharya examinaba a la comunidad en busca de diversos virus y microbios, también descubrió una tasa muy elevada de encarcelamientos por caza furtiva entre la población local de Chepang.

«Las comunidades indígenas suelen estar marginadas y están en la parte más baja de la escala socioeconómica, por lo que necesitan algún ingreso. Como son cazadores-recolectores y conocen bien el terreno y la fauna silvestre, se les recluta para la caza furtiva», añade Karmcharya. «Pero, en la mayoría de los casos, son quienes acaban capturados y culpados de todo, lo que pone de manifiesto las limitaciones cruciales de nuestro sistema judicial».

Clima y patógenos

El aumento de las temperaturas ha provocado que los vectores que transmiten patógenos, así como los animales, también se estén desplazando. Un ejemplo clásico es el de los mosquitos, que están llegando a altitudes más elevadas en las montañas y provocando brotes de malaria en regiones que antes no se veían afectadas por esta enfermedad.

Del mismo modo, a medida que aumenta la temperatura, los glaciares se derriten y las zonas anteriormente alpinas y áridas se vuelven exuberantes y verdes. Por esto, muchos mamíferos, como los leopardos comunes que están en las colinas, suben a la montaña y pueden interactuar con los leopardos de las nieves y compartir hábitats.

Desde una perspectiva epidemiológica, estos encuentros suponen un alto riesgo de aparición y reaparición de nuevas enfermedades infecciosas. Por ejemplo, a medida que el clima empeora, las personas buscan nuevas zonas para cultivar. Pero en el proceso de conversión de la tierra, que incluye la tala de bosques, los seres humanos pueden entrar en contacto con diversos animales salvajes. Podría producirse una propagación, en la que los virus de los animales se transmitan a los seres humanos, lo que podría tener un papel patógeno y causar enfermedades.

Lo mismo se aplica a la caza furtiva y al comercio de vida silvestre. Ya hay informes sobre diversos animales, incluidos tigres, que se están desplazando hacia las montañas. «El mercado final de las partes de tigre y rinoceronte se destina en su mayor parte a la medicina tibetana, pero a lo largo de la cadena de valor del crimen organizado, el riesgo de contraer enfermedades es mayor para quienes matan, manipulan y extraen los órganos», añade Karmacharya. «Tal como están las cosas, las comunidades indígenas tienen acceso limitado a atención de salud y nutrición, lo que las hace más susceptibles a las infecciones».

Bengal tigers in Nepal.

Tigres de Bengala en Nepal. Imagen vía Wikimedia Commons (licencia CC BY 2.0).

En los primeros días de la pandemia de COVID-19, se especuló con que el nuevo coronavirus había pasado de los pangolines a los seres humanos, pero se ha demostrado que era infundado.

Los pangolines son los mamíferos más traficados del mundo. Se cree que las escamas del oso hormiguero tienen propiedades medicinales y se utilizan en la medicina tradicional china, además de consumirse como alimento exquisito en algunas partes de Asia. 

Tulshi Laxmi Suwal, de la Fundación para la Conservación e Investigación de Pequeños Mamíferos, que hizo su doctorado sobre los pangolines de Taiwán, afirma que existe una relación entre el clima, el aumento del contacto entre los seres humanos y la fauna silvestre y la aparición de nuevas enfermedades.

«El cambio climático está afectando directamente a su alimentación y a su hábitat. Los pangolines necesitan mucha agua para limpiarse, y si no pueden hacerlo, los ectoparásitos que se encuentran bajo sus escamas pueden liberarse fácilmente en su entorno. Del mismo modo, si no tienen suficiente agua para beber, también pueden liberarla en sus excrementos», explica Suwal.

El camino a seguir

El investigador Kumar Paudel afirma que es necesario reformar las fuerzas del orden para que no se guíen por el número total de detenidos, sino por el objetivo de disuadir a las personas de participar en el tráfico. Esto implica una aplicación justa y responsable de la ley, de modo que los indígenas y los pobres no se vean afectados desproporcionadamente, sobre todo teniendo en cuenta que los cabecillas de estas organizaciones criminales suelen poder permitirse protección política.

«Es necesario investigar a los altos mandos del comercio, a las personas que no son tan fáciles de sustituir como las de los niveles inferiores», dice Paudel. «Y aunque las comunidades pobres e indígenas participan en los delitos contra la fauna silvestre, no participan principalmente para poder comprar alimentos o productos básicos, sino para obtener ingresos adicionales. Esto significa que las opciones de subsistencia no son suficientes, es necesario un cambio de comportamiento y una sensibilización sobre la conservación, y eso lleva tiempo».

La falta de educación y sensibilización sobre las especies en peligro de extinción y la falta de mejores oportunidades de medios de vida alternativos se han identificado como algunos de los factores que explican la participación de las comunidades indígenas en el comercio ilegal de vida silvestre. Por eso, hay muchos reincidentes, ya que muchos vuelven a dedicarse al mismo comercio tras salir de la cárcel.

La solución puede estar en pequeños incentivos locales que ayuden a las comunidades a darse cuenta de la importancia de la conservación, al tiempo que las empoderan social y económicamente. Un ejemplo es la Ruta del Pangolín en el bosque comunitario Bagh Bhairav, en Kirtipur, Katmandú.

Después de que su estudio reveló que el bosque comunitario era un hábitat para pangolines y aves protegidas, la Fundación para la Conservación e Investigación de Pequeños Mamíferos construyó una ruta de excursiones en la zona en 2019, que fue entregada a la comunidad local para su cuidado, y para que gestionaran también los ingresos generados por los turistas y estudiantes que acuden para realizar ecoturismo. El Gobierno local ha ampliado la ruta, ha añadido un centro de información y lleva a cabo campañas de limpieza.

Esto dio a los indígenas locales pertenecientes a la comunidad tamang, formada por cien hogares, un sentido de pertenencia y capacidad de acción. Una de las mujeres locales, Sun Laxmi Pakhrin (tamang), es la primera ciudadana científica de la zona. Aunque no tiene estudios formales, ahora trabaja en la protección del pangolín con diversos datos y sistemas de seguimiento por GPS, y está aprendiendo a utilizar cámaras trampa con el apoyo técnico de la Fundación para la Conservación e Investigación de Pequeños Mamíferos.

Incluso la comunidad, antes famosa por los robos, el tráfico de drogas y la caza furtiva, ahora se ha reformado. Las familias también se dedican a pequeños negocios, como la avicultura.

Suwal afirma: «Las mujeres de las comunidades indígenas ocupan ahora puestos de responsabilidad y son las guardianas de la naturaleza y la fauna silvestre. Sin embargo, dada la absoluta injusticia a que enfrentan estas comunidades por el mero hecho de proteger a los animales que se utilizan en la medicina tradicional en China y otros lugares, China podría apoyar a estas comunidades locales con educación y medios de vida alternativos».

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