
Congestionada avenida en Karachi, Pakistán. Imagen de Wikimedia Commons, vía Wikimedia Commons (CC BY 2.0).
Este artículo se presentó en el marco de la convocatoria Justicia Climática de Global Voices, que reúne a periodistas de países de habla china y de la mayoría global para investigar los efectos de los proyectos de desarrollo chinos en el extranjero. Más historias aquí.
En los países en desarrollo, la red eléctrica no es solo un sistema técnico. Es la línea divisoria en la que convergen la pobreza, la vulnerabilidad climática y el poder global desigual. Más de 70% de la población mundial ahora vive bajo la presión del “trilema de energía”: asegurar electricidad confiable, garantizar acceso asequible y reducir las emisiones, tres objetivos que casi nunca se juntan en países de ingresos medios y bajos.
En esa tensión entra China. En los últimos 20 años, China ha construido la cadena de suministro de energía renovable más extensa, paneles solares, turbinas eólicas, baterías, líneas de transmisión y la capacidad industrial de usarlas con velocidad y amplitud. Esta maquinaria industrial ahora llega más allá de las fronteras de China, da forma a las transiciones energéticas de países desde África oriental al sur de Asia.
Para muchos Gobiernos que enfrentan aumentos en el costo de los combustibles y limitadas finanzas públicas, el sector de energía de China ofrece algo que los países en desarrollo no han han logrado proveer repetidamente: infraestructura entregad rápidamente, precios razonables y sin las ataduras políticas que suelen tener los préstamos de Occidente. Pero esta oportunidad llega con sus propias contradicciones insertas: vulnerabilidades que se vuelven notoriamente visibles en lugares como Pakistán.
La promesa: Bajar las barreras a energía limpia
La igualdad energética sigue siendo una de las injusticias más persistentes en los países en desarrollo. Cientos de millones de personas siguen sin tener electricidad confiable y los desastres climáticos destruyen con frecuencia redes frágiles. El ecosistema de energía renovable de China, impulsado por la exportación, genuinamente rebaja el umbral para adoptar energía limpia. En el sur de Asia, el uso de energía solar y eólica se volvió financieramente factible porque las manufacturas chinas llevaron a la disminución de los precios globales.
Un nuevo Índice del Trilema de Energía de los Países en Desarrollo (能源不可能三角), elaborado por la Universidad Renmin de China, destaca esta realidad. Desde 2000, la mayoría de los países en desarrollo han mejorado en acceso y seguridad de energía, sobre todo a través de crecimiento económico y expansión de infraestructura. Pero la sostenibilidad ambiental sigue siendo baja en la región. Uno de los hallazgos centrales es simple: sin reducciones de costos drásticas en tecnologías limpia, la mayoría no puede dejar de depender de combustibles fósiles.
Esta es la brecha que China busca llenar. Sus módulos solares, baterías y equipos eléctricos permiten a países como Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka impulsar las energías renovables incluso con una capacidad fiscal limitada. La justicia climática, en este caso, no es abstracta: la tecnología asequible determina directamente si los países pueden satisfacer sus necesidades básicas sin profundizar la dependencia del carbono.
La contradicción: dependencia estructural y “déficit de inversión”
Sin embargo, la justicia climática también exige preguntar quién asume los riesgos de la transición energética y si las nuevas formas de dependencia reemplazan a las antiguas.
Pakistán ilustra este panorama complejo. Si bien ocupa un lugar relativamente alto en el Índice del Trilema Energético (puesto 51 de 196 países), su progreso es frágil. El país tiene un enorme déficit de inversión: incapacidad estructural para movilizar los 101 billones de dólares necesarios para 2030 para la transición energética, agravada por la inestabilidad monetaria, la deuda circular y la volatilidad de la inversión extranjera.
Aquí es precisamente donde interviene China y donde surgen las tensiones. Pakistán depende en gran medida de la tecnología importada por su falta de capacidad de fabricación nacional. Los equipos solares fabricados en China hacen posible la energía limpia, pero también exponen a Pakistán a fluctuaciones en el tipo de cambio, variaciones en los costos de importación y una dependencia tecnológica a largo plazo.
Al mismo tiempo, las antiguas centrales de carbón construidas en el marco de las fases anteriores de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, su proyecto de conectividad y desarrollo internacional iniciado en 2013, siguen gravando a Pakistán con pagos fijos por capacidad. Esto significa que Pakistán debe miles de millones de dólares anuales a productores independientes de energía, muchos chinos. Estos contratos reducen el margen fiscal disponible para inversiones en energías limpias.
La paradoja es dolorosa: los paneles solares baratos de China aceleran la transición de Pakistán, pero las anteriores inversiones en carbón han encerrado al Gobierno en ciclos de deuda que socavan el mismo cambio que China ahora apoya.
La vulnerabilidad: los desastres climáticos dejan atrás los planes de transición
La justicia climática en el sur de Asia no puede ignorar la exposición física de la región. Pakistán es uno de los países más vulnerables al clima: calor abrasador, sequías recurrentes, deshielo de glaciares y catastróficas inundaciones monzónicas. En 2022, las inundaciones anegaron un tercio del país y destruyeron la infraestructura eléctrica nacional.
La vulnerabilidad climática de Pakistán no solo la causa China, ni se limita a un solo socio. Gran parte de la inseguridad energética de Pakistán proviene de su dependencia del gas natural licuado, sistema configurado principalmente por proveedores del Golfo y Occidente, y por decisiones políticas internas que aprisionaron al país en contratos a largo plazo denominados en dólares. Cuando las reservas de divisas de Pakistán disminuyen, estos contratos colapsan, los envíos se cancelan y la escasez de energía se extiende por todo el país. Esta fragilidad existe independientemente de la participación de China. Sin embargo, inevitablemente afecta el impacto de la cooperación energética entre China y Pakistán: incluso los proyectos de energías renovables o de transmisión más ambiciosos respaldados por China deben operar dentro de un sistema energético desestabilizado por la volatilidad de los mercados globales del gas y por las decisiones de múltiples actores externos. En otras palabras, China se adentra en un panorama ya fracturado, en el que la dependencia de combustibles importados, creada conjuntamente por Pakistán, proveedores del Golfo, empresas occidentales e instituciones financieras globales, continúa ampliando el riesgo climático.
La justicia climática exige que la cooperación energética no solo reduzca las emisiones sino que también fortalezca la resiliencia de las comunidades que ya sufren pérdidas y daños climáticos.
La oportunidad: Un modelo diferente de participación
A pesar de las contradicciones, el potencial de China en los países en desarrollo es único. A diferencia de los donantes occidentales, cuya financiación climática es fragmentada y lenta, China puede movilizar infraestructura a gran escala con rapidez. A diferencia del capital privado, puede tolerar plazos de recuperación más largos. A diferencia de las instituciones multilaterales, no impone austeridad como condición para recibir apoyo.
Pero la justicia climática requiere algo más que velocidad. Requiere estrategias que redistribuyan los riesgos, y los aleje de los más vulnerables.
Para desempeñar un papel verdaderamente transformador, China necesitaría replantear su modelo de colaboración. En lugar de depender de préstamos aislados, proyecto por proyecto, su cooperación tendría que avanzar hacia una planificación regional a largo plazo que fortalezca la resiliencia en lugar de profundizar la fragilidad fiscal. Este cambio requeriría una transferencia significativa de tecnología y apoyo a la fabricación local, para que los países no se vean atrapados en una dependencia permanente de equipos importados. También implicaría afrontar la carga de contratos heredados con un alto nivel de deuda, especialmente aquellos vinculados a inversiones anteriores en carbón que ahora obstaculizan la adopción de energías limpias. Y, en última instancia, cualquier alianza energética eficaz debe centrarse en las necesidades y experiencias vividas a nivel comunitario, no solo en indicadores a nivel estatal o cálculos geopolíticos.
La creciente influencia de China en el sur de Asia ya está transformando la geopolítica, pero la pregunta más profunda es si esta influencia también transformará la justicia climática global.
¿Apoyará China a países como Pakistán para que naveguen la transición sin caer en una mayor deuda y vulnerabilidad? ¿Sus exportaciones de energías renovables fortalecerán a las comunidades o las envolverán en otro ciclo de dependencia? ¿El futuro energético del sur de Asia estará determinado por las necesidades locales o por los intereses estratégicos de una gran potencia en ascenso?
Las respuestas dependerán de cómo China interprete su doble identidad: el mayor productor y exportador de energía renovable del mundo, pero también un país en desarrollo que reivindica su solidaridad con los países en desarrollo.






