Un nuevo y aterrador sonido

Composición vía Canva hecha con capturas de pantalla del video de YouTube del canal del Diario El Comercio Caracas, Venezuela, 3 de enero de 2026. Uso legítimo.

A las 02:00 horas del 3 de enero de 2026, nos despertó repentinamente una explosión. No había duda alguna: nos estaban bombardeando. Caracas, quizás la ciudad más ruidosa de Venezuela, había caído en un extraño silencio aquel diciembre. Las familias permanecían en sus casas, abrazadas a la esperanza de una Navidad y un Año Nuevo calmo y armonioso antes de lo que todos sabían que estaba por venir: la caída del presidente Nicolás Maduro, el dictador que había gobernado sin piedad la nación desde 2013, luego de la muerte de su predecesor, Hugo Chávez.

Las explosiones continuaron por casi dos horas, sin información oficial emitida por el Gobierno de Venezuela. Mientras tanto, cientos de videos inundaban las redes sociales: por primera vez en la historia moderna, la ciudad de Caracas estaba bajo ataque del Ejército de Estados Unidos. En total, 12 instalaciones fueron atacadas: ocho en Caracas y el resto en los estados vecinos de La Guaira y Aragua.

Tres horas después, llegó la confirmación a través de una publicación en Truth Social del presidente estadounidense Donald Trump: Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido detenidos y los habían llevado a Estados Unidos para ser juzgados acusados de narcoterrorismo y tráfico de drogas. Luego, la ciudad cayó en un silencio mortal que duró todo el día. No hubo protestas ni celebraciones; solo silencio, evaluación de los daños y espera.

Durante los últimos 13 años, escuchamos todo tipo de sonidos: miles de «cacerolazos«, personas que golpeaban cacerolas vacías en la noche, protestando en secreto desde la seguridad de sus hogares; las fuerzas militares y policiales violentaban las manifestantes; latas de gas lacrimógeno golpeaban ventanas; las estridentes amenazas de los colectivos; voces que gritaban insultando a Maduro: «Maduro, coño de tu madre». Escuchamos disparos, pedidos de ayuda durante momentos de represión y soportamos interminables noches de silencio y sin dormir luego de acontecimientos particularmente impactantes. Sin embargo, nada se compara con el sonido de bombas que caen en la oscuridad cerca de tu casa.

Nunca imaginé que iba a temer el ruido de una bomba. Parecía que el tiempo se desaceleraba: la alteración del aire, el lanzamiento de un arma diseñada para destruir, su camino en el cielo y por último la inmensa explosión que deja.

Pensé que los venezolanos ya habían escuchado todos los sonidos que un país podía ofrecer. Pero esto fue algo nuevo, aterrador por su novedad.

Más tarde, la gente salió solo por lo básico: compras de supermercado, medicina, agua y gas. El transporte público quedó suspendido y muy pocos supermercados y farmacias se atrevieron a abrir, la mayoría bajo protección policial para evitar lo que los «caraqueños» más temen: olas de saqueos. En filas que duraban horas, las personas susurraban las noticias y recitaban muchas preguntas sin respuesta: ¿qué ocurrirá ahora? ¿Asumirá Delcy el poder? ¿Cuántos han muerto? ¿Esto habrá sido para mejor o para peor? ¿Bombardearán a los ciudadanos? ¿Deberíamos celebrar? ¿Habrá comida en el supermercado hoy para alimentar a nuestras familias?

Si tuviese que describirlo, sería el sonido de la incertidumbre, de miedo y contradicción.

Fuera del país, sobre todo en ciudades en donde viven muchos venezolanos, como Nueva York, Madrid y Santiago de Chile, los venezolanos están celebrando públicamente el arresto de Maduro. Para muchos, parece que por fin se ha hecho justicia. Dentro de Venezuela, es diferente. Las personas están lidiando con incertidumbre y sobrevivencia.

Era también difícil celebrar cuando no sabíamos todavía el costo humano de lo que habíamos vivido: nuestra ciudad había sido bombardeada. Ahora tenemos un panorama más claro. Según la información de los medios locales, se confirmaron las muertes de 18 oficiales del Ejército, junto con un civil —una mujer en La Guaira— y al menos 80 heridos. Aún así, el impacto total en la infraestructura no está claro, así como tampoco el impacto que tendrá en la vida cotidiana.

Los ataques aéreos fueron violentos, por supuesto, como todas las conmociones. Desde agosto de 2024, las crecientes tensiones militares nos han hecho prever la posibilidad del derrocamiento de Maduro. Numerosos ataques aéreos contra los barcos venezolanos en el Caribe terminaron con la vida de más de cien personas, todo sin transparencia, evidencia de tráfico de drogas o siquiera una explicación de por qué no se podía detener a los traficantes y juzgarlos en un tribunal.

Todavía no sabemos los nombres completos de muchos de quienes murieron en el Caribe. Aunque muchos sostienen que los criminales peligrosos deberían ser tratados como tales, y que esta estrategia es fundamental para sofocar al régimen de Maduro, la verdad es que es solo otro ejemplo de cómo el sufrimiento venezolano ha sido normalizado, minimizado y tomado como símbolo por una causa sobre la cual nunca se nos dio información confiable.

Me he visto forzada a volver a revisar los videos del ataque aéreo del Caribe que comenzaron a inundar nuestro seguimiento semanal en agosto, fragmentos sin sonido de botes destruidos en el mar. Eran imágenes aterradoras, y ahora me encuentro imaginando los sonidos que deben haberlas acompañado: las olas, los helicópteros que sobrevolaban, el momento del lanzamiento, las últimas palabras y rezos. El sonido del miedo, supongo.

Hay algo particular sobre darse cuenta de que la guerra se está acercando a ti. Las imágenes, las emociones, los sonidos, incluso los aromas. Nos estamos acostumbrando a nuevas formas de violencia, represión y explotación.

El paisaje sonoro de la guerra, otro sonido añadido a un país ya brutalizado, otra entrada escalofriante en nuestro glosario de violencia.

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