
Iglesia Unida de Holland, en Holland Village, St. Elizabeth, Jamaica. El huracán Melissa arrancó el techo. Foto de Candice Stewart, utilizada con autorización.
No puedo decir que lamenté dejar atrás 2025; fue un año duro para Jamaica y, cuando menos, fue desconcertante ver cómo el privilegio de personas de los países desarrollados (y de algunas de países en desarrollo) se hacía evidente incluso antes de que el huracán Melissa tocara tierra. No todos podemos simplemente juntar nuestras cosas y evacuar el país. Esta isla es nuestro hogar. No tenemos adónde ir.
La tormenta fue enorme, con vientos y descensos de presión sin precedentes; por supuesto, preveíamos grandes pérdidas y daños, pero durante seis meses al año el Caribe vive bajo el azote de la temporada de huracanes del Atlántico. Algunos años salimos ilesos. Otros, recibimos los golpes. En 2025, Jamaica estuvo en la lista de impacto. En los días anteriores a una tormenta, no hay mucho por hacer más que resistir el azote, adaptarse aún más y seguir adelante.
El Caribe aporta apenas alrededor del 1% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, lo que hace que su papel directo en el calentamiento global sea mínimo en comparación con grandes emisores como Estados Unidos, China y la Unión Europea. Estos emisores de gases de efecto invernadero contribuyen a que se intensifiquen los sistemas meteorológicos y a fenómenos como las supertormentas. Por eso, por favor, cuida el tono al dirigirte a quienes vivimos en esta parte del planeta. Hacemos lo mejor que podemos con los recursos disponibles.
Este es el contexto en el que golpeó Melissa: una tormenta que se sumó a una realidad de injusticia. Antes de que tocara tierra, todo lo que podíamos hacer era esperar. Después, debemos seguir luchando por justicia climática, exigir a las agencias una mejor preparación ante desastres, impulsar viviendas e infraestructura más resilientes, reclamar procesos de recuperación con mayor perspectiva comunitaria e insistir en que los países con mayores emisiones asuman la responsabilidad global.
¿Qué hay en un nombre?
Me dijeron que el nombre “Melissa” es de origen griego y se traduce como “abeja melífera”, pero el 28 de octubre de 2025, en lugar de miel dulce, Jamaica sintió una picadura amarga, las parroquias del oeste se vieron gravemente afectadas. El saldo se sintió de manera personal, como si hubiéramos perturbado la colmena y amenazado a la reina. En realidad, la furia de Melissa provenía de aguas oceánicas particularmente calientes, condiciones propicias para alimentar una tormenta sobredimensionada. Simplemente, estábamos en su camino.
Melissa llegó, destruyó y desapareció, indiferente a las consecuencias. La tormenta dejó a los jamaicanos en un estado de angustia mental, física y financiera. Incluso con preparativos, planes y sistemas en marcha, nada podría habernos preparado para lo que venía. Desde su azote devastador, mi mente ha quedado en un estado de desnudez. No estoy seguro de cómo sentirme ni de cómo procesar mis emociones. Me descubro oscilando entre la gratitud por haber sobrevivido y la culpa por no haber sufrido el nivel de daños y desolación que otros han soportado. Es como estar de pie bajo el sol mientras otros reconstruyen en las sombras.
Voluntariado para quitar el aguijón
Me volqué a la acción para mantenerme ocupada y sentirme útil, canalicé mis emociones en brindar ayuda a algunas de las comunidades más afectadas. Saber que incluso los actos más pequeños tienen el poder de ayudar a otros hizo que el voluntariado me devolviera la alegría y la calma.
Opté por ofrecerme como voluntaria en la Cruz Roja de Jamaica, y a menudo estuve acompañada de miembros de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC), que trabajaban en comunidades de Westmoreland, Hanover, St. James, Trelawny y St. Elizabeth. A lo largo de estas tareas de asistencia, luché contra una sensación de abrumamiento interno, quizás incluso de disonancia, ya que aún no tenía certeza sobre la salud y la seguridad de mi propia familia y amistades de esas parroquias.
Además, fui testigo de la repentina aparición de zanjas y grietas donde antes había carreteras. Edificios sin techos, cimientos sin paredes, calles transformadas en ríos, hitos históricos reducidos a algo parecido a ruinas abandonadas, contenedores de hierro y acero volcados, tanques de agua destrozados, postes de alumbrado que antes estaban erguidos y ahora se asemejaban a barras inclinadas, y árboles tan desnudos como si la nube en forma de hongo de una bomba atómica hubiera arrasado con todo a su paso. También vi a personas que lloraban, con los ojos llenos de miedo, desconcierto y frustración.
Días después del temporal, entre las personas que conocí había madres jóvenes que buscaron refugio en casas de familiares y amigos. Al regresar a sus casas, las encontraron arrasadas; familias con niños que lograron escapar únicamente con la ropa puesta, personas sin ningún otro lugar adonde ir, obligadas a vivir en sus autos, y adultos mayores con movilidad muy reducida, que intentaban recomponer sus hogares y sus vidas. La situación ha sido devastadora en todo sentido.
Sin embargo, las lágrimas y la tristeza no fueron experiencias homogéneas, sino que estuvieron acompañadas de sonrisas cómplices, risas, interminables alabanzas a Dios y gratitud hacia los voluntarios que continúan haciéndose presentes y brindando ayuda de manera significativa.
Dulces reflexiones

Sala de espera del Centro de Salud de Petersfield, en Westmoreland, Jamaica. El techo del centro fue destruido durante el paso del huracán Melissa. Foto de Candice Stewart, utilizada con autorización.
Cada comunidad que visité reveló un rostro distinto de la resiliencia, marcado por el dolor y la gratitud, coexistía con innumerables historias de sobrevivencia tras la tormenta. El 15 de noviembre de 2025 acompañé al equipo de voluntarios al Centro de Salud de Petersfield, en Westmoreland, y, pese a la lluvia, sacamos los escombros. El techo del establecimiento estaba tan dañado que la mayoría de los objetos del interior eran irrecuperables. Ayudé a limpiar salas donde había agujas esparcidas por todas partes y el cielo raso yacía empapado en el suelo. A pesar de la devastación evidente, el personal presente se mantuvo esperanzado, positivo y agradecido de que la situación no hubiera sido peor.
Al día siguiente, también de lluvia, me ofrecí como voluntaria en Mount Peto, Bessiebaker y Axe-and-Adze, en la parroquia de Hanover, al noroeste de la isla. Mientras nuestro equipo avanzaba por la carretera, pasamos frente a una casa con una imagen inquietantemente estremecedora: la señora Sandra, permanecía de pie dentro de la estructura de su habitación, con un paraguas sobre la cabeza; su techo había desaparecido y solo las paredes de su vivienda seguían intactas. De inmediato la ayudamos a resguardarse y pusimos una cubierta temporal sobre su casa. A pesar de todo lo que había vivido, se mostró sumamente agradecida.
El 30 de noviembre de 2025 fui a Retrieve, en St. Elizabeth, donde miembros de la comunidad nos colmaron de agradecimientos verbales, apretones de manos y una cantidad enorme de bolsas y de maní, el único cultivo disponible de la cosecha de los agricultores en ese momento. Por último, aunque no menos importante, el 14 de diciembre de 2025 me sumé al equipo de voluntarios en Westmoreland. Durante una parada de descanso, un desconocido se me acercó para decirme lo feliz que se había sentido al vernos días antes en la comunidad de Salt Spring, en Montego Bay, donde él y otras personas se habían beneficiado de otra misión de ayuda.
Estas y muchas otras experiencias dieron una perspectiva tan profunda a mi vida que me impulsaron a querer hacer más. En cada oportunidad, me sumé a los equipos de ayuda humanitaria en terreno, entregué alimentos, agua, elementos de higiene y limpieza, lámparas solares y otros insumos esenciales para damnificados.

En sentido horario, desde arriba a la izquierda: la autora, Candice Stewart, como voluntaria de la Cruz Roja de Jamaica tras el paso del huracán Melissa (foto cortesía de C. Stewart, usada con autorización); Adrian Reid, responsable de Juventud de la Cruz Roja de Jamaica, junto a una adulta mayor después del huracán Melissa (foto cortesía de A. Reid, usada con autorización); Kavone Willis, voluntaria de la Cruz Roja de Jamaica (foto cortesía de K. Willis, usada con autorización); y Donna Thomas, gerente de Recursos Humanos de la Cruz Roja de Jamaica, que también colaboró como voluntaria tras el paso de la tormenta (foto cortesía de D. Thomas, usada con autorización).
Otras personas con las que he trabajado como voluntaria sienten lo mismo. Adrian Reid, por ejemplo, me contó: “Ha sido una experiencia muy reconfortante poder llevar una sonrisa y una señal de esperanza a una familia afectada por el huracán”. La voluntaria Kavone Willis señaló que fue “una experiencia enriquecedora y emotiva… especialmente cuando se escuchan algunas de las historias”. Donna Thomas agregó: “Es emocionalmente muy duro: una mezcla de urgencia y desconsuelo al ver viviendas dañadas y personas exhaustas. Incluso acciones pequeñas, como retirar escombros o entregar suministros, resultan sorprendentemente significativas. El cansancio es real, pero también lo es la solidaridad: vecinos ayudando a vecinos, personas desconocidas trabajando juntas. Esos momentos de gratitud y conexión perduran mucho después”.
Del servicio a la solidaridad
La idea, ampliamente atribuida a Mahatma Gandhi, de que “la mejor manera de encontrarse a uno mismo es perderse al servicio de los demás” no alcanza a reflejar la totalidad de mi experiencia. Mi recorrido se siente… distinto. El voluntariado tras el paso de Melissa no me ayudó a encontrarme; más bien, me recordó cuán frágiles e interconectados estamos todos, una realidad que se volvió dolorosamente evidente en las semejanzas de cada historia difícil y en la esperanza compartida de un mañana mejor que trasciende las fronteras parroquiales.
Al igual que otros huracanes anteriores, Melissa dejó a su paso destrucción, dolor y pérdidas, pero no logró arrebatarnos la alegría, la camaradería, la gratitud ni la voluntad de sobrevivir, y de salir adelante mejor que antes. La herida en nuestra nación insular nos dejó una enorme tarea de limpieza por delante y la oportunidad de replantear nuestros procesos ante futuras temporadas de huracanes, pero también nos permitió demostrarnos cuán dulce y hermoso es ayudarnos mutuamente en momentos de gran necesidad, mientras contamos nuestras bendiciones y nos mantenemos firmes.
El legado de Melissa no se limita a la destrucción. Es un recordatorio de que la sanación es un proceso que atravesamos juntos, tanto que quisiera alentar a todas las personas que deseen aportar su tiempo y otros recursos a sumarse a las iniciativas de ayuda, mientras reconstruimos nuestro país.







