
Ali Khamenei fue uno de los luchadores de la división Ashura del Azerbaiyán iraní durante la operación Muharram (Guerra Irán-Irak). Fuente: Donya-e-Eqtesad.
Después de lo recientes asesinatos masivos en Irán, la atmósfera en el país cambió visiblemente. Esta vez no se trataba solo de indignación política ni represión rutinaria. Había conmoción. Había duelo. Y había un silencio que se sentía más pesado que de costumbre. Entre ese silencio, hubo una frase que empezó a circular entre fuentes políticas internas y observadores: un «golpe sistémico». Por supuesto, contrario a la mentalidad creada en Irán, este golpe blanco lo llevaron a cabo los conservadores, las fuerzas revolucionarias y las personas cercanas al poder en Irán, y no los detractores del régimen.
Esta no es la primera vez. Ya había ocurrido antes en momentos de gran preocupación por la República Islámica. Incluso el secretario del Consejo Superior de Seguridad Nacional, Ali Larijani , aludió, en el contexto de la reciente confrontación de 12 días con Israel, a la necesidad de reestructuración interna bajo presión. Lo que algunos ahora llaman golpe sistémico no necesita de tanques en las calles; más bien, sugiere un cambio interno de autoridad, consolidado en silencio por la crisis.
La discusión se intensificó tras la publicación de informes sobre los ataques aéreos israelíes que mataron a muchos líderes militares iraníes de alto rango. De repente, las cuestiones de disuasión y política exterior se volvieron irrelevantes. Los debates en las redes sociales llegaron a incluir errores de inteligencia, redes opacas de clientelismo, y acusaciones de corrupción en sectores del ejército y la maquinaria de seguridad. En los debates en Internet se empezaron a mencionar nombres como el de Ali Shamkhani reiteradamente. Las instituciones oficiales negaban cualquier infracción, pero el hecho de que estas acusaciones fueran tan públicas mostraba un problema más profundo: una ruptura de la percepción de la unidad.
Al mismo tiempo, la legitimidad del gobierno parece más frágil que antes. Muchos iraníes no analizan la estrategia; están de duelo. Los temas de conversación han cambiado de la geopolítica a la incredulidad, y las familias todavía están procesando noticias desestabilizadoras a nivel personal y nacional. Las ejecuciones continúan y los informes de represión no han parado. En tal atmósfera, cualquier restructuración de la élite se da bajo el peso de un público desconfiado, un ambiente muy diferente al del fervor revolucionario de la década de 1980.
Una mirada a finales de la década de 1980
Esta no es la primera vez que Irán enfrenta una combinación de guerra, incertidumbre y transición de poder. Durante los últimos años de la Guerra Irán–Irak, el país estaba agotado militar y económicamente. La salud de Khomeini se estaba deteriorando. La aceptación de la Resolución 598 de Naciones Unidas no solo marcó el final de una guerra inhumana, sino también el comienzo de un nuevo interrogante político: ¿qué pasaría a continuación?
Las ejecuciones masivas de presos políticos de 1988 siguen siendo uno de los episodios más polémicos de la sociedad iraní moderna. En ese momento, el ayatola Hossein Ali Montazeri, nombrado sucesor de Khomeini, protestó contra las ejecuciones. Sus objeciones no se acallaron silenciosamente, contribuyeron a su expulsión de la línea de sucesión. Años más tarde, la publicación de audios de reuniones internas indicaba que la consolidación del poder ya estaba en curso mucho antes de su destitución formal.
Hashemi Rafsanjani, quien jugó un papel importante en la Revolución Islámica y fue un personaje clave en la elección de Ali Khamenei como líder, tenía memorias de mediados de los 80 que apuntaban a conversaciones sobre una potencial transición del poder e, incluso, propuestas de toma de decisiones colectiva. La sucesión no era un miedo abstracto: ya se estaba negociando a puerta cerrada. El diplomático francés Christian Graeff, que sirvió como embajador en Irán en 1988 y 1991, después publicó un libro en el que cuenta las conversaciones que, dice, tuvieron lugar en 1988. Según consta en este, Mohammad Javad Larijani, un miembro de la influyente familia Larijani en la estructura de poder de la República Islámica, habló de un “golpe blanco” diseñado para debilitar la autoridad suprema de Khomeini y encaminar a Irán hacia el alto al fuego y la normalización diplomática.
La fiabilidad total del testimonio de Graeff sigue en tela de juicio. Sin embargo, que estas conversaciones fueran recogidas por un diplomático extranjero destaca la intensidad de la lucha por la autoridad en los últimos años de Khomeini.
Un patrón que nunca acaba de desaparecer
Los primeros tiempos de la República Islámica fueron turbulentos. La dimisión del gobierno provisional del primer ministro Mehdi Bazargan limitó las corrientes nacional-religiosas. En bombardeo de 1981 de la sede del partido República Islámica, que acabó con la vida del ayatola Mohammad Beheshti y muchos otros funcionarios de rango superior, reorganizó el orden político prácticamente de la noche a la mañana.
Si bien el bombardeo fue oficialmente atribuido a militantes de la oposición, sus secuelas facilitaron la rápida consolidación de las estructuras de seguridad. Luego hubo otros hechos traumáticos: sospechosos accidentes de avión que involucraban destacados militares de alto rango durante la guerra, grandes purgas dentro del Ejército, y después, en sectores de la Guardia Revolucionaria. A finales de la década de 1990, los llamados asesinatos en serie de intelectuales (delitos que acabaron atribuyéndose a grupos descontrolados dentro del Ministerio de inteligencia) volvieron a incendiar el debate sobre la «eliminación interna«.
La muerte de personalidades políticas importantes a menudo deja preguntas en el aire. El expresidente Akbar Hashemi Rafsanjani murió en 2017, oficialmente por paro cardíaco, aunque algunos familiares exigieron explicaciones públicamente. Ahmad Khomeini murió en 1995. Hijo de Ayatollah Khomeini, era un candidato a la sucesión con fama de ser una mina de secretos del sistema islámico. Su muerte, de nuevo atribuida a enfermedades del corazón, sigue siendo un tema político delicado para algunas personas. Aunque se han mantenido las respuestas oficiales, sigue habiendo dudas.
Otros ejemplos de esta dinámica son el arresto domiciliario de Mir Hossein Mousavi, exprimer ministro iraní, que sigue arrestado, y de Mehdi Karroubi, que estuvo bajo arresto domiciliario con Mousavi después del Movimiento Verde y que quedó en libertad recientemente. Tras las manifestaciones de 2009, la gente estaba aún más convencida de que lidiar con crisis a menudo significa tener controlados a los enemigos internos en lugar de reconciliarse con ellos. Los líderes reformistas todavía están excluidos de la política o tienen problemas legales.
La historia como arma y la consolidación ideológica
El escándalo Irán–Contra de 1986 no fue la única vez que Irán y sus enemigos usaron rutas secretas o semisecretas para comunicarse. A lo largo de los años, ha habido momentos de hostilidad abierta y conversaciones indirectas que han ocurrido al mismo tiempo.
Según los informes, funcionarios iraníes y estadounidenses trabajaron juntos brevemente en Afganistán a principios de la década de los 2000. Después, las conversaciones secretas en Omán condujeron al acuerdo nuclear de 2015. Incluso cuando había peleas públicas, los asuntos de seguridad de la región requerían a menudo contactos indirectos o acuerdos mediados.
Esta larga historia de lucha y negociación simultáneas es la base del marco en que el pueblo de Irán actualmente entiende rumores de reuniones o conversaciones encubiertas. El discurso histórico se ha transformado en un instrumento en el conflicto político moderno. Hassan Abbasi, conocido por su fuerte postura ideológica y sus vínculos con los grupos a favor del líder supremo, se ha pronunciado sobre un hipotético encuentro entre Hassan Rouhani, el expresidente moderado iraní, que se ve como posible sucesor de Ali Khamenei, y el funcionario antiterrorista israelí Amiram Nir en 1986.
Los detractores ven este tipo de acciones como iniciativas para reforzar un relato en torno a Khamenei mientras se denigra a la oposición reformista. En cambio, los partidarios defienden que sacan a la luz asuntos que no son tan obvios. La historia de Irán, a menudo al servicio de los intereses políticos, rara vez permanece neutra.
Guerra, sucesión y duelo público
El ataque de Israel y las presuntas muertes de funcionarios de alto rango en junio de 2025 han traído recuerdos de finales de la década de 1980, un momento en el que había mucha presión del exterior del país para ir a la guerra y mucha confusión sobre quién mandaba. No obstante, Irán no es el mismo que era en 1988. El furor de la revolución se ha evaporado. Los tiempos duros son bastante malos. El líder supremo envejece. El sistema de funcionamiento de la sucesión todavía no está claro. Y quizás, lo más decisivo: la gente ya no confía en el gobierno.
Los trágicos asesinatos causaron más que olas de indignación política. Muchos iraníes los vivieron como un respiro, una mezcla de tristeza y preocupación. Mientras las élites hablan de reestructuración, la gente de a pie sigue lidiando con pérdidas y se siente débil. En este clima emocional, el término «golpe sistémico» no solo sirve como teoría política, sino que destaca preocupaciones sobre posibles agendas ocultas.
Todavía no está claro si se está llevando a cabo o no una reestructuración interna real, pero la historia nos muestra que, cuando la República Islámica tiene muchos problemas al mismo tiempo, como guerras, sucesiones y presiones sobre la legitimidad, el poder no suele cambiar de manos de forma transparente. Hace cambios internos, unas veces graduales y otras inmediatos. A veces, esta situación resulta en un estado de miseria caracterizado por guerras exteriores e interiores, junto con el mal gobierno generalizado que solemos pasar por alto.
Por un lado, hay una masacre y un sistema corrupto; por otro, intervención extranjera y un futuro que se acerca al de sus vecinos. Todo esto ocurre en un momento en el que la gente no tiene derecho a elegir, lo que resulta en miseria autoinfligida.
Ahora que confluyen enfrentamiento militar, consolidación ideológica, rivalidades de la élite y fragmentación social, Irán está de nuevo en un punto de inflexión. La pregunta no es simplemente si hay un golpe de estado o no. La verdadera pregunta es si el sistema se está preparando para reorganizarse antes de que lo hagan los hechos.
Este patrón no es indicativo de caos, sino de algo más estructurado: bajo presión, el sistema se muestra firme internamente. ¿Se está debilitando o está intentando aumentar la represión y el fantasma de la guerra con otro golpe blanco?






