
Informe médico muestra una carga viral indetectable. Ilustración de Minority Africa, utilizada con autorización.
Esta historia de Christopher se publicó originalmente en Minority Africa el 2 de febrero de 2026. Global Voices publica una versión editada como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos.
No estaba seguro sobre cómo reaccionaria Silas, pero me sentí aliviado cuando me pidió que repitiera lo que le había dicho después de contarle que soy seropositivo. No podría decir con certeza si no había oído bien mis palabras o si no podía creer lo que acababa de oír. Entonces, con una sonrisa y un gesto con la mano le dije que no se preocupara, que lo que había dicho no era importante. Era la segunda vez que salíamos juntos y tendríamos relaciones sexuales una última vez antes de dejar de verlo.
Todavía me pregunto qué habría pasado si le aclaraba esa afirmación. ¿Me hubiese acusado de intentar contagiarlo? ¿Me hubiese dicho que me fuera de la habitación de hotel y que no volviera a escribirle más? En ese momento pensé en que no se trataba de si Silas era capaz de hacer eso, sino de que yo había tenido relaciones sexuales con un hombre cuya reacción ante una revelación así podría haber sido horrible. Eso decía más sobre el criterio y la manera de vincularme sexualmente que sobre lo que él –o cualquier persona– sabía acerca del VIH.
«No se lo digas todavía», me dijo Usman, conocido que trabajaba en un centro de salud en Enugu, cuando le conté que tenía pensado revelarle el estado seropositivo a David, alguien en quien tenía interés amoroso. Con David solo nos habíamos visto una vez, después de coincidir de manera anónima en un hilo de citas para hombres queer en Twitter.
«Creo que lo tomará bien», dije. «Estudia medicina, es brillante». Ahora sé que estudiar medicina no garantiza tener conocimientos básicos sobre VIH/sida, y que ser brillante tampoco significa tener empatía o el grado de curiosidad necesario para salir con alguien con VIH. No entendí eso cuando Usman me dijo que me tomara el tiempo necesario, que esperara hasta estar con carga viral suprimida antes de contarle a David, con quien esperaba poder entablar una relación amorosa.
Con el tiempo, el estado seropositivo se convirtió en una de las razones por las que dudé de la posibilidad de tener una relación amorosa con David. No porque no le importara, ni porque no fuera evidente su interés, sino porque la falta de respuesta a un mensaje en el que le contaba uno de mis miedos sobre vivir con VIH me hizo comprender que es necesario tener criterio para decidir ante quién vale la pena mostrarse vulnerable.
Tras un período escolar muy intenso, a comienzos de este año necesitaba un respiro y un nuevo espacio donde escribir. Le pregunté a Nolan, que vivía en Enugu, si podía mudarme con él por poco tiempo y me confirmó que era posible. Nolan tenía el departamento en remodelación y estaría terminado en un mes, así que esperé que pasaran tres semanas y le envié un recordatorio; lo llamé y le escribí más de dos veces, pero nunca me respondió. Al principio me dolió pensar que estaría preocupado por vivir con una persona seropositiva, y luego pensé en que tal vez no sabía cómo decírmelo sin lastimarme.
Estuve molesto un tiempo. pero dejé de hacer conjeturas. Me recordé que ciertas personas, a quienes había conocido en línea, tenían otros vínculos y espacios más allá de esa conexión. Seguro que Nolan debía de tener asuntos más urgentes o importantes con los que lidiar. Si me había evitado porque soy seropositivo, porque supuso que podríamos vernos involucrados sexualmente, eso no decía nada de mí que debiera ser motivo de autodesprecio. Sin embargo, reforzó un estigma interiorizado que yo creía haber superado.
En febrero de 2023, cuando mi amigo Tk me preguntó cuántas personas sabían del diagnóstico, hice por primera vez una lista mental. Dos, tres, cinco, sin incluir al personal de salud. Tk asintió y me dijo: «está bien, no se lo digas a nadie más. Ya sabes, por el estigma».
Quise decirle a Tk que no tenía que preocuparme de que dieran a conocer el diagnóstico sin mi consentimiento, ni de que se burlaran de mí o me estigmatizaran cuando no había nada de qué avergonzarme, pero sabía a qué se refería. De algún modo, él tenía razón: la revelación dependía por completo de una decisión personal. Podía elegir a quién contárselo y solo si era absolutamente necesario.
Olisa, pareja desde hacía muchos años de un amigo, tenía el mismo miedo. «El mundo es despiadado», dijo. Le pegunté si de verdad pensaba que podían exponerme y humillarme, publicar fotografías en las redes sociales con comentarios llenos de emojis de «cuidado» y «peligro». «¿Qué es lo peor que podría pasar?», pregunté en voz alta. Sonrió, y tras un breve silencio, me contó su historia con el VIH.
En un momento, Olisa me tocó las clavículas y me dijo: «Estarás bien. Ni siquiera deberías preocuparte por aumentar de peso. Con el tiempo tendrás los hombros más fuertes». No pude evitar sonrojarme. Incluso me reí cuando la historia dio un giro cómico y sexual que me hizo sentir identificado. Me sentí visto y a salvo.
Como queer nigeriano, mi historia sexual está atravesada por traumas religiosos y corporales. Para mí, la educación sexual y el conocimiento sobre salud sexual estuvieron marcados por la combinación de una represión severa junto a una curiosidad intensa, con períodos alternados de ignorancia digna y de indulgencia obsesiva. Algunas suposiciones parecían hechos y permanecieron sin ser cuestionadas durante mucho tiempo. En una ocasión pensé que era de suma urgencia hacerme la prueba de VIH después de haber ingerido accidentalmente el semen de otra persona. En otra, tuve relaciones sexuales sin protección porque estaba convencido de que había una intención mutua de no causar daño alguno.
Al hacerme mayor pude ver la credulidad que había en esas acciones; comprendí cómo el estilo de apego ansioso que desarrollé en la infancia se reflejaba en la necesidad de conexión. Ahora, antes de contarle a alguien sobre mi condición de seropositivo, me pregunto: ¿por qué contárselo a esta persona? ¿Qué impacto tiene la serología positiva en nuestra relación?
Ahora pienso en las revelaciones que hice antes y me pregunto si tenía tanto miedo al rechazo que creía que era mejor revelar mi diagnóstico a cualquiera por quien sintiera interés romántico. ¿Me sentía impulsado a creer que aquel que viera esa herida y aun así eligiera caminar a mi lado podría ser el «indicado»? Incluso ahora, en estado indetectable y con serología positiva no puedo evitar pensar que es mejor informarle al hombre que desea tener una relación de pareja conmigo, porque tiendo a contar la verdad cuando es necesario, sin miedo a una desconexión drástica o eventual. ¿Quién más debería conocer mi historia con el VIH, sino la persona con la que elegiría vincularme de manera monógama?
Es por el estigma que mis padres y hermanos aún no conocen mi historia con el VIH. Han pasado tres años desde el diagnóstico, y un año desde que alcancé el estado indetectable. Su reacción cuando dejé de ser religioso me demostró qué pasaría si les contara que soy gay o no binario, o si les contara que soy seropositivo. Aun así, conservo buenos recuerdos de la semana en la que buscamos por todos lados tratamiento para la infección de oído que tuve algunos meses antes del diagnóstico de VIH. Cuando supe que los ganglios linfáticos inflamados habían sido un síntoma del VIH y la causa directa de la infección, me sentí afortunado de que no me hubieran hecho análisis de sangre en el hospital donde me atendieron. A veces me imagino que mis padres se enteran y me preguntan: «¿Por qué no nos lo dijiste? ¿Dónde lo contrajiste? ¿Quién te lo transmitió?».
No habría una mejor manera de responderles que contarle que el VIH hizo que cambiara la percepción del amor y del deseo. La infancia, marcada por períodos de abandono y abuso sexual. La juventud temprana, atravesada por la necesidad de justificar el interés por las imágenes provocadoras y por el estudio de la fotografía artística de desnudos. Todo está conectado. La raíz de mi vida se extiende desde tiempos remotos hasta otros que van más allá de mi tiempo. Canalizo los pensamientos y mi creciente conocimiento hacia la intersección entre arte y disidencia sexual. A través de autorretratos, tomo de las manos a quienes vinieron antes que yo: artistas, escritores y sabios que enfrentaron la urgencia indescifrable de crear arte pese a las sombras inminentes de la muerte. Al contar esta historia, me convierto en un ancestro. Extiendo la mano a través de un campo de realidades y espero con paciencia a que vidas futuras encuentren estas palabras.
A menudo me imagino en una relación de pareja estable y duradera con un hombre con quien atravieso esta sociedad, pero dudo que eso ocurra, dadas las cuestiones complejas y las realidades superpuestas asociadas a la homosexualidad en Nigeria. Es más probable que mantenga una amistad con beneficios o atraviese períodos largos de abstinencia entre encuentros sexuales casuales. Sea cual sea el caso, estoy seguro de que ser seropositivo continuará determinando mis decisiones, y todo será para bien.
No me imagino volver a tener más horas de llanto provocadas por aislamiento o por un miedo abrumador a que el cuerpo no pueda combatir el VIH. Si el próximo análisis de carga viral muestra un retroceso, confío en la capacidad para retomar el rumbo y en reconocer las habilidades del cuerpo para sorprenderme. Y si las lágrimas vienen con todo ese progreso, las dejaré correr libremente porque llorar también es otra manera de cuidar mi bienestar.







