
Vista aérea de la ciudad de Bunia. Captura de pantalla del canal HK Today TV en de YouTube.
Este artículo se publicó originalmente GreenAfia. Global Voices reproduce una versión editada en virtud de un acuerdo editorial para compartir contenido.
Una parte de las soluciones al cambio climático proviene de los árboles plantados en las grandes ciudades. A los árboles se les suele tener menos consideración que a los bosques, pese a que tienen un rol muy importante que suscita el interés de los científicos en República Democrática del Congo.
Un estudio científico hecho en octubre de 2025 en Bunia, en la provincia de Ituri, al noreste de República Democrática del Congo, demuestra que los árboles urbanos no son simples elementos del paisaje: constituyen verdaderas reservas de carbono, capaces de compensar una parte significativa de emisiones de CO₂ vinculadas a actividades humanas.
Investigación científica en el corazón de la ciudad
A diferencia de los muy estudiados bosques naturales, en los centros urbanos africanos prácticamente no hay políticas climáticas, por falta de datos fiables. Para subsanar ese vacío, investigadores de la Universidad de Bunia hicieron un inventario de 2311 árboles repartidos en 21 parcelas de una hectárea, que cubren tres comunas de la aldea de Bunia: Mbunya, Nyakasanza y Shari.
Con ayuda de métodos no destructivos según el diámetro y la altura de los árboles, y la densidad de los bosques, el equipo estimó la biomasa aérea y las reservas de carbono sin derribar un solo árbol.
Resultados calculados que cambian la percepción de las ciudades
Las cifras que resultan de este estudio no dejan lugar a dudas: 1759 toneladas de biomas aérea almacenadas por los árboles urbanos de Bunia; 8795 toneladas de carbono depositadas, es decir, 2374 toneladas equivalentes a CO₂ retirado de la atmósfera.
En promedio, un solo árbol urbano en Bunia almacena 380 kg de carbono, lo que equivale a cerca de 124 kg de CO₂ absorbidos. A escala de una hectárea urbana, la reserva promedio llega a 47,6 toneladas de carbono, cifra comparable con algunas zonas forestales degradadas.
En Bunia, si un solo árbol urbano puede compensar hasta 124 kg de CO₂, adquiere un valor de carbono que puede llegar a costar entre uno y cuatro dólares en el mercado voluntario de carbono (mecanismo de intercambio de créditos de carbono que permite a empresas y particulares compensar su huella de carbono voluntariamente), lo que prueba que las ciudades congolesas pueden transformar sus árboles en verdaderos activos climáticos.
Las especies no tienen el mismo rol
Uno de los mayores aportes del estudio es identificar las especies más eficaces para captar carbono: Eucalyptus globulus, con el 61% de las reservas de carbono; Mangifera indica (mango), con el 14%; Persea americana (palta/aguacate), con el 9%; Grevillea robusta con el 7% y Senna siamea con el 5%.
Ese resultado muestra que la elección de las especies es determinante. Algunas esencias, en razón de la densidad de madera y su rápido crecimiento, tienen un rol climático desproporcionado en relación con su número.
Este estudio cambia mucho las cosas, sobre todo en la concepción de las políticas urbanas, pues las ciudades congoleñas ahora pueden integrar al árbol urbano como infraestructura climática, al mismo nivel que las carreteras o el drenaje. Plantar o preservar algunos árboles pasa a ser un a estrategia atenuación climática cuantificable.
En lo referente a la distribución y reforestación, el estudio provee una base científica para elegir las especies que deben tener prioridad, evitar las plantaciones decorativas con impacto de carbono leve, y orientar los programas de reverdecimiento urbano hacia esencias con fuerte rendimiento climático.
Bunia también puede llamar la atención de quienes decidan en el marco de financiamiento climático. Con datos de cifras locales, ciudades como Bunia pueden buscar proyecto pilotos de créditos de carbono urbanos, financiamiento vinculados con adaptación y atenuación climática, y una mejor valorización ecológica de sus espacios verdes.
Ese estudio muestra que el combate climático no se juega únicamente en los grandes bosques de la cuenca del Congo, sino también en las calles, las parcelas, las escuelas y los barrios urbanos en el que cada árbol cuenta. Pero sobre todo, cada elección de especie, cada política de preservación o de destrucción tiene un costo climático cuantificable.






