Más allá de las palabras: Respuestas de mujeres encarceladas al punitivismo

Collage de T, L, Y, P & C participantes del taller “Narrativas de vida a través del collage (PUCP)” en un establecimiento penitenciario de Lima. Collage cortesía de las autoras.

Por Adriana Hildenbrand y Lucia Bracco

En los últimos años, la acogida a discursos de mano dura contra la criminalidad ha ido aumentando. En el Perú, por ejemplo, durante el 2025 hubo un giro en la representación mediática de las cárceles impulsado desde el gobierno. La visibilización de proyectos de reinserción social disminuyó y el foco se dirigió hacia la intensificación de las restricciones y la constante exposición de mecanismos de control hacia las personas privadas de libertad y hacia las personas que mantienen vínculos con ellas a través de las visitas.

Aunque la cobertura mediática priorice políticas de gestión penitenciaria que deshumanizan, en simultáneo se desarrollan iniciativas alternativas que abren espacios de expresión para las personas encarceladas. Estas iniciativas se dan desde distintos frentes: desde personal en la cancha, que conociendo el día a día guían sus propuestas de trabajo por las dinámicas internas más que por los lineamientos institucionales top-down, desde las propias vivencias de las personas privadas de la libertad, que buscan generar espacios positivos o por lo menos más llevaderos durante su periodo en reclusión, desde organizaciones externas comprometidas con los derechos de las personas encarceladas, entre otros.

En una prisión para mujeres en Lima, Perú, en 2024–2025, las dinámicas construidas en un taller de creación artística a través del collage evidenciaron las formas en que un grupo de mujeres encarceladas contrarrestan dinámicas y efectos del encarcelamiento a través de la reflexión individual, la creación y el sostenimiento de la colectividad.

Las experiencias de encierro suelen ser silenciadas por diversos motivos: falta de interlocutores con intención de escuchar, preocupación por no sobrecargar a las personas cercanas que sí están dispuestas a acompañar, temor a castigo institucional, entre otros. Ante esto, las personas encarceladas buscan otras formas de expresión y resistencia a castigos sobre el castigo. En el caso del taller, las mujeres adoptaron el collage como técnica que permite representar más allá de la palabra y, así, apelar a la disposición del público para recibir sus mensajes a través del sentir.

Tantos ojos mirándonos. ¿Qué miran?

P y C asisten al taller cada viernes, puntuales y arregladas. Al inicio del taller, salían del mismo pabellón, pero a las pocas semanas el penal realizó una evaluación y, mientras P avanzó hacia un pabellón de menor seguridad, C se quedó en el pabellón de máxima, donde además semana tras semana, las medidas de control se fueron intensificando. Las 2 horas del taller de arte se convirtieron en uno de los pocos espacios donde coincidían una vez por semana. En una sesión, mientras crean juntas su collage de miradas, van comentando sobre la presión de las miradas como ejercicio de control.

Collage de P & C participantes del taller “Narrativas de vida a través del collage (PUCP)” en un establecimiento penitenciario de Lima. Collage cortesía de las autoras.

Pero las miradas que las persiguen no controlan su peligrosidad dentro del establecimiento, ni su proceso de resocialización para un retorno a la sociedad sin riesgo de volver a delinquir. Los eslogan institucionales que validan la existencia de las prisiones y de la mirada constante no resuenan en su collage. El foco del control es la sexualidad femenina, especialmente la homoerótica.

Collage de C & P, participantes del taller “Narrativas de vida a través del collage (PUCP)” en un establecimiento penitenciario de Lima. Collage cortesía de las autoras.

P y C se conocieron en prisión y son pareja desde hace varios años. Una pareja que combina su ropa en ocasiones especiales, se regala manualidades y sueña con construir una familia cuando recuperen la libertad. Una pareja que siente que las miradas del personal penitenciario y de las otras mujeres pueden ser tan intensas que les causan náuseas. “Te ojean. Tu tranquila y aquí te ojean. No se permite ser feliz.”

Mi universo es más que esto

Collage de J, participante del taller “Narrativas de vida a través del collage (PUCP)” en un establecimiento penitenciario de Lima. Collage cortesía de las autoras.

T es una joven que inició el taller de arte a las pocas semanas de ser recluida. Inicialmente, sus collages estaban cargados de animales salvajes, al acecho. Mientras elegía las figuras para representar su historia en un collage, L la guiaba en la supervivencia durante el encierro: no te enamores de quien no te corresponde, si necesitas ropa acorde a tu identidad de género, debes enviar una solicitud formal para que no se la decomisen a tu familia en la entrada, no pienses tanto, no confíes fácil.

L tenía hijas de la edad de T. Había estado encarcelada varias veces y conocía la importancia de contar con información y con oídos dispuestos a escuchar para sobrevivir emocionalmente a los primeros meses de encierro. Sabía también que, para sobrevivir, era indispensable dar un salto: pasar de esos primeros momentos en que el dolor del encarcelamiento nubla la visión e impide ver más allá a una segunda etapa, donde se reconoce la prisión como parte de una historia más amplia, la etiqueta de “delincuente” como una capa en una identidad mucho más compleja y los vínculos con el afuera no terminan por el encierro.

Collage de L, participante del taller “Narrativas de vida a través del collage (PUCP)” en un establecimiento penitenciario de Lima. Collage cortesía de las autoras.

Mientras buscaban y encontraban imágenes, T y L iban compartiendo recuerdos de su vida previa a la prisión, sentires actuales y temores a futuro. Iban poniendo en palabras lo que en el cotidiano del pabellón, espacio monótono y repetitivo, no encontraba el camino para ser expresado.

El desborde como instrumento

El hipercontrol del cuerpo, del desplazamiento, del movimiento y de las relaciones interpersonales entre quienes están dentro y quienes están fuera del penal es una estrategia conocida y que se está explotando como imagen de las naciones que en los últimos años exhiben la camiseta de la lucha contra la delincuencia.

En la primera sesión, como parte de la presentación del taller, se mostraron collages diversos como ejemplo de producción artística. Z tomó en sus manos una imagen de la cabeza de una mujer desde donde salían muchísimos elementos: “así nos sentimos todas aquí, sin poder parar de pensar en mil cosas a la vez”. Mientras tanto, K elegía un collage que incluía una roca y planteaba ”la cárcel me ha hecho una persona dura, me cuesta expresar. El arte nos ayudará a expresar lo que no se puede poner en palabras”.

Hay un aspecto central del encarcelamiento femenino en los penales sobrepoblados y caóticos como son la mayoría de los penales peruanos: a pesar de lo abrumadora que pueda ser la experiencia, a pesar de la intensidad del control y el castigo, la mujer encarcelada suele preservar espacio mental para otros muchos motivos de preocupación. Entre recuerdos de pasados marcados por historias de sufrimiento y futuros inciertos y vulnerables, se ubican presentes cargados de responsabilidades de cuidado, de hijos, de madres, de relaciones de pareja, que se desgastan a la distancia y cuesta sostener de forma activa.

En el taller, fue una constante encontrar en los collage esta multiplicidad de dimensiones de la vida y de las vidas de las personas significativas que ocupan cada rincón de la mente de las mujeres encarceladas. Lo encontramos en collages sobrecargados, que no aceptan los límites del soporte elegido, que salen de los márgenes como quien busca por dónde respirar en medio de una prisión sobrepoblada, hacinada y recargada de estímulos visuales y sonoros todo el tiempo.

Collage de F, participante del taller “Narrativas de vida a través del collage (PUCP)” en un establecimiento penitenciario de Lima. Collage cortesía de las autoras.

Así, la estética del exceso desarrollada por las mujeres del taller, con sobreposiciones y saltos de temas, espacios y tiempos, nos invita a conectar con lo abrumador del espacio de encierro, así como con las formas en que el pensamiento de las mujeres encarceladas conecta lo que el aislamiento de la prisión busca encasillar y distanciar: la mujer de ahora de su pasado, la mujer encerrada de sus personas significativas, la mujer con iniciativa de sus proyectos y ambiciones.

Uniendo voces de mujeres encarceladas

Las experiencias de K, Z, P y C, T y L, junto a otras 20 mujeres, nos invitan a reconocer que el aumento de formas e intensidades de castigo no se dirige necesariamente a políticas de disminución de la delincuencia. Por el contrario, se enfocan en debilitar espacios de posible bienestar, como es la vivencia y expresión de sexualidades, la integración de las distintas capas de la identidad y la resistencia a las fuentes de sufrimiento. Mientras existan interlocutores dispuestos a conectar, las mujeres privadas de libertad seguirán encontrando las maneras de expresar las formas en que el control sobre el cuerpo, la mente y la identidad ejercido en las cárceles oprime desde mandatos sociales más que desde una planificación centrada en la construcción de una vida en sociedad.

Las autoras agradecen a su equipo —Luisa Pariachi, Camila Rodrigo y Giovana Fernández— así como a las mujeres que participaron del taller, por su valioso compromiso.

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