La democracia necesita a las mujeres: Liderazgo feminista en tiempos de reducción de entornos propicios para la sociedad civil

Women advocate for equal participation adn inclusion in Tanzanian society at Dar es Salaam’s Mchikichini market.

Las mujeres se manifiestan en el mercado Mchikichini de Dar es Salaam por la participación e inclusión igualitaria en la sociedad tanzana. Imagen de Flickr de ONU Mujeres (licencia CC BY-NC-ND 2.0).

Por Clarisse Sih y Bibbi Abruzzini

En una época en la que el retroceso democrático ya no es un peligro lejano sino una realidad en los continentes, las líderes feministas están resistiendo en silencio, y a veces, a costa de su propia seguridad.

Desde la observación electoral en Tanzania hasta la reforma periodística en Camerún, desde el desafío a las masculinidades tóxicas hasta el enfrentamiento del poder de las plataformas digitales, mujeres y aliados feministas están luchando por un entorno propicio para la sociedad civil de maneras que revelan una realidad fundamental: la democracia no es género neutral y, cuando se limita la participación de las mujeres, la democracia se debilita.

Un entorno propicio para la sociedad civil es fundamental, no una sugerencia

En Tanzania, la defensora feminista Martina Kabisama lleva años trabajando en la intersección de la participación política y la protección social de las mujeres. Para ella, la relación entre la democracia y la justicia de género es estructural. Opina que “la justicia de género no puede progresar donde el espacio cívico es limitado”.

Women organizing and pushing for economic inclusion at the market.

Mujeres se organizan y promueven la inclusión económica en el mercado Mchikichini de Dar es Salaam en Tanzania. Imagen de Flickr de ONU Mujeres (licencia CC BY-NC-ND 2.0).

El trabajo de Kabisama resalta una realidad a menudo ignorada en los debates de política global: la participación política de las mujeres no comienza en las urnas. Comienza en la protección, la seguridad económica y la capacidad organizativa.

Cuando las mujeres no tienen acceso a los sistemas de protección social (apoyo salarial, resguardo legal y servicios básicos), están activamente excluidas de la vida cívica. La precariedad económica limita la movilidad. Silencia la disconformidad. Reduce la participación a quienes pueden permitírsela.

A digital painting of China’s “feminist five.” Image from Wikimedia Commons.

Pintura digital de «Las Cinco Feministas» chinas. Imagen de Wikimedia Commons (licencia CC BY-SA 4.0).

Cuando el entorno propicio para la sociedad civil se limita, ya sea por leyes restrictivas, vigilancia o intimidación informal, las mujeres activistas a menudo son las primeras en sentir la presión. En China en 2015, las integrantes de Las Cinco Feministas fueron detenidas simplemente por planear una campaña pública contra el acoso sexual en el transporte público, acción ampliamente considerada como un intento de silenciar las movilizaciones feministas.

Similarmente, la bloguera marroquí y defensora de los derechos humanos Saida El Alami ha enfrentado múltiples arrestos por sus críticas en línea a las autoridades y por defender a detenidos políticos. Los espacios digitales también pueden convertirse en sitios de ataques coordinados: la periodista brasileña Patrícia Campos Mello recibió una desmesurada campaña de acoso por informar sobre la desinformación en las elecciones. Enfrentó amenazas y campañas difamatorias sexuales, potenciadas por actores políticos.

En partes de África oriental, las mujeres han asumido cargos importantes en observación electoral, mediación comunitaria y educación cívica, no como participantes simbólicas, sino como arquitectas de la responsabilidad democrática.

Para Kabisama Martina, el liderazgo feminista no es solo la representación. Es sobre la transformación de las estructuras políticas de modo que la democracia funcione para quienes han quedado históricamente excluidos.

Los discursos mediáticos y la política de la masculinidad

En Camerún, el periodista y ejecutivo de comunicaciones Beau-Bernard Fonka Mutta aborda la democracia desde otro ángulo: los discursos culturales determinan quién se percibe como legítimo en la vida pública.

Mutta fue criado en un entorno donde a los varones se les enseñaba a no llorar, a no demostrar vulnerabilidad y a equiparar masculinidad con dominancia, y reflexiona críticamente sobre cómo estas normas se mezclan con la política y con los medios. Dice: “La sociedad nos impone cómo debe ser un hombre. No debes mostrar emociones. Debes ser fuerte. Valiente. Dominante”.

Estas expectativas no se limitan a la vida privada, influyen en la manera de liderar, en el discurso político e incluso en la cultura periodística.

“Recuerdo que un importante ejecutivo de nuestra agencia de noticias dijo que cuando quería discutir asuntos serios, se aseguraba de que solo hombres estuvieran en la mesa porque las mujeres no son inteligentes. Su trabajo, según él, es ser bonita y salir en vivo. Las lluvias de ideas eran solo para hombres”, cuenta Beau-Bernard. “Recuerdo haberme preguntado dónde estaba y con qué tipo de personas estaba tratando, porque yo conozco a muchas mujeres superinteligentes”.

Cuando se normaliza la dominancia como fortaleza, el diálogo se debilita. Cuando la agresividad se traduce en autoridad, el debate democrático se reduce.

Mutta Beau-Bernard se identifica como hombre africano feminista, una postura que desafía la idea de que la justicia de género es un “problema de mujeres”. Para él, la masculinidad saludable significa rechazar la violencia, acoger la alfabetización emocional y apoyar el liderazgo de las mujeres no como un favor, sino como una necesidad democrática.

Los medios son cruciales. El periodismo puede reproducir estereotipos dañinos, al retratar a la mujer como secundaria, emotiva o poco apropiada para el liderazgo, o puede eliminarlos activamente.

El periodismo, sostiene Mutta, debe cuestionar los discursos que amplifica. Ya que los medios no solo reportan sobre democracia, sino que dan forma a las condiciones en las que funciona.

Poder digital y riesgo democrático

Si se está reduciendo el espacio cívico tradicional, los espacios digitales ofrecen oportunidades y nuevos peligros.

La periodista y directora de comunicaciones camerunesa Evelyn Mengue A Koung, que hace poco se convirtió en la primera mujer y la más joven en ser directora central de televisión del canal nacional, ve la era digital como un arma de doble filo.

Por una parte, las plataformas de redes sociales permiten a las mujeres, incluso a aquellas en pueblos remotos, evadir a los monopolizadores y contar sus propias historias. Las herramientas digitales pueden amplificar las voces marginadas, crear redes de solidaridad y poner los problemas locales en la escena internacional.

“Desde tu teléfono puedes hacerte conocida en el mundo”, explica Kounge.

Pero las mismas plataformas pueden convertirse rápidamente y fácilmente en herramientas para silenciar.

El ciberacoso, las campañas coordinadas de desinformación y la predisposición del algoritmo ponen en la mira a las mujeres en la vida pública. Un solo rumor falso puede tardar años en repararse. El abuso digital expulsa a las mujeres de los espacios políticos y periodísticos; esto limita efectivamente la participación democrática mediante la violencia digital.

Koung también se preocupa por el poder de establecer una agenda. Los gigantes de la tecnología y los lectores de contenido determinan cada vez más qué se deja visible, qué se vuelve tendencia y qué desaparece.

En este contexto, el discurso democrático puede distorsionarse, pero no por una censura evidente, sino por economías de la atención que privilegia el sensacionalismo por sobre el contenido.

Según ella, los medios de interés público deben reclamar su responsabilidad ética: para alzar los problemas sociales ignorados, para proteger las voces marginadas y para evitar convertirse en un medio pasivo de discursos influenciados por el algoritmo.

Por lo tanto, la gobernanza digital no es solo un problema tecnológico, sino también uno democrático.

La democracia no es género neutral

Si se toman juntas, estas historias revelan un patrón común: las feministas no solo participan en la democracia, sino que también la sostienen.

Supervisan las elecciones cuando la confianza se deteriora. Abogan por programas de protección social que permiten la participación cívica. Reforman las instituciones de comunicación desde dentro. Hacen frente a las normas de género tóxicas que normalizan la dominación en vez del diálogo. Desafían la violencia digital que busca silenciarlas.

A pesar de eso, su trabajo se desarrolla en entornos cada vez más hostiles: entornos propicios cada vez más pequeños, tendencias autoritarias en aumento, represión digital y oposición cultural.

El desgaste de los derechos de la mujer para organizarse, hablar y liderar no es un daño colateral. Es una advertencia temprana del declive democrático. Cuando las mujeres son expulsadas de la vida pública, ya sea por restricciones legales, exclusión económica, estereotipos mediáticos o ciberacoso, las instituciones democráticas pierden legitimidad y resiliencia.

En cambio, cuando el liderazgo feminista se expande, la democracia se profundiza. Se vuelve más responsable, inclusiva y participativa. La participación cívica de las mujeres no es por corrección política, sino por sobrevivencia democrática.

Tal como demuestran estas líderes, la democracia no se defiende a sí misma. Las mujeres la defienden, en los tribunales, en las salas de clases, en los medios, en los espacios digitales y en las comunidades.

La pregunta es si las instituciones podrán brindarles protección, recursos y reconocimiento, o si continuarán considerando su trabajo como secundario. En tiempos en que los espacios cívicos se están limitando, una realidad permanece: sin mujeres, la democracia se desgasta fuera de línea y en línea.

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