
Imágenes de un dron muestran filas de tumbas recientes en Minab, Irán, donde un ataque aéreo de estadounidense mató a más de 150 alumnas en una escuela. Captura de pantalla del video publicado en Facebook por Reuters. Uso legítimo.
Durante dos años, mientras el genocidio en Gaza se desarrollaba frente a los ojos del mundo, lo advertimos. Durante décadas, hemos documentado la hipocresía que respalda la respuesta global a los conflictos, que solo sirven para alimentar esos conflictos. Hoy, esas advertencias ya no son teóricas, se desarrollan en tiempo real a lo largo del oeste de Asia, mientras que los crímenes de guerra normalizados en Gaza ahora sirven como modelo para los nuevos escenarios de destrucción en Líbano e Irán.
Gaza como precedente
La guerra genocida de Israel sobre Gaza nunca fue un incidente aislado. Fue la reiteración extrema de una doctrina que se ha estado desarrollando y que décadas de impunidad han facilitado. La “doctrina Dahiya“ que Israel desató sobre la capital del Líbano durante la guerra de 2006, tuvo como objetivo explícito la destrucción de la infraestructura civil o el “domicidio“ para presionar a los Gobiernos con castigo colectivo de la población civil. Esta doctrina, nombrada por el suburbio del sur de Beirut conocido como “Dahiya” (literalmente “suburbio”), estableció un precedente peligroso: el castigo colectivo de poblaciones civiles podrían presentarse públicamente como una estrategia militar legítima sin consecuencias.
Gaza representó la versión extrema de este planteamiento. Ahora, con las guerras en Líbano e Irán de Israel y Estados Unidos, vemos el mismo patrón. Las tácticas son conocidas, la retórica es consistente, y la respuesta internacional —o la falta de respuesta— está predeciblemente sesgada.
Un patrón peligroso
Líbano se convirtió en el segundo gran escenario en 2024 y ahora de nuevo en 2026, un reflejo del libro de tácticas de Gaza pero con adaptaciones regionales. El desplazamiento de población de Dahiya, el valle de Bekaa y el sur de Líbano, casi un millón de personas, sigue la misma estrategia de ingeniería demográfica vista en Gaza: forzar a la población civil, en este caso predominantemente a la comunidad chiíta, a huir, para luego destruir el territorio, incluidos infraestructura, viviendas, y envenenar el suelo para que ya no pueda existir la vida.
Los trabajadores de la salud en Líbano han enfrentado ataques deliberados, hay informes de hospitales amenazados y evacuados. Esto nos remite al ataque sistemático de infraestructura de salud en Gaza, cuyos hospitales, ambulancias y personal médico se convirtieron en objetivos frecuentes. Los ataques israelíes sobre las fuerzas de paz de Naciones Unidas en el sur de Líbano representa otra escalada peligrosa, que menoscaban la ley internacional humanitaria y las protecciones garantizadas a las fuerzas de paz, que otra vez no tuvo repercusiones para los atacantes.
En Irán, los ataques a la infraestructura civil provocaron desastres ambientales de proporciones catastróficas. El bombardeo de instalaciones de almacenamiento de petróleo en Teherán y otras ciudades iraníes desataron crisis ambientales que afectarán a generaciones. Estos ataques sobre infraestructura civil —plantas desalinizadoras, instalaciones petroleras, medios, servicios públicos, entre muchos otros— representan una clara violación de la ley humanitaria internacional, y tampoco hubo grandes repercusiones para los agresores.
El artículo 54 del Protocolo Adicional I de la Convención de Ginebra prohíbe explícitamente los ataques sobre objetivos indispensables para la supervivencia de la población civil, e incluye productos alimentarios, granos, ganado, instalaciones de agua potable y obras de irrigación.
La retórica del terror
Quizás lo más preocupante ha sido la retórica pública de funcionarios de Estados Unidos e Israel. Una publicación reciente del presidente estadounidense, Donald Trump, en Truth Social amenazó que “destruirían objetivos fácilmente alcanzables que harían que para Irán fuera virtualmente imposible reconstruirse como nación, muerte, fuego y furia reinarán sobre ellos”. Declaraciones así representan una retórica incendiaria, y también amenazas explícitas de castigo colectivo.
Este no es un hecho aislado; lo escuchamos del secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, por ejemplo, cuando declara que “los únicos que deben preocuparse son los iraníes que creen que van a sobrevivir”. O la experimentada senadora de Carolina del Sur, Lindsey Graham, una de las consejeras más cercanas de Trump y una de las defensoras más acérrimas de Israel, que dijo: “arrasamos Berlín, arrasamos Tokio. ¿Estuvimos mal en soltar una bomba nuclear para terminar con el reinado del terror de Japón?… Si yo fuera Israel, probablemente hubiera hecho lo mismo”.
Esto se añade a las innumerables declaraciones documentadas de funcionarios israelíes que anuncian abiertamente su intención de cometer genocidio y, más recientemente, exponer explícitamente su intención de repetir sus crímenes en Gaza, esta vez en Beirut y Teherán.
Estas declaraciones públicas no son solo bravuconería; sirven como notificación de posibles infracciones. Cuando los funcionarios anuncian sus intenciones de hacer insoportables las condiciones de vida para un grupo de personas, esencialmente están admitiendo sus planes de violar principios fundamentales de la ley internacional y, literalmente, la definición de genocidio, que incluye “imponer deliberadamente a un grupo condiciones de vida destinadas a provocar su destrucción física, total o parcial”. Vimos esto una y otra vez en Gaza, luego en Líbano y ahora también en Irán, con funcionarios israelíes y estadounidenses que se jactan de sus posibles crímenes antes de cometerlos.
Indignación selectiva
Aunque se publican condenas sobre Irán y Hezbolá con una regularidad predecible, se imponen sanciones y se despliegan ejércitos, hay un ensordecedor silencio sobre los agresores que no solo son responsables de comenzar la presente guerra, sino que cometen crímenes de guerra inmensurablemente más grandes y mortales. Esto incluye el asesinato de más de 175 iraníes, la mayoría colegialas, el primer día de los ataques de Estados Unidos. La indignación selectiva de la comunidad internacional revela la hipocresía que sustenta el llamado “orden internacional que se basa en normas“, y solo confirma que quienes se sienten desprotegidos deben buscar alternativas para protegerse.
Lo que hace a este doble rasero particularmente evidente son los cálculos económicos detrás del silencio. Parece que todo lo que importa es mantener abierto el estrecho de Ormuz para que el petróleo continúe fluyendo y el dinero continúe cambiando de manos. Las vidas de los civiles en Líbano, Irán y en otros lugares de la región parecen ser secundarios a los intereses económicos.
El fin de la farsa de la ley internacional
Lo que estamos presenciando no es solo la escalada del conflicto; es la muerte de la ley internacional como una restricción significativa, aunque limitada, para los Estados poderosos. Cuando se anuncian crímenes de guerra por anticipado y se cometen abiertamente, cuando el desplazamiento de civiles se convierte en objetivo declarado, y cuando la destrucción ambiental se trata como un daño colateral, nos hemos alejado más allá del ámbito de las zonas grises de la ley a un mundo en el que la fuerza se impone sobre la razón.
El fracaso de la comunidad internacional para actuar, su condena selectiva y su complicidad económica apuntan a la misma conclusión.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el alto representante de Asuntos Exteriores y Políticas de Seguridad, Kaja Kallas, reconocieron abiertamente el colapso del orden legal internacional cuando llamaron a Europa a adaptarse al “orden mundial caótico y coercitivo” en medio de las “crecientes violaciones del derecho internacional”. En su discurso de marzo de 2026, von der Leyen admitió que “no podemos resolver todos los conflictos globales o reconciliar perfectamente nuestros valores e intereses en cada ocasión”, y señaló efectivamente la aceptación de la Unión Europea de la realidad posderecho internacional.
La admisión de indefensión aparece mientras la propia Unión Europea carga con gran responsabilidad por la destrucción actual. Luego de décadas de conciliación ante las políticas de ocupación israelíes, silencio cómplice sobre el castigo colectivo en Gaza y priorización de la seguridad energética por sobre los derechos humanos, la Unión Europea ha posibilitado activamente que se normalicen los crímenes de guerra que hoy se replican en Líbano e Irán.
Los intereses estratégicos del bloque, que incluyen mantener acceso al estrecho de Ormuz, han superado de manera consistente su compromiso declarado con el derecho internacional, y convertido al llamado de von der Leyen adaptar un reconocimiento de circunstancias externas a admitir el papel que la Unión Europea tuvo en desmantelar el marco legal que dice sostener.
En un discurso reciente durante la Conferencia de Seguridad en Múnich, el secretario de Estado de Estados Unidos pidió a los aliados europeos “no dejarse atar por la culpa y la vergüenza” sobre su “cultura y legado”, y pidió el regreso de la “era del dominio de Occidente”. Rubio añadió: “esto es lo que hicimos juntos antes, y esto es lo que el presidente Trump y Estados Unidos quieren lograr de nuevo ahora, junto a ustedes”. El discurso no fue recibido con horror por el llamado a revivir uno de los siglos más brutales de colonialismo y esclavitud de la humanidad, sino con una ovación de pie de los líderes europeos en la sala.
El futuro de la atrocidad normalizada
A menos que se dé un giro dramático en la conciencia global y la voluntad política, y que en los países que producen las armas más avanzadas del mundo y desatan guerras en el extranjero la gente no reaccione por el aumento del precio de la gasolina sino por la noción de que financiar crímenes de guerra cometidos en su nombre está mal, podemos esperar que este patrón continúe.
La normalización de estos crímenes de guerra ha creado un peligroso precedente —o el regreso a la tradición de colonialismo brutal— que puede aplicarse en cualquier lugar y momento. Cuando Estados poderosos pueden actuar con impunidad, cuando pueden anunciar sus intenciones de cometer atrocidades y luego cometerlas sin consecuencias, el marco del derecho legal se vuelve absurdo, incluso como una cortina de humo.
La advertencia hecha hace más de dos años —que Gaza se convertiría en el modelo de un futuro desolador para el mundo entero— no fue una exageración. Fue una observación fatídica de la dirección a la que nos dirigíamos. Hoy, ese futuro no está cerca; ya está aquí.
La pregunta ya no es si estas acciones son crímenes de guerra; tenemos suficiente evidencia para poder determinarlo. La pregunta es si el mundo finalmente tendrá el coraje de reconocer la verdad y de responsabilizar a los poderosos al aplicar sanciones a los criminales y medidas prácticas para presionarlos, o si continuará por el camino de la complicidad a través del silencio y la indignación selectiva.
La respuesta determinará el destino de Irán, Líbano y Palestina, y también el futuro de un planeta impactado por la presión de la destrucción humana.







