
Personal del militar colombiano instalando un dron ART SCANEAGLE-NIGHTEAGLE durante la Feria Aeronáutica Internacional—Colombia 2019 en el Aeropuerto Internacional José María Córdova en Rionegro, Colombia, el 11 de julio de 2019. Imagen por Staff Sgt. Megan Floyd de la página Flickr de S.C. Air National Guard. Libre de derechos.
Esta publicación forma parte de la serie especial de Global Voices de abril de 2026, «Perspectivas humanas sobre la IA». Esta serie ofrecerá una visión sobre cómo se está utilizando la IA en los países de la mayoría global, cómo su uso e implementación están afectando a comunidades específicas, qué podría significar este experimento con la IA para las generaciones futuras, y más. Puedes apoyar esta cobertura realizando una donación aquí.
La inteligencia artificial (IA) no llega como una tecnología neutral a los contextos de guerra. En Colombia, se inserta gradualmente, amplificando desigualdades, acelerando la desinformación y reconfigurando la violencia.
A través de cinco casos registrados por medios locales, este artículo explora cómo tecnologías accesibles están reconfigurando distintas dimensiones del conflicto armado colombiano que, a pesar de varios procesos de paz, persiste desde hace más de 60 años debido a la presencia de múltiples grupos armados no estatales, economías ilegales y profundas desigualdades territoriales. Más que una adopción uniforme de inteligencia artificial, emerge una innovación tecnológica que transforma el campo de batalla, el proceso de toma de decisiones, las narrativas locales y las formas de control social.
Drones de bajo costo
En varias regiones de Colombia, grupos armados no estatales desde 2024 están utilizando drones comerciales modificados de manera rudimentaria para lanzar explosivos contra estaciones de policía y posiciones militares, dejando cientos de uniformados muertos y heridos. Aunque estos dispositivos no incorporan IA, su uso refleja la capacidad de actores armados con recursos limitados para adaptar tecnologías accesibles y alterar el equilibrio táctico. A diferencia de los sistemas más sofisticados y producidos a escala que se han visto en la guerra en Ucrania o en conflictos vinculados a Irán, donde los drones forman parte de estrategias militares más complejas, en el contexto colombiano los drones representan una etapa intermedia, una guerra aún operada por humanos, que se acerca a formas de automatización que a futuro pueden integrar herramientas algorítmicas más sofisticadas.
Sistemas anti-drones más sofisticados
La transformación en el campo de batalla con el empleo de drones de bajo costo ha obligado al gobierno colombiano a preparar una respuesta tecnológica. Desde 2025, el Gobierno está creando un “escudo nacional antidrones”, una arquitectura tecnológica compleja que combina múltiples capacidades: sensores especializados capaces de detectar drones y diferenciarlos de aves o aeronaves, tecnologías como el micro-Doppler para identificar objetos en movimiento, sistemas de radiofrecuencia que localizan y bloquean la señal entre el dron y su operador, y mecanismos de neutralización tanto electrónicos como físicos. Se trata de una plataforma híbrida que combina sensores físicos, algoritmos de procesamiento de datos y toma de decisiones humana que va gradualmente redefiniendo cómo se detecta, evalúa y responde a la amenaza.
El algoritmo que prioriza territorios
Las instituciones de seguridad han comenzado a incorporar herramientas de IA para orientar la acción operativa, de acuerdo con el análisis de datos que permite identificar riesgos y anticipar amenazas. El Modelo de Servicio de Policía, adoptado en 2024, propone un despliegue “focalizado y diferencial”, basado en el análisis de datos en tiempo real para identificar puntos críticos de criminalidad. Esta lógica se extiende también al ámbito militar. Informes de la Fuerza Aeroespacial Colombiana señalan el uso de sistemas de vigilancia y reconocimiento que integran sensores avanzados y procesamiento de datos para construir modelos de riesgo en zonas de conflicto, facilitando el despliegue más preciso de capacidades en tierra y aire. Estos sistemas no operan de forma autónoma, pero estructuran el mapa sobre el cual se actúa. En un contexto marcado por desigualdades territoriales y limitaciones en la calidad de los datos, la promesa de mayor eficiencia en seguridad coexiste con el riesgo de reproducir sesgos existentes, intensificando la vigilancia en territorios estigmatizados, mientras otros permanecen invisibles.
Manipulación de narrativas
En 2023 medios locales documentaron el uso emergente de IA para desinformar en contextos políticos sensibles. Durante las elecciones regionales en octubre, un proceso atravesado por disputas locales de poder en territorios con presencia de actores armados, comenzaron a circular audios generados artificialmente con la voz de candidatos, para atacar o favorecer sus campañas. En noviembre de ese mismo año, videos con avatares generados mediante IA, que simulaban ser un médico, un paciente crónico y un militar, circularon en redes sociales para convocar protestas contra el gobierno. Esta producción sofisticada de voces e imágenes falsas, además de alterar la percepción pública, puede incidir en decisiones de seguridad, estigmatizar comunidades y legitimar medidas de control.
Base social del control algorítmico
Grupos comunitarios de redes sociales que en teoría funcionan para compartir alertas de seguridad fueron cooptados por grupos armados no estatales para difundir fotografías y perfiles de líderes sociales, jóvenes y ciudadanos acusándolos de colaborar con grupos rivales o con el gobierno. Esta práctica ocurre principalmente en grupos cerrados de WhatsApp creados por habitantes bajo presión de los actores armados, donde circulan mensajes intimidatorios y acusaciones sin pruebas. En Facebook, perfiles anónimos o falsos replican esta información. Estas listas negras digitales vinculadas a amenazas, desplazamientos forzados y asesinatos selectivos, son la base de un sistema de control que podría ser acelerado y automatizado por la IA.
Estos casos representan cómo la IA se está introduciendo en el conflicto armado colombiano a través de un proceso gradual, en el que tecnologías accesibles, análisis de datos y automatización parcial soportan estructuras preexistentes de violencia, amplificando sus efectos: hacen más eficiente la vigilancia, más rápida la desinformación y potencialmente más desigual la intervención estatal. En este contexto, el riesgo no es solo que el conflicto evolucione hacia una guerra dominada por sistemas autónomos; el peligro más inmediato es que estas herramientas terminen reforzando las mismas brechas territoriales y sociales que han sostenido la violencia durante décadas.






