La nueva crisis global ya está aquí: Trauma infantil causado por la guerra

Children playing in a street in war-torn Damascus, Syria. Undated photo by Baraa Obied on Pexels.

Niños juegan en una calle de la ciudad Damasco, Siria, destruida por la guerra. Foto sin fecha de Baraa Obied en Pexels.

Escrito por Angela Joyce

La brutal realidad de las guerras que se desarrollan en nuestro planeta, como la actual guerra en Ucrania, el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos, o la devastadora crisis humanitaria en Gaza, revela que la guerra jamás se lleva a cabo únicamente en los campos de batalla. Sucede en cada carretera, en cada patio escolar y en cada hogar.

Las últimas noticias de guerra dominan los titulares, pero tras bambalinas, es la gente común y corriente la que sufre más, sobre todo los niños. Se han visto en casos tales como los del niño menor de dos años en Gaza, que fue devuelto a su familia con heridas que habían sido causadas por torturas, según los médicos. Los niños en zonas de guerra sufren consecuencias duraderas a nivel emocional, físico y en su desarrollo.

Si bien la comunidad global suele contabilizar el impacto visible —las vidas perdidas, las escuelas destruidas—, las heridas del trauma, el desplazamiento y la confianza quebrada pueden acompañar a los niños que crecen en zonas de guerra durante el resto de sus vidas.

El trauma, principal predictor de dificultades para toda la vida en niños en zonas de guerra

El trauma es uno de los problemas más serios que enfrentan los niños que viven en zonas de guerra. Si bien algunas heridas físicas se pueden curar o tratar, las heridas invisibles del trauma psicológico pueden durar toda la vida.

Lamentablemente, por lo general se subestima la salud mental, sobre todo en zonas violentas. Entender y tratar este trauma es fundamental para ayudar a que estos niños sanen y reconstruyan sus vidas.

Cada vez más, los expertos argumentan que el trauma psicológico causado por la guerra debería reconocerse y tratarse como una crisis de salud pública global.

Los profesionales que trabajan con niños, como los servicios de protección infantil, tienen diversas maneras de evaluarlos cuando ingresan al sistema de cuidado para determinar cuál es la mejor manera de acompañar a los menores en el proceso. Una de esas maneras es la detección de experiencias adversas en la infancia.

Estas evaluaciones incluyen preguntas tales como: «¿alguna vez no has tenido acceso a comida, agua o refugio? ¿Has perdido a uno o más de tus cuidadores por enfermedad, prisión o divorcio? ¿Alguna vez has sufrido violencia por parte de un familiar? ¿Y alguna vez has sufrido contacto sexual no deseado por parte de un adulto?».

Son 10 preguntas en total. Estas preguntas se usan para discernir el nivel de trauma que un niño ha pasado, y actualmente las utilizan trabajadores sociales y psicólogos de Estados Unidos.

Si una persona ha pasado por tres o más de estas experiencias adversas, está pone en un riesgo mucho mayor de estrés postraumático, depresión, ansiedad, intentos de suicidio, uso de drogas y muchos otros tipos de enfermedades físicas, incluidos cáncer, presión alta e insuficiencia cardíaca.

Una de cada 10 personas en Estados Unidos tiene entre tres o más experiencias adversas en la niñez. Es mucho menos que uno de cada seis niños alrededor del mundo que se estima que viven en zonas de conflicto activo y experimentan altos niveles de múltiples experiencias adversas al mismo tiempo.

Cuando una parte tan grande de niños del mundo están expuestos al trauma constantemente, el impacto psicológico de la guerra se convierte en algo más que en una preocupación humanitaria.

Se convierte en un asunto de salud global que moldeará a las sociedades durante décadas.

Estadística actual de niños en zonas violentas en el mundo

Alrededor del mundo, los niños siguen viviendo los efectos devastadores de la guerra de primera mano.

En Ucrania, han matado o herido a miles de niños, y millones han tenido que desplazarse desde el comienzo de la guerra, lo que ha dejado a las familias en una situación precaria al reconstruir su vida diaria en medio de una incertidumbre continua.

En el Asia occidental, la guerra reciente que involucra a Irán ha empeorado la situación regional, que ya era frágil. Los informes indican que han matado a cientos de niños o han quedado heridos durante los bombardeos, y los ataques a las escuelas y las zonas civiles generan graves preocupaciones humanitarias.

En Gaza, James Elder, portavoz de UNICEF, ha descrito el territorio como «el lugar más peligroso del mundo para un niño«.  Decenas de miles de niños han muerto o han quedado heridos, mientras que cientos de miles han tenido que desplazarse y ahora enfrentan condiciones humanitarias severas.

En Sudán, millones de niños también han tenido que desplazarse por el conflicto en curso, y muchos han quedado sin acceso confiable a comida, educación, salud o un refugio seguro.

Para los niños que atraviesan estas crisis, la guerra no es un acontecimiento distante que ven por la televisión, es algo que los rodea y que controla cada aspecto de sus vidas.

La recuperación

La buena noticia es que los niños son resilientes.

Hay algunos factores que protegen de los efectos del trauma: el más efectivo es cuidarlos de manera consistente, estar presentes, darles apoyo y calmarlos.

Como adultos, tenemos una oportunidad increíble de reducir y revertir los efectos de los juicios y tribulaciones que experimentan los más pequeños.

Lamentablemente, muchos niños en las zonas de conflicto han perdido a uno o a ambos cuidadores principales, lo que los deja más susceptibles a los efectos de las experiencias adversas.

La resiliencia en niños que han vivido traumas no siempre implica volver a la normalidad o «recuperarse».

Después de la acumulación de experiencias adversas, como perder el hogar, las pertenencias, a los seres queridos, sufrir heridas y muchas otras cosas, es difícil definir qué es «normal».

Muchos especialistas en trauma que trabajan con niños creen que es más realista que pasen por algo llamado «búsqueda de sentido«, donde las personas hallan significado a sus experiencias, de cómo los moldean y cómo pueden seguir adelante.

Este proceso generalmente requiere apoyo psicológico, un ambiente estable y redes comunitarias que permitan a los niños empezar a reconstruir su sentido de seguridad y pertenencia.

La responsabilidad colectiva de proteger la niñez

Ya sea que reflexionemos sobre las guerras que suceden hoy en día o que pensemos en cómo evitar conflictos futuros, hay algo que sigue siendo fundamental: hay que proteger a los niños del devastador peso de la violencia.

Una generación que crece rodeada de guerra no necesariamente es una generación perdida. Con estabilidad, apoyo y oportunidad, esos mismos niños pueden convertirse en líderes, innovadores y en defensores de un mundo más pacífico. Pero no pueden hacerlo solos.

La responsabilidad de la comunidad global no es únicamente reconstruir  infraestructura, también es ayudar a los niños a reconstruir su sentido de seguridad, estabilidad y esperanza.

Esta responsabilidad no es solo de Gobiernos e instituciones internacionales, sino también de educadores, trabajadores humanitarios, líderes comunitarios y ciudadanos.

Apoyar iniciativas que brinden educación, atención psicológica y entornos estables para los niños afectados por conflictos, promover políticas que protejan a la población civil y mantenerse informado sobre las crisis humanitarias son formas en que las personas pueden ayudar a garantizar que los niños no tengan que cargar solos con el peso de la guerra.

El verdadero costo del conflicto no se mide sólo por los edificios destruidos o por el territorio perdido. Se mide a través de las infancias marcadas por la violencia y la responsabilidad colectiva que compartimos de proteger a las generaciones que crecen bajo la sombra de esa violencia.

Angela Joyce es escritora independiente que se especializa sobre respuesta humanitaria, desarrollo global y el desplazamiento. Trabaja en comunicaciones para una organización de ayuda internacional y escribe sobre el impacto humano del conflicto y la crisis.

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