La única conexión es humana: Por qué es vital valorar la creatividad humana en la era de IA

Young people talking under a tree with books while cellphones encourage them to turn away from personal contact. Image by Ibrahim Kizza for the Association for Progressive Communications (APC), used with permission.

Imagen de Ibrahim Kizza para la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC), utilizada con autorización.

Este artículo forma parte de la serie “No le preguntes a la IA, pregúntale a un compañero”, colaboración entre Global Voices, la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones y GenderIT. La serie busca volver a enfatizar la importancia del intercambio de conocimientos entre personas, tal y como se ha hecho durante décadas. Puedes seguir la serie en APCGenderIT y Global Voices. También es parte de la serie Spotlight de abril de 2026 de Global Voices, “Perspectivas humanas sobre IA”. Puedes ayudar esta cobertura con una donación.

Desde los inicios del actual auge de la IA, cuando OpenAI puso ChatGPT a disponibilidad de millones de usuarios en todo el mundo en noviembre de 2022 (en aquel momento, sin regulaciones, marcos éticos ni medidas de seguridad), hemos escuchado numerosas predicciones sobre cómo la IA cambiará todo para los seres humanos: se sustituiría el trabajo humano; la creatividad humana ya no sería necesaria; las relaciones humanas mejorarían enormemente gracias a los asistentes virtuales; los Gobiernos aplicarían algoritmos de IA estrictos que eliminarían los sesgos humanos en los servicios sociales; dispondremos de avances científicos revolucionarios en pocos años, y mucho más.

Más de tres años después, ¿cómo ha cambiado para nosotros la llegada de la IA generativa? Ha provocado trastornos innecesarios y perjudiciales en nuestro sistema educativo, ha dado a algunos programadores más herramientas para escribir código y se ha utilizado en la guerra, casi sin supervisión humana.

Estamos en 2026 y las empresas de IA siguen sin tener modelos de negocio rentables y no pueden ofrecer a las empresas propuestas significativas sobre cómo utilizar sus productos. Sin embargo, los responsables del sector de la IA (directores generales, directores financieros, directores de investigación e incluso directores de ética) siguen vendiéndonos su visión mágica y antropomórfica de sus modelos. Cabe destacar también que la mayoría de estas empresas están vinculadas a la «generación anterior» de oligarcas tecnológicos: Google está desarrollando Gemini, Microsoft invirtió en Anthropic y en Open AI, Meta de Mark Zuckerberg tiene su propio Llama, Elon Musk compró y arrasó con Twitter, y también tiene el famoso Grok, orientado a la pornografía, y Jeff Bezos está invirtiendo en siete empresas de IA, como Perplexity AI y la empresa emergente de IA de Países Bajos, Toloka.

Las narrativas sobre la IA de las empresas son deliberadamente engañosas

Investigadores y periodistas ya han hecho algunos trabajos para mostrar cómo se construyen las narrativas en torno a la IA y cómo esto influye en nuestra ansiedad y en nuestras percepciones erróneas al respecto, y también en el pánico de los Gobiernos ante la posibilidad de “perder la carrera de la IA”.

Cuando OpenAI presentó ChatGPT, se describió como “entrenado” con una vasta recopilación de datos, que utiliza una «red neuronal» capaz de generar “lenguaje natural”. Esta terminología, aunque tiene una base técnica, también enmarcaba el sistema en términos similares a los humanos, lo que sugería algo más que una mera inteligencia “artificial”.

Al mismo tiempo, los errores del sistema se etiquetaron como “alucinaciones”, término que evoca imaginación o pensamiento mágico, y que también pertenece al ámbito humano. Pero no se trata de alucinaciones, sino de errores reales que cometen los modelos construidos sobre probabilidades estadísticas. Y cometen muchos: algunos investigadores estiman que los modelos se equivocan en un 25-30% de los casos.

Aun así, el efecto combinado de esta terminología, el revuelo mediático que la rodea y las ampliamente publicitadas preocupaciones de Altman sobre la IA avanzada han moldeado la percepción pública en otra dirección. En conjunto, contribuyen a comprender la IA como algo dinámico, expansivo y difícil de controlar, a veces incluso la presentan como una amenaza existencial para la humanidad.

Otro ejemplo de humanización de los asistentes virtuales proviene de Anthropic

Recientemente, Anthropic, empresa de IA fundada por investigadores de OpenAI, publicó el documento “La constitución de Claude”. En el documento, como observa la académica del derecho Luisa Jarovsky, Anthropic recurre en gran medida a un planteamiento antropomórfico, que promueve lo que puede leerse como una descripción pretenciosa, controvertida y jurídicamente cuestionable sobre la naturaleza y el rol social de los sistemas de IA.

Por ejemplo, el documento afirma: “Animamos a Claude a abordar su propia existencia con curiosidad y mente abierta, en lugar de intentar interpretarla a través de la mirada humana o de concepciones anteriores sobre IA”.

Este lenguaje presenta al modelo como una entidad cuasiconsciente, capaz de reflexionar y de “abordar su propia existencia”.

Desde una perspectiva de gobernanza, sostiene Jarovsky, la constitución de Claude representa una novedad preocupante. Corre el riesgo de subordinar los valores humanos, las normas legales y los derechos al atribuir a los sistemas de IA un estado filosófico y moral indebido.

Por último, los propios macromodelos lenguaje están diseñados para producir texto en primera persona, informal y conversacional, mientras que las voces sintéticas están programadas para sonar humanas. Además, según Caleb Sponheim, ex neurocientífico computacional, estos sistemas generan respuestas cargadas de cortesías innecesarias, asentimientos aduladores y lenguaje antropomórfico que prioriza la interacción por encima de la utilidad.

Además, una de las autoras de este documento, la doctora Amanda Askell, filósofa de la empresa Anthropic, dijo que estaba “construyendo la personalidad de Claude”.

La IA no es tu amiga

Emily Bender, profesora de lingüística en la Universidad de Washington, y Nanna Inie, profesora adjunta en la Universidad de Tecnología de Copenhague, dicen: “La IA no es tu amiga. Tampoco es un tutor inteligente, un oído empático ni una asistente útil. No puede ‘inventar’ hechos, y no comete ‘errores’. En realidad, no responde tus preguntas”.

No tiene “creatividad”, no “piensa” ni “conecta”. Solo puede repetir aquello con lo que ya ha sido “entrenada”, y eso lo produjeron seres humanos. La IA generativa no escribe, no diseña ni pinta: genera los patrones estadísticamente más cercanos; son sistemas de automatización probabilística, lo que los hace fundamentalmente diferentes del conocimiento o la creatividad humanos. Sí, probablemente podrían ser herramientas útiles en algunas profesiones.

Pero para entenderlo, debemos cambiar el lenguaje que rodea a los modelos de IA y a la propia tecnología. Los periodistas y los medios deben dejar de repetir los argumentos de mercadotecnia de las empresas tecnológicas, y los responsables políticos deben dejar de priorizar una urgencia imaginada por encima de la seguridad y los derechos humanos.

Entonces, la respuesta a la pregunta “¿por qué es vital valorar la creatividad y la conexión humana en la era de la IA?”, es que la única creatividad que existe y la única conexión que hay es la humana, sin importar lo que las empresas tecnológicas intenten vendernos.

Daria Dergacheva es investigadora en medios y comunicación, su perspectiva es la gobernanza de las plataformas y la IA, el autoritarismo digital y los estudios sobre propaganda y desinformación. Tiene formación en periodismo y actualmente es editora para Europa Central y Oriental en Global Voices, además de autora e investigadora independiente sobre tecnología y las regiones de la mayoría global.

Ibrahim Kizza es artista visual, diseñador e ilustrador cuya obra explora la conexión humana, la identidad y la cultura. Sus ilustraciones se caracterizan por composiciones audaces, colores expresivos y una marcado perspectiva narrativa, a menudo sobre la vida y las experiencias vividas de afrodescendientes. Trabaja en espacios editoriales y digitales, crea arte e ilustraciones que equilibran la simplicidad con la profundidad emocional, y usa el contraste y el simbolismo para comunicar ideas complejas con claridad. Para este proyecto, Ibrahim elabora una respuesta visual a la tensión entre la conexión artificial y la humana, lo que refuerza el valor de la experiencia vivida y la creatividad colectiva en un mundo cada vez más automatizado. Más allá de la ilustración, sus intereses abarcan el diseño, el deporte y el cine, que siguen influyendo en su lenguaje visual y su narrativa.

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