Cuando la privacidad desaparece: Cómo es la vida dentro de refugios para desplazados en Gaza

Shelters, including a temporary improvised bathroom set up between the tents. Picture by the author, used with permission.

Refugios, incluido un baño improvisado y temporal entre las tiendas de campaña. Foto de la autora, usada con autorización.

Por Marwa Rommaneh

En las primeras horas de la mañana, cuando las escuelas deberían estar preparándose para recibir estudiantes, los patios están llenos de hombres durmiendo en el piso. El movimiento comienza antes del amanecer y, gradualmente, se forman líneas afuera de instalaciones sanitarias. Las escuelas de Gaza ya no son lugares para la educación, se han transformado en refugios para desplazados que albergan a cientos de familias en un mismo espacio compartido.

En la primera semana de la guerra en Gaza en octubre de 2023, el Organismo de Obras Públicas y Socorro de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente informó que alrededor de 218,600 desplazados se refugiaban en 92 de sus escuelas en toda la Franja de Gaza, mientras que muchas otras buscaron refugio en escuelas gubernamentales y otros edificios. Con el tiempo, estas cifras crecieron y el hacinamiento se convirtió en una arraigada realidad cotidiana.

En estos entornos, no toma mucho tiempo darse cuenta de que ha desaparecido algo fundamental: la privacidad ya no es parte de la vida.

Una escena colectiva continua

Todo lo que alguna vez ocurrió detrás de las paredes de un hogar ahora está expuesto. Cocinar, lavar, descansar y las rutinas diarias, todo se desarrolla en un único espacio compartido, en frente de todo el mundo. No hay habitaciones, puertas cerradas ni rincones que ofrezcan siquiera un momento a solas. La vida aquí no se vive de forma separada, sino en un solapamiento constante, donde los detalles de cada familia se vuelven parte de una escena colectiva continua.

Este solapamiento no se trata solo del espacio limitado; sino también de la pérdida de la capacidad de estar a solas, aunque sea por un momento. El silencio se vuelve poco común, y el descanso se practica con cuidado, como si fuera temporal, en un lugar que no permite la estabilidad.

Durante mi participación en campañas de vacunación contra la polio en Gaza, cuando trabajé en registro de datos y apoyo en el terreno, la experiencia no se limitó a su dimensión administrativa. Fue un enfrentamiento diario con esta realidad. Acercarse a los niños requería moverse por espacios abarrotados y trabajar en entornos que no ofrecían comodidad ni privacidad. No había un espacio designado para la interacción o la atención; cada paso se daba en un entorno lleno de gente, donde el movimiento se entrecruzaba constantemente con la vida diaria.

Con el tiempo, la pérdida de privacidad ya no es un detalle menor; pasa a formar parte de la misma experiencia vivida. La vida está expuesta, se comparte y es constantemente visible, y nada permanece «privado» tal como se entendía antes.

Las dificultades de la vida diaria

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) han destacado los crecientes problemas sanitarios que enfrentan los niños en Gaza, especialmente las dificultades para prestar servicios de salud y realizar campañas de vacunación en entornos hacinados y con recursos limitados.

En este contexto, el hacinamiento se convierte en más que una descripción; se convierte en una condición que gobierna todo: el movimiento, la comunicación e incluso la prestación de atención. Cada pequeño detalle es moldeado por la falta de espacio y la densidad de personas, lo que hace que incluso las tareas más simples sean más complejas.

Tents and shelters for displaced families in Gaza. Picture by the author, used with permission

Tiendas de campaña y refugios para familias desplazadas en Gaza. Foto de la autora, usada con autorización.

Los niños viven esta realidad cada día, a menudo sin entender o adaptarse por completo. No hay un espacio para jugar con normalidad ni un entorno que dé sensación de seguridad o comodidad. Para los niños con discapacidad, los desafíos son aún mayores, ya que tienen que vivir en condiciones que no satisfacen sus necesidades básicas.

Estimaciones de la organización Save the Children indican que en Gaza durante 2024, alrededor de 475 niños cada mes sufrieron lesiones que podrían resultar en discapacidades permanentes, como pérdida de extremidades y audición, y lesiones oculares graves. En entornos hacinados, estas realidades intensifican aún más las dificultades de la vida diaria, donde faltan incluso las condiciones más básicas para la seguridad y privacidad.

La posguerra: Una realidad que no ha cambiado

A pesar de la noción de una «posguerra», muy poco parece haber cambiado dentro de los refugios para desplazados. El hacinamiento continúa, el espacio sigue siendo limitado y la vida diaria sigue con las mismas rutinas que no dejan lugar para el espacio personal. N0 hay un verdadero retorno a los hogares ni existen alternativas que den siquiera un mínimo de comodidad, solo existe una continuidad de las mismas condiciones que, a pesar de su dureza, se han normalizado.

En esta realidad, la «posguerra» no surge como una nueva etapa, sino como una extensión de lo que existía antes. Las mismas filas, los mismos espacios compartidos y la misma sensación de que la vida se vive constantemente a la vista de los demás. Es como si el tiempo se hubiera detenido en el momento del desplazamiento, sin ofrecer a las personas una oportunidad real de recuperar alguna parte de su vida anterior.

Esta continuidad no solo significa que las condiciones siguen sin cambiar, sino que también quedan profundamente arraigadas. Con el tiempo, la pérdida de privacidad deja de ser temporal y se convierte en una condición prolongada que redefine cómo las personas se relacionan con el espacio y consigo mismas.

¿Qué perdemos cuando desaparece la privacidad?

El desplazamiento no es solo perder un hogar, sino perder totalmente una forma de vida, perder un espacio que alguna vez protegió los detalles cotidianos y dio a las personas la sensación simple de que parte de su vida les pertenecía.

En los refugios para desplazados, no solo se vive en lugares temporales, sino que se vive en una nueva realidad, moldeada por un hacinamiento constante. Con el tiempo, la pérdida de privacidad deja de ser temporal y se vuelve parte de la vida diaria, una realidad que redefine la relación entre las personas, el espacio y la vida misma.

Aquí, no solo desaparecen las paredes, sino también los límites que alguna vez dieron a la vida su significado más simple: la capacidad de una persona de tener un espacio propio, aunque sea solo un rincón pequeño donde nadie esté mirando.

Marwa Rommaneh es escritora independiente, graduada en Administración de Empresas de la Universidad Abierta de Al-Quds y escribe desde Palestina.

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