El guardián de semillas de la caatinga brasileña

Geraldo Gomes. Photos by Denise Matsumoto. Used with permission.

El almacén de semillas de Geraldo Gomes. Fotos de Denise Matsumoto, usadas con autorización.

Este artículo de Tatiana Merlino se publicó originalmente el 29 de enero de 2026 en O Joio e O Trigo, medio informativo brasileño independiente. Global Voices reproduce un fragmento de la publicación en virtud de un acuerdo de intercambio de contenido y como parte de la serie Spotlight de mayo de 2026, «Crisis globales, soluciones locales«. Puedes apoyar este reportaje con una donación.

De pie, con sombrero y anteojos puestos, y el acordeón en la mano, Geraldo Gomes canta una de canciones originales: “Vivo en el medio del bosque, cerca de la Madre Tierra, disfruto del perfume de las flores… Mi campo es diverso, siembro un poco de todo…”. Su madre, doña Rita, baila mientras él toca.

Estamos en la sala de estar familiar, en la comunidad de Touro, Serranópolis de Minas en el norte del estado de Minas Gerais. En los muros hay fotos de la familia, diplomas y certificados de los innumerables cursos que Geraldo ha seguido.

Geraldo’s living room is filled with products made from produce from his extensive collection of seeds.

Sala de estar de Geraldo llena de productos hechos con la materia prima que proviene de su gran colección de semillas. Fotos de Denise Matsumoto, usadas con autorización.

También hay una mesa con frascos llenos de semillas y botellas de licores que prepara con las plantas que cultiva en sus campos. “Hago licores con varias plantas. Uso calabaza, banana, maíz, juá de boi y hasta moringa. Debemos de preparar unas treinta variedades”.

Geraldo Gomes tiene 62 años y nació en esta casa, en la que también nació su madre y donde se casó su abuela. Como hijo y nieto de granjeros, comenzó a ir al campo a los siete años para acompañar a su padre y a su abuelo que siempre decía que “el campo debía ser como el bosque y tener muchas variedades de plantas”. Sembraban de todo: arroz, maní, caña de azúcar, calabaza, machicha, maíz, frijoles, habas y más.

Una de las costumbres de la familia es conservar e intercambiar semillas, y fue Geraldo quien mantuvo viva esta tradición del pueblo sertanejo que pasaba de generación en generación. “Las conservábamos para no depender de nadie. A veces, tenías que comprarlas y no las podías encontrar; y cuando las conseguías, no tenías el dinero para pagarlas”.

Si la sala de estar del granjero es llamativo por la abundancia de detalles, su almacén de semillas es aún más impactante. Hay estantes con botellas plásticas y frascos llenos de cientos de semillas de diferentes colores y tamaños. En el piso hay todavía más botellas y docenas de calabazas. Dice que tiene más de 200 variedades de semillas.

In Geraldo Gomes’s seed house, shelves hold jars and plastic bottles filled with hundreds of seeds in many colors and sizes. Photos by Denise Matsumoto. Used with permission.

En el almacén de semillas de Geraldo Gomes, hay estantes con botellas plásticas y frascos llenos de cientos de semillas de muchos colores y tamaños. Fotos de Denise Matsumoto, usadas con autorización.

Cien años de conservación

Geraldo es reconocido y famoso como importante guardián de las semillas ancestrales en su región. Nos explica que “un guardián es una persona que tiene muchas especies de varias plantas, las preserva y busca otras variedades que están desapareciendo para salvarlas y multiplicarlas. Tenemos especies de semillas que llevan plantadas más de cien años. Las conservamos para demostrar la relevancia que tienen y que podrían llegar a tener para las futuras generaciones. Hoy en día vemos que la mayoría de estas especies, ya sean autóctonas o trasplantadas, están desapareciendo”.

La granja familiar está ubicada en la caatinga semiárida, cuyo clima se caracteriza por largos períodos de sequía, la comida se produce sin pesticidas y las semillas se seleccionan y se guardan. Hay semillas de sandía, calabaza, algodón y de más de 70 tipos de frijoles: blancos, negros, amarillos, rojos, rayados, artesanales y más. También hay semillas de habas, ocra, machicha, ricino y maní. Además, guarda semillas de plantas medicinales. Con respecto al maíz, existen innumerables variedades: maíz blanco, que se usa para preparar canjica; maíz morado, colorido, esponjoso y con una mazorca buena para los animales; maíz criollo negro; maíz tupiniquin; maíz catingueiro y maíz cateto.

In Geraldo Gomes’s seed house, shelves hold jars and plastic bottles filled with hundreds of seeds in many colors and sizes.

En el almacén de semillas de Geraldo Gomes, hay estantes con botellas plásticas y frascos llenos de cientos de semillas de muchos colores y tamaños. Fotos de Denise Matsumoto, usadas con autorización.

En la entrada del almacén de semillas, hay un cartel que señala que la iniciativa tiene el apoyo del Programa Una Tierra y Dos Aguas de la Articulación del Semiárido, coalición que defiende vivir en armonía con la naturaleza en la semiárida región. El Centro de Agricultura Alternativa del norte de Minas Gerais, que promueve la agroecología y los derechos de personas y comunidades tradicionales de la región, también apoya el trabajo de Gomes.

Cambio climático

El rol de guardián de semillas de Gomes empezó cuando era muy joven. Al principio, no había un almacén dedicado para las semillas y las almacenaba en un granero de maíz. “Y año tras año, hemos estado seleccionando estas semillas. Hoy en día, lo que sueles encontrar en el supermercado son especies transgénicas”, se lamenta. Él vende sus semillas en mercados al aire libre, en ferias de trueque o por encargo.

Su trabajo de conservación enfrenta muchas dificultades. “Si no tienes mucha paciencia y no amas las semillas, terminas dándote por vencido. Hay pocos incentivos y pocas personas interesadas en este trabajo. Y yo veo los beneficios que puedes obtener de lo que siembras. Es una garantía ante estas adversidades, cuando existen tantos pesticidas. Porque todo el sistema de siembra ha cambiado”.

Geraldo se encarga de un campo agroecológico donde emplea el sistema de agroforestería o SAF. Mientras caminamos por su propiedad, nos muestra árboles frutales como el tamarindo, la guayaba, la castaña de cajú y el jambolán, además de las plantas medicinales. “Es una forma de tener todo junto: una agroforestería integrada para producir comida, fertilizar la tierra y, además, conservar el ambiente”

La diversidad de plantas y productos es indiscutible, pero la aparición de granjas de monocultivos cercanas y los efectos del cambio climático dañan la cosecha. “Cuando no usas pesticidas, puedes oler en el aire si la otra persona los usa y así nos daña. Y hoy hasta rocían pesticidas con drones”. El agua del río también está contaminada: “Vemos esto con tristeza porque antes de que existiera el monocultivo de algodón, el río fluía. Podía llover poco, pero todavía fluía. Con lo que se destruyó, llegó la deforestación. Hoy, se está perdiendo todo y el cambio climático es justo por eso”.

Geraldo Gomes tending his garden.

Geraldo Gomes cuida su jardín. Fotos de Denise Matsumoto, usada con autorización.

En la década de 1970, la ganadería, el riego y los proyectos del monocultivo del algodón llegaron a la región, y utilizaban las prácticas de agricultura promovidas por la denominada Revolución Verde: semillas híbridas, fertilizantes químicos, pesticidas y mecanización. Según Gomes, “fue un período de gran destrucción… Se eliminó mucha vegetación nativa para sembrar algodón y la gente pasó por muchas penurias porque comenzaron a depender de este sistema y del banco, que no solo los financiaba a ellos, sino también al monocultivo. Como resultado, muchos perdieron sus tierras para pagar sus deudas”, recuerda. “A veces cuando estabas en el río, ibas a bañarte en la tarde y veías flotar esa pequeña corriente de veneno que bajaba, era una especie de grasa de color verde”.

“Y de este sistema que siembro aquí, muchas veces la gente decía que era el campo de un loco y que yo debía estar loco por utilizar este sistema”, comenta. “Pero gracias a esta locura, al menos protegí la vida de muchas especies. De otro modo, ya no habría quedado nada”.

El “campo de la locura” de Geraldo es esencial para la conservación de la caatinga. Según la plataforma MapBiomas, entre 1985 y 2023, el bioma perdió un 14,4% de 8.6 millones de hectáreas cubiertas de vegetación nativa. Lo que queda representa el 59.6% del bioma o 51,4 millones de hectáreas. En casi cuatro décadas, la zona dedicada a la agricultura se expandió en 1.8 millones de hectáreas. En 1985 existían 115,000 hectáreas ocupadas por la y para 2023 alcanzaron los 1.9 millones. Las que más crecieron fueron las pasturas: 12.1 millones de hectáreas, un crecimiento del 112% entre 1985 y 2023, que aumentó de 10.8 millones a 22.9 millones de hectáreas.

Geraldo dice que quiere transformar el almacén de semillas en un museo. “Los que vienen, siempre se llevan licores. Y nosotros recalcamos lo importante que es cuidar la agricultura familiar”.

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