
Rosa Pachurí Paraba, Collage hecho por Global Voices.
Este artículo de Muy Waso fue publicado originalmente el 7 de abril de 2026, bajo el programa Get Ready for the COP. Una versión editada está siendo republicada por Global Voices bajo una alianza de medios.
Este artículo es parte de la serie Spotlight de mayo de 2026 de Global Voices, Crisis global, soluciones locales. Esta serie ofrecerá una mirada profunda sobre soluciones exitosas de protección ambiental. Puedes apoyar esta serie con una donación.
Bolivia vivió en 2024 la peor catástrofe de incendios forestales de su historia: 12,6 millones de hectáreas arrasadas, más del doble que en 2019. En la Chiquitanía, una de las regiones más golpeadas, las comunidades indígenas perdieron bosques, cultivos y fuentes de agua. En la comunidad Josema, del municipio de San Rafael de Velasco, doña Rosa Pachurí Paraba —presidenta de la Organización Regional de Mujeres Indígenas Chiquitanas (ORMICH)— lucha por recuperar lo que el fuego se llevó: la soberanía alimentaria de su pueblo.
Cuando era una pequeña niña, doña Rosa Pachurí Paraba aún podía saborear una riquísima sopita de yuca acompañada de un pescado fresco sacado de su río de la comunidad Josema, municipio San Rafael de Velasco, provincia Velasco, departamento de Santa Cruz, Bolivia. Esos ingredientes eran suficientes para que su madre pudiera alimentar a la familia. Hoy, Rosa ya no puede comer ese plato que tanto le gustaba, por el fuego y la sequía.
El caso de Rosa no es una excepción. Según la Defensoría del Pueblo de Bolivia, los incendios forestales y quemas descontroladas devastaron 12.658.157 hectáreas en 2024, una cifra que supera todos los registros históricos del país. El departamento más afectado fue Santa Cruz, con 8,5 millones de hectáreas quemadas (68 % del total nacional), según el informe Incendios forestales 2024: Tras las huellas del fuego de la Fundación Tierra.
Para dimensionar la catástrofe: es como si hubiera ardido un territorio equivalente a toda Cuba.

Incendios de 2024 en la zona Chiquitana. Foto por Revistas Nómadas/Steffen Reichle. Usada con permiso.
El Bosque Seco Chiquitano es el bosque seco tropical más grande y mejor conservado de Sudamérica, según la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC).
Cuando deja de llover, el bosque se vuelve extremadamente frágil: si el fuego se usa mal, se convierte en una amenaza devastadora.
Según un análisis de la FCBC sobre los incendios de 2019, a nivel del suelo se pierde la capa humífera, se eliminan los invertebrados y hongos esenciales para descomponer la materia orgánica, se volatilizan minerales y nutrientes, y todo ello hace al suelo menos fértil. El banco de semillas que permite la regeneración natural del bosque se pierde casi por completo.
El año 2024 fue muy doloroso para las comunidades del departamento de Santa Cruz. Bolivia vivió la peor temporada de incendios de su historia. El Gobierno declaró desastre nacional en septiembre.
En el municipio de San Rafael de Velasco —donde vive Rosa, en la comunidad Josema—, los incendios quemaron más de 201.000 hectáreas, equivalentes al 20,9 por ciento de su territorio, según datos de la Fundación Tierra. El alcalde de San Rafael, Jorge Vargas Roca, lloró públicamente de impotencia ante la devastación, al tiempo que denunciaba que tenían apenas un puñado de bomberos voluntarios para enfrentar medio millón de hectáreas en llamas en toda la región chiquitana.
A la comunidad Josema, donde vive doña Rosa, solo llegó el humo, afortunadamente, y las historias devastadoras de las comunidades vecinas: relatos de familias que perdieron sus hogares y sus sembradíos. Pero el impacto en la seguridad alimentaria fue regional.
El liderazgo que nace de las cenizas
Doña Rosa, como presidenta de la ORMICH —organización que, según Cultural Survival, aglutina a 800 mujeres de cinco provincias del departamento de Santa Cruz—, estuvo acompañando a las familias y comunidades durante y después de la emergencia.
La Casa Grande es también una fuente de recursos económicos para las mujeres: de ahí sacan los materiales para comercializar artesanías y productos cosméticos, como señala doña Rosa en su testimonio a Cultural Survival. Su tono de voz delata que hablar de esto aún es difícil. El fuego no solo se llevó su bosque; en algunos casos, las familias perdieron hasta sus viviendas.
Elizabeth Arteaga, de otra comunidad chiquitana, perdió las cosechas de plátano, yuca y maíz de su familia, y a su suegro, cuyos pulmones no resistieron el humo. Las personas afectadas arrastran un trauma con el que aprenden a vivir, pero del que nunca se recuperan completamente.
Frente a esta tragedia, una pieza fundamental estuvo ausente: la respuesta estatal. Según reportó Infobae, el Gobierno demoró semanas en declarar el desastre nacional pese a las exigencias de autoridades locales, comunidades indígenas y personas de la sociedad civil.
Ante el vacío estatal, la respuesta vino de la colectividad. Las comunidades se organizaron: formaron monitores ambientales para estar siempre alertas ante cualquier foco de calor y las mujeres asumieron un protagonismo inédito.
La OIM documenta que, con el apoyo de organizaciones internacionales, las comunidades chiquitanas ahora cuentan con planes de evacuación y brigadas entrenadas. Según el mismo reporte, esta fue la primera vez que se asignaron recursos sobre la base de un pronóstico que anticipó incendios inusualmente intensos.

Desgranando maíz en la región Chiquitana. Foto por Eliana Peña Choré. Usada con permiso.
Como la tierra aún no sana del todo y el clima es incierto, la cosecha no alcanza para todos por igual. Ante esta situación, las comunidades han hecho renacer el trueque, una práctica ancestral que hoy funciona como su mayor red de seguridad alimentaria. Si una familia solo logró cosechar maíz, busca a otra que haya tenido éxito con el maní o el arroz; así, mediante el intercambio justo, las mesas se llenan de nuevo.
En la Chiquitanía, la seguridad alimentaria no se construye solo con asistencia externa: se sostiene también en la memoria. Tras el paso devastador del fuego, algunas comunidades han comprendido que su mayor reserva de emergencia está en los saberes de sus ancianos.
Un estudio publicado en 2023 en la revista Environmental Science and Policy, documentó cómo el pueblo monkox de Bolivía desarrollaron un protocolo de quemas controladas, un programa de monitoreo del fuego, políticas de conservación de cuencas y bosques, y estrategias de revitalización cultural, todo ello con el conocimiento ancestral como eje central y el saber técnico occidental como complemento.
El estudio explica que el fuego es la herramienta principal de la agricultura monkox, un método ancestral transmitido de generación en generación que ayuda a fertilizar y airear el suelo. Bajo el enfoque de la CICOL, el conocimiento indígena está en el centro de la estrategia de manejo del fuego.
Para las comunidades afectadas por el fuego, la recuperación nace de dos frentes: las políticas públicas basadas en evidencia y el retorno a la sabiduría ancestral. La Fundación Alternativas, especialista en seguridad alimentaria y cambio climático en Bolivia, ha propuesto estrategias que incluyen: promover la producción diversificada en policultivos para reducir el uso de agroquímicos, ofrecer asistencia técnica a pequeños productores, promover métodos sostenibles de riego y fortalecer emprendimientos locales de transformación de alimentos.






