
En Baskortostán, Rusia, la montaña de Kushtau se salvó de la destrucción gracias a las protestas. Foto de WadPol vía Wikimedia Commons, dominio público.
Esta publicación de Global Voices forma parte de la serie Spotlight: «Crisis globales, soluciones locales» de mayo de 2026. La serie presenta relatos de resistencia y acciones climáticas exitosas, de miradas acerca de la lucha de las comunidades de países en desarrollo contra la crisis, de análisis de lo que significa para las futuras generaciones, y más. Puedes apoyar esta cobertura con una donación.
Los problemas ecológicos a veces parecen demasiado amplios para que la gente común y corriente los enfrente: reformas en el manejo de residuos, contaminación del agua y desarrollo industrial. Por ello, la resistencia casi siempre empieza con algo concreto —un río, un bosque, un pueblo, una carretera—, ya que proteger la naturaleza es una forma de proteger nuestro hogar, nuestra salud y nuestro derecho a participar en las decisiones que afectan la vida cotidiana directamente.
En Rusia, algunos ciudadanos están combatiendo proyectos que consideran que han estado amenazando el agua, la tierra y la calidad de vida.
Cría de truchas en el río

El río Kem en Carelia, Rusia. Foto de Daniel Beilinson en Wikipedia (CC BY-SA 2.0).
En la primera mitad de 2025, los habitantes de la ciudad de Kem, en el norte de Carelia, se enteraron de que las autoridades locales y la empresa estatal Glavrybvod tenían planes para poner criaderos de truchas en el río Kem. Según informes de la prensa local, el sitio propuesto estaba a pocos kilómetros río arriba del centro de captación de agua de la ciudad, y los lugareños temían que eso pudiese afectar la calidad del agua potable.
Carelia es la principal región productora de trucha de Rusia, representa aproximadamente la mitad de la producción de trucha de criadero y cerca del 10% del total de la producción de pescado del país. No obstante, los beneficios económicos de la industria tienen costos ambientales: los residuos de los criaderos de peces pueden contaminar lagos, ríos y aguas costeras. Durante años, los lugareños se han quejado de la expansión de los proyectos de acuicultura.
Para los activistas locales contrarios al proyecto, el asunto nunca fue una campaña abstracta contra las empresas. Se trataba de algo inmediato y concreto: salud pública, agua potable y calidad de vida. Los vecinos dicen que, incluso hoy, el agua que sale de los grifos en los hogares no es otra cosa que lo que describen como “agua industrial”, no apta para el consumo. Según la delegación regional de Rospotrebnadzor, organismo de protección al consumidor en Carelia, solo el 62 % de los habitantes de la república tenían acceso a agua potable en 2024.
Un petitorio contra la cría de truchas recolectó 750 firmas, y los residentes finalmente consiguieron llamar la atención de las autoridades. En junio de 2025, en una reunión pública con autoridades municipales y representantes de la empresa, los vecinos expresaron su oposición a los criaderos en el río Kem. Poco tiempo después, la compañía retiró su solicitud porque alegaron una “situación tensa”.
Tal vez el resultado no sea definitivo porque el proyecto podría reaparecer de forma distinta, pero el conflicto en Kem destaca que los problemas ambientales van más allá de la contaminación o la calidad del agua. Plantean un interrogante más profundo: ¿por qué se decide sobre los hogares de las personas sin consultarles?
Vertederos y resistencia local

Terraplén del río Sysert en la ciudad de Sysert. Foto de Mayotik vía Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
En 2023, en la región rusa de Sverdlovsk, las autoridades del distrito Sysert aprobaron los planos para Ekaterimburgo-Yug, gran centro de gestión de basura que incluiría un vertedero y un complejo de clasificación de residuos. Los lugareños estaban indignados: la ubicación era dentro de zonas residenciales, que dicen podía afectar el aire, la tierra y la calidad del agua, además de generar riesgos adicionales por los depósitos de turba cercanos.
Los habitantes de Syser hicieron más que organizar concentraciones y piquetes. Entablaron demandas, apelaron a agencias estatales e intentaron convocar a un referéndum local en reiteradas ocasiones. En junio de 2025, las autoridades y los inversionistas abandonaron los planes de construcción y el proyecto se desarticuló oficialmente en marzo de 2026.
La victoria no fue fácil. Los lugareños pasaron años armando una campaña que combinaba acción legal con visibilidad y presión pública continua.
Batalla contra un vertedero en el norte de Rusia

Concentración contra la construcción de un vertedero en la estación ferroviaria de Shies, en Koriazhma, 3 de febrero de 2019. Foto de Georg Pik vía Wikimedia Commons (CC0 1.0).
La protesta de Shies de 2018 sentó un precedente importante para muchos miembros de movimientos ecológicos similares. Se trataba de una estación de ferrocarril remota, en la región rusa de Arcángel, que se convirtió en lugar de uno de los conflictos ambientales más populares del país.
Las autoridades planeaban construir un vertedero gigante cerca de Shies para recibir basura que llegaba desde Moscú. El asunto pronto dejó de ser una disputa de infraestructura local. Para muchos lugareños, se convirtió en un símbolo de la desigual distribución de las cargas ambientales entre el centro político de Rusia y las regiones. El movimiento relacionado con Shies no solo tomó dimensión ambiental, sino también política: la gente estaba defendiendo sus bosques y sus tierras mientras exigía respeto por las comunidades regionales y por su derecho a participar de las decisiones que les conciernen.
Habitantes locales, activistas y voluntarios organizaron un campamento de protesta durante 24 horas, patrullas y manifestaciones masivas. Lo que en julio de 2018 comenzó como una manifestación local, en 2019 se convirtió en el centro de un movimiento contra el vertedero más amplio. Hubo acciones solidarias en apoyo de Shies en 30 regiones por toda Rusia.
En junio de 2019, la construcción del vertedero quedó suspendida temporalmente. Un mes después, el 18 de julio, el Parlamento Europeo dictó una resolución que exigía a Rusia dejar de perseguir activistas ambientales en la región de Arcángel.
En 2020, el proyecto del vertedero se desarticuló de forma oficial y, según las autoridades locales e informes de la prensa, el sitio luego se destinó para la recuperación ambiental.
Las victorias en los conflictos ambientales pocas veces son espectaculares. Generalmente, consisten en un permiso que se revoca, el plan de desarrollo de un proyecto que se cancela o una solicitud que queda excluida discretamente. No obstante, este tipo de decisiones burocráticas pueden modificar la realidad, fundamentalmente: una vez que un proyecto desaparece de la documentación oficial, deja de ser una amenaza para un río, un pueblo o un bosque.
Voces locales, políticas globales
Estas historias son importantes, no porque evidencien que las protestas siempre resultan victoriosas —eso sería simplista y poco exacto—, sino porque demuestran que las comunidades locales pueden ejercer influencia cuando enfrentan sistemas burocráticos, intereses de negocios poderosos e indiferencia oficial.
Los movimientos ecologistas cobran más fuerza cuando están arraigados en experiencias de la vida. Las historias de Kem, Sysert y Shies demuestran que la justicia ambiental, en general, arranca con una pregunta sencilla: ¿quién tiene derecho a decidir sobre el futuro de los hogares de la gente?
Aunque parezca que las personas no tienen poder, sus voces cobran fuerza con la solidaridad, la persistencia y la determinación de una comunidad por defender su tierra, su agua y su futuro.
No obstante, el clima político de los últimos tiempos ha cambiado profundamente las condiciones de cualquier forma de protesta, incluidos los movimientos locales que se ocupaban de los proyectos de vertederos, la deforestación y la construcción industrial. Hoy, la participación, incluso en pequeñas campañas locales, necesita cada vez más de coraje individual. Por este motivo, todavía no queda claro cómo será el activismo ecológico de Rusia en el futuro.






