
Iniciativas de activismo ambiental en la República Dominicana. Foto cortesía de Raíz Climática, utilizada con autorización.
Este artículo de Zahiris Priscila Francisco Martínez se publicó originalmente en Raíz Climática el 14 de febrero de 2026. Global Voices reproduce una versión editada en virtud a un acuerdo de colaboración editorial.
Este artículo forma parte de Spotlight la sección de Global Voices de mayo de 2026, «Crisis global, soluciones locales«. Esta serie ofrece relatos de resistencia y de acciones climáticas exitosas, información sobre cómo las comunidades de los países en desarrollo enfrentan la crisis, análisis de lo que esto podría significar para las generaciones futuras y mucho más. Puedes apoyar esta cobertura haciendo con una donación.
República Dominicana cerro 2025 con un registro sin precedentes de 11,676,901 visitantes, cifra anunciada por las autoridades y confirmada en informes oficiales que reflejan un crecimiento sostenido del sector turístico, y mayor conectividad aérea y marítima. La participación del país en la Feria Internacional de Turismo (FITUR) en enero de 2026 tomó estas afirmaciones: se prevé que las negociaciones y acuerdos por valor de más de 13,370 millones de dólares amplíen la oferta hotelera con cerca de 10,000 nuevas habitaciones en los próximos años y, según los informes consolidados del sistema de inteligencia turística de República Dominicana, la tasa promedio nacional de ocupación hotelera en 2025 superó el 71%.
Sin embargo, ese discurso de prosperidad oculta un problema menos visible pero más urgente: la presión ambiental sobre las costas, los ríos y los arrecifes. Con más de 1600 kilómetros (994 millas) de litoral, que incluyen playas como Punta Cana, Bávaro, la isla de Saona, Bayahibe y bahía de las Águilas, la relación entre el crecimiento y la basura se ha hecho palpable de formas que algunos expertos ya habían pronosticado. Un estudio de mercado de 2023 dirigido por Intellectual Capital Exchange (ICEX) sobre residuos sólidos urbanos reveló que el país genera más de siete millones de toneladas de residuos sólidos al año, con una generación promedio per cápita de 650 kilogramos por habitante. Se acuerdo con estos indicadores, la gestión de residuos es un obstáculo para hacer sostenible el turismo.
La infraestructura de gestión no ha crecido al ritmo de la demanda. Los diagnósticos realizados por el Gobierno y los organismos de cooperación internacional documentaron la existencia de unos 240 vertederos a cielo abierto. Aunque algunos vertederos han sido clausurados, en 2021 el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, con el apoyo de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA), señaló una relación entre los vertederos y el vertido de residuos en cuencas hidrográficas y costas. Además, los diagnósticos de referencia sobre la contaminación marina identificaron que el municipio de Santo Domingo Este genera unas 72,738 toneladas de residuos plásticos al año; de estas, miles de toneladas que no se recogen acaban en las masas de agua. Estos volúmenes explican por qué las playas y los manglares reciben constantemente residuos que degradan los hábitats.
En el ámbito legislativo se han logrado avances: la ley general de gestión integral y coprocesamiento de residuos sólidos (n.° 225-20), promulgada en 2020 y modificada entre 2023 y 2025, estableció un marco para distribuir las responsabilidades entre los productores, los municipios y el Estado. Asimismo, incorporó instrumentos económicos, como incentivos y bonos verdes para promover la economía circular. Sin embargo, la implementación y la financiación municipal se han quedado rezagadas; los municipios siguen operando con limitaciones presupuestarias que dificultan invertir en tecnología y modernizar los servicios de recogida, lo que deja al descubierto la brecha entre la normativa y la realidad operativa.
En este contexto, el activismo juvenil en favor de los océanos ha vivido una tensión constante: por un lado, la alegría de ver cómo cada vez más turistas descubren las playas; por el otro, el desánimo que genera saber que las medidas de gestión y las infraestructuras no siguen el ritmo del crecimiento. Esta ambivalencia entre la expansión del turismo y las limitaciones estructurales en la gestión de residuos alimenta la agenda técnica y la carga emocional que soportan quienes protegen los mares, ya que la sostenibilidad requiere a la vez políticas eficaces, inversión y atención a las personas que sostienen la causa.
Ismael Sánchez: Una victoria histórica en materia ambiental

Ismael Sánchez, activista y fundador de «Upon the Waves». Foto cortesía de Raíz Climática, utilizada con autorización.
Ismael Sánchez, originario de Santo Domingo, siente un profundo cariño por el mar y está decidido a convertir esa pasión en un cambio concreto. Su motivación proviene de pasar horas en la costa, ver la vida que sustentan los arrecifes, hacia los que siente una responsabilidad íntima. «El océano nos da oxígeno, regula el clima y sustenta millones de vidas y economías», subrayó. «Si lo perdemos, nos perdemos nosotros».
Esta convicción lo ha impulsado a actuar, primero con limpiezas comunitarias y después a través de iniciativas más técnicas y organizadas. Su interés por el activismo se despertó en su adolescencia, por la indignación que sintió cuando vio basura en la playa de Boca Chica, escuchó a los pescadores describir la pérdida de capturas y participó en limpiezas que, a pesar del esfuerzo, dejaron claro que las soluciones tenían que ser estructurales. Su convivencia con el territorio le permitió transformar su sentir en acciones que le ayudaron a asumir la responsabilidad por el litoral que amaba.
Junto con sus compañeros fundó «Upon the Waves» con el objetivo de involucrar a los jóvenes dominicanos en la protección marina. La organización ha llevado a cabo limpiezas costeras y talleres educativos, ha forjado alianzas estratégicas y ha promovido campañas de comunicación que traducen los datos científicos en mensajes que las comunidades pueden entender y aplicar. Sánchez considera que su papel es técnico y de facilitación. «No solo recogemos basura; recopilamos datos, registramos las especies afectadas y documentamos las fuentes de contaminación», y señaló que las pruebas técnicas permitieron la transición del activismo en las playas a la defensa política.
Al referirse a su activismo como «una forma de vida», destacó que, para que resulte eficaz, hay que combinar la acción comunitaria, la educación y el trabajo técnico. A veces siente cierta frustración al ver el desperdicio y preguntarse «si estamos haciendo lo suficiente», pero añade: «No todo puede ser lucha. También hay que disfrutarlo». Aprender a delegar y a formar equipos fue fundamental, y ha institucionalizado los procesos de la organización.
Sánchez participó en la recopilación de datos sobre el impacto del plástico expandido en los ecosistemas marinos, el registro de residuos, el análisis de los puntos de origen y el muestreo; los datos recopilados se incluyeron en un borrador técnico inicial presentado al Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales y, en última instancia, sirvieron de base para la decisión de restringir el uso de productos de plástico expandido en el país. En 2025-2026, las autoridades establecieron plazos de eliminación gradual y requisitos de certificación para los productos a base de poliestireno, lo que supuso un paso importante en el esfuerzo legislativo y normativo para frenar su uso y en la consiguiente política pública relativa a los plásticos de un solo uso.
¿Qué consejo daría a otros jóvenes que quieran comprometerse? Que aprendan a valorar el alcance de su compromiso; que busquen una formación técnica que les permita trabajar sobre la base de datos, y no solo en impulsos; y que construyan una comunidad en lugar de actuar como héroes solitarios. Para que los activistas mantengan su bienestar mental y emocional, insistió en que disfrutar del entorno ofrece una vía de escape para recargar energías y poder así mantener la lucha a mediano y largo plazo.
Evaristo Jiménez: Aprender a no rendirse

Activista ambiental Evaristo Jiménez. Foto cortesía de Raíz Climática, utilizada con autorización.
Con tan solo 15 años, Jiménez emprendió un camino que le llevó desde las actividades vecinales en La Romana hasta los foros internacionales. Cinco años después, no ha buscado la fama, sino el sentido. «Para mí, un activista es cualquiera que actúe con un propósito», explicó. «Creo que lo que hago tiene un propósito, así que me considero un activista al cien por ciento».
Comenzó participando en proyectos juveniles en su provincia, donde se familiarizó con cuestiones relacionadas con la gestión de residuos, la pesca artesanal y la pérdida de hábitats costeros. Fue en ese ámbito local, colaborando con iniciativas como «Romana Joven», donde aprendió a organizar campañas educativas, coordinar actividades de limpieza y poner en marcha iniciativas de sensibilización en barrios vulnerables.
Su colaboración continua con organizaciones locales le permitió profesionalizar su activismo. Ha trabajado con SOA República Dominicana, Upon the Waves y Generación por el Desarrollo, y después de sumó a proyectos de la Fundación Blue Missions y ha colaborado en iniciativas emergentes de Roots. «Al principio fue activismo local», recordó, «luego nacional, y he tenido la oportunidad de llegar a ámbitos internacionales».
Cada paso supuso asumir nuevas responsabilidades y adquirir conocimientos técnicos; a veces hubo que hacer sacrificios. Rechazó una beca de la Universidad Católica de Santo Domingo porque, sencillamente, no tenía tiempo suficiente para compaginar ambas cosas: «Sabía que, si la aceptaba, tendría que dejar lo que estaba construyendo». Para combatir la ansiedad y el agotamiento que experimentaba en medio de la intensa coordinación de proyectos, comenzó a seguir un horario estructurado, delegó tareas, buscó aliados institucionales y reservó tiempo para el descanso. En los momentos en que sentía que no podía afrontar la tarea, encontraba consuelo en la comunidad, lo que le permitía mantener la actividad sin agotarse. «La pasión no exime a nadie del agotamiento», aconsejó. «Descubrí que no se trataba de hacerlo todo solo, sino de construir junto a otros para que la causa pudiera sobrevivir».
Rosángela Araujo: Establecer límites

Activista ambiental Rosángela Araujo. Foto cortesía de Raíz Climática, utilizada con autorización.
En la encrucijada entre la juventud, la urgencia climática y el compromiso social, la voz de Rosángela Araujo destaca por su serenidad y determinación. Vive en Santo Domingo, y tomó plena conciencia de la fragilidad de los espacios naturales gracias al tiempo que pasó en la naturaleza en su infancia.
Aunque su trabajo con Buceo Ecológico RD y Parley for the Oceans sea más conocido, también participa constantemente en festivales comunitarios, campañas educativas y proyectos de formación medioambiental. Al considerarse «alguien que ayuda a mejorar y a impulsar proyectos ya existentes», dio prioridad a fortalecer las estructuras colectivas existentes en lugar de optar por fundar su propia organización.
Al vincular su identidad como activista con la lógica cotidiana, Araujo se esfuerza por vivir de acuerdo con los valores que defiende. Su labor no se limita a participar en campañas, sino que implica un compromiso ético constante que busca garantizar que sus decisiones diarias no contradigan lo que predica. «Todos necesitamos apoyarnos en una comunidad», aconsejó. «No intenten trabajar solos».
Al principio, explicó, desarrolló una relación extrema con la consistencia medioambiental. En su intento por no contaminar, evitaba cualquier producto que contuviera plástico, aunque eso afectara negativamente a su bienestar. Recordó épocas en las que «pasaba días sin comer ni beber adecuadamente» porque se negaba a comprar alimentos envasados, incluso cuando no había alternativas saludables disponibles. Su comportamiento estaba motivado por un profundo sentimiento de culpa ambiental y la idea de que «no podía fallarle a la causa».
La presión le provocó agotamiento y la obligó a retirarse temporalmente de proyectos importantes cada vez que se sentía abrumada. Hubo incluso momentos en los que tuvo que alejarse para evitar derrumbarse. «Habrá momentos —dijo— en los que sientas que no eres suficiente, que nada va a cambiar». Sin embargo, aprendió a reinterpretar esas emociones y a desmontar esa narrativa interna, la que calificó de «mentira», porque «lo que hacemos sí tiene impacto». Para ella, cada pequeño cambio importa: cuando una familia deja de usar espuma, cuando un festival consigue crear conciencia, cuando alguien decide consumir de forma más responsable. Esas acciones, explicó, funcionan como anclas emocionales en medio del agotamiento.
Una de las lecciones más importantes de su proceso fue aceptar la necesidad de contar con apoyo profesional. «A veces intentamos tapar el sol con un dedo, pero sí, la crisis climática puede llevarte a acudir a un psicólogo», afirmó. Para afrontar los momentos más difíciles, incorporó a su rutina prácticas sistemáticas de autocuidado: escapadas periódicas fuera de la ciudad, contacto directo con la naturaleza, dinámicas grupales lúdicas y espacios para mantener conversaciones sinceras con sus compañeros. «Intento salir al menos una vez cada quince días para reconectar con la naturaleza», compartió.
Araujo reconoció que, al principio, hablaba de océanos sin haber tenido experiencias directas con el mar, y destacó la importancia de comprender en profundidad lo que uno defiende. Con el tiempo, aprendió a bucear y a practicar buceo con tubo, lo que reforzó su vínculo emocional con el mar y transformó su forma de comunicarse: ya no hablaba solo a partir de datos, sino desde la experiencia vivida. Esto le permitió transmitir mensajes ambientales urgentes con mayor honestidad y sensibilidad.
En cuanto al equilibrio entre la vida personal y el activismo, Araujo acabó comprendiendo que no todo tenía que resolverse de inmediato y que la sostenibilidad de su labor dependía en gran medida de cuidar su salud física y emocional: «Si me derrumbo, tampoco podré ayudar a nadie». Entre sus consejos para los jóvenes interesados en el activismo ambiental están normalizar el apoyo psicológico y no idealizar el sacrificio extremo ni la autoexplotación.
El psicólogo Eddy Frank Vásquez Sánchez, que también es activista, señaló que la experiencia compartida de estos tres jóvenes revela un patrón común: episodios de agotamiento extremo, culpa por descansar, sensación persistente de insuficiencia, presión de mantener la compostura en todo momento y sacrificios personales que les han dejado secuelas emocionales.
Sin embargo, también pone de manifiesto una transformación colectiva, una vez que comprendieron que cuidar de su salud mental no significa abandonar la lucha. Al contrario, la fortalece desde dentro. La resiliencia se construye tejiendo redes de apoyo reales, pidiendo ayuda sin sentirse culpa, estableciendo límites, celebrando los avances, aceptando la imperfección y sabiendo, sobre todo, que es posible ser un ejemplo, izar la bandera dominicana en los espacios internacionales y enorgullecer a su país en la lucha por la preservación de sus recursos naturales sin dejar de cuidarse a sí mismos, o, como dice Araujo, «la alegría también es resistencia».






